Posteo un programa de análisis sobre los sucesos del 10 de junio de 2013, realizado por el grupo de análisis crítico de estudiantes de posgrado UNAM en el que participo.
http://www.poderato.com/cavrel/programa-de-anlisis/10-de-junio-de-1971-10-de-junio-de-2013
Donovan Hernández Castellanos
Buscar este blog
martes, 6 de agosto de 2013
lunes, 8 de julio de 2013
GUERRA MUNDIAL Z O DEL TEMOR NEOCONSERVADOR A LAS MULTITUDES
Donovan Hernández Castellanos
¡Las multitudes son contagiosas! ¡Ante todo,
hay que protegerse de ellas! ¡El 99% es peligroso y tiene una rabia capaz de
destruir el orden imperante! ¡No te dejes infectar! Ese parece ser el mensaje
implícito en el reciente film conocido en México como Guerra Mundial Z, basado en el best-seller del mismo título. Como
se sabe, el cine, al ser un arte colectivo, no sólo incluye a las demás
expresiones estéticas de nuestro mundo, sino que también contribuye, en no
menor medida, a mostrarnos los fantasmas
que se encuentran trabajando colectivamente en el registro social; a menudo
estos fantasmas, esa relación que
Lacan llamó fantasmática con la
realidad, hace que algunas relaciones sociales se muestren inteligibles ante el
espectador que observa cómo algunos imaginarios colectivos se realizan espectralmente sobre la pantalla.
¿Cuál es la verdad que pone
en marcha? Los zombies han sido un
recurso habitual, a veces crítico, dentro de la sociedad de masas. Desde su
surgimiento, estos cadáveres que transitan canívalmente las calles han mostrado
las pesadillas de masas ante los problemas sociales más variados: desde el
consumismo de los años setenta hasta la memoria intramitable con Le Revenant en la miniserie francesa, e incluso
las aporías de la racionalidad securitaria con The Walking Dead; la muerte y las masas acéfalas han sido figuras
consentidas por el gusto masivo dentro de los espectáculos de entretenimiento
globales. Guerra Mundial Z no es
original en este sentido; prolonga y a menudo reproduce viejas fórmulas dentro
de este género añejo, pero al mismo tiempo pone en marcha una imaginación nueva
que es acorde con la percepción mediática de las protestas de masas que ahora
tienen lugar a nivel global, con una fuerza y efectos al parecer todavía
impredecibles. Se diría que el film es una suerte de respuesta neoconservadora
a 2011 y sus secuelas, con los movimientos de multitudes que protagonizan la
vanguardia de las acciones emancipatorias de la actualidad.
I
De
ser muy reductivo, diría que el imaginario expuesto en el film no es otro que
el del neoconservadurismo republicano de la derecha norteamericana. Y sin duda,
es así. El film responde a una visión compartida por ciertos sectores de la
sociedad de Estados Unidos, reitera valores difundidos socialmente gracias a
sus poderosos aparatos mediáticos y de telecomunicación, pero sobre todo
muestra de qué manera esos sectores han tramitado la serie de procesos multitudinarios
que han surgido a raíz de la gran crisis financiera de 2008 y los confronta en
piezas como ésta. No es la primera vez que esto sucede. Piezas como The Dark Night Rises y otras similares,
han mostrado de qué manera la imaginación neoconservadora ha tramitado el
fantasma desestabilizador de las movilizaciones sociales del Occupy WallStreet
al conjurar el extremo anárquico de una supuesta sociedad sin orden ni
gobernabilidad; un mundo en el que la frontera –no sólo territorial-
republicana de la Ley y el Orden ha sido desplazada por la desmesura
demográfica de hordas que han abandonado los cómodos placeres permitidos,
tolerados y alentados por una visión cuasi evangélico-mesiánica, y ha sido
desbordada por el goce que irrumpe
ante el peligro de la forclusión del Nombre del Padre (instancia de la ley
simbólica) y que amenazan con un ataque psicótico de la muchedumbre, de las multitudes
que amenazan toda estabilidad autocontenida, unidimensional. En este sentido,
la película traza una rápida imagen estereotipada de la alteridad insurrecta al
american way of life.
En
efecto, el film exhibe una interfaz de imaginarios al mismo tiempo sanitarios, científicos,
geopolíticos, antimigratorios, xenófobos, de un paternalismo autoritario y republicano,
pero sobre todo ostenta una preocupación muy real del biopoder que ha diseñado una serie de dispositivos que obedecen a
una racionalidad securitaria global.
El
guión es bastante eficaz para transmitir y configurar todo ello. Un hombre de
familia, que en su pasado trabajaba en organismos de seguridad norteamericanos
y transitó como enlace en la ONU, observa las noticias locales donde se informa
que el gobierno de su país dictó “ley marcial” y las garantías individuales son
suspendidas por el “estado de excepción”, al que la población queda sujeta; se
recomienda alejarse de zonas transitadas con densidad demográfica. El rumor de
un nuevo virus mutante se propaga imparablemente junto a los flujos de
información. Las tareas cotidianas se imponen; la familia sale. Atorados en el
tráfico, notan un inusual movimiento policiaco y un ambiente anómico flota en
todos los ánimos. Entonces todo acontece. Hay estallidos y explosiones en medio
de Filadelfia, la gente corre en una anarquía que denota la situación anómala;
entonces, un camión de basura corre desbocado y, al volcar todos los demás
automóviles semiestacionados, abre un hueco por el que la familia escapa en su
vehículo particular. Pero tras un choque en carambola se ven obligados a salir
del auto y a mezclarse en los flujos demenciales de una multitud fuera de
control. Es entonces que notan que, entre los que corren despavoridos, se
encuentran multitudes que brincan sobrehumanamente sobre los demás,
mordiéndolos con violencia y trastornando los cuerpos de los inocentes que se
levantan y comienzan a atacar a los demás civiles en regla. Es imposible
detectar al enemigo, pues se encuentra en todas partes; son todas esas multitudes
sin ley, son todos esos cuerpos anárquicos que devastan todo a su paso. La
multitud es el enemigo y la muerta encarnación de la anarquía, que debe ser
erradicada. La familia del protagonista (interpretado por Brad Pitt), por
supuesto, logra escapar en un remolque con equipamento hogareño (el hogar es un
valor fundamental dentro del neoconservadurismo sureño); al llegar a un centro
comercial en las afueras de Filadelfia, los civiles sin estructura atracan y
toman todo lo que está a su alcance dentro de un supermercado en una viva
imagen de la desintegración de la sociedad civil que valoriza las mercancías en
el pánico securitario y sólo busca desorganizadamente su propia sobrevivencia
individual ante la amenaza amorfa que diluye toda individualidad radicalmente;
incluso un policía, ante cuya aparición la gente suspende espantada su hurto
caótico, comienza a llevarse todo lo que puede. No hay ley. Al alojarse en un
edificio derruido de los márgenes habitados por los latinos, la familia es
alojada por una modesta familia mexicana que se rehúsa a salir y arriesgarse a
sobrevivir en la tierra sin orden de los zombies. Al negarse a obedecer las
indicaciones bondadosas del ex –espía, al rehusar la orden patriarcal y
militarizada del efectivismo norteamericano, la familia habrá de perecer
también ante la multitud rabiosa de los muertos vivientes. Con excepción de un
pequeño, un niño mexicano perfectamente asimilado que decidió salvarse al
seguir el hegemon militar; el mensaje
es claro: sólo los “latinos” aculturados en la hegemonía de Estados Unidos
pueden ser “aliados” confiables, a los cuales Brad Pitt les puede confiar incluso
su familia, pues son obedientes y serviciales; esto muestra una imagen ideal en
la que los “latinos” siguen siendo menores de edad, que deben ser resguardados
por la madurez militar de los Estados Unidos, la única capaz de salvarlos del
desborde de la multitud rabiosa y hambrienta que carcome toda civilización a la
vista. Al desobedecer a su padre, el pequeño no sólo salva la vida y la
integridad de su individualismo sino que obedece y reitera la capacidad de
establecer una regulación fuerte que proviene del Norte. Y esto significa algo
en un país que enfrenta el problema de la reforma migratoria bajo la
administración de Obama.
Problema
de biopoder, ante todo. Y de geopolítica, cabría agregar. El protagonista, que
sólo accede a formar parte de peligrosas misiones de incursión en hoyos de
humanidad inconfesables luego de que la seguridad de su familia queda
garantizada por el “estado de excepción” en esas tierras de nadie que son las
aguas internacionales, es un defensor de los ideales de familia, propiedad,
patria y seguridad a toda costa en un orden global amenazado por las multitudes
iracundas de los muertos que se rehúsan a descansar en la tierra. Sin embargo,
hay una suerte de resignada protesta dentro de esta hegemonía que es
representada por las quejas de la esposa, quien le recuerda al protagonista la
manera en que las misiones violentas lo habían afectado en el pasado; pero no
hay tiempo que perder, no se puede desgastar al soldado en cosas sentimentales,
al menos no si la seguridad de todo el proyecto civilizatorio se encuentra bajo
un peligro radical.
II
Hay
algo, con todo, notable en el film. ¿Cómo se imagina el siglo XXI al mal
radical? En los años ochenta era muy fácil de responder. La ideología del “mundo
libre”, del New Deal y de las
sociedades de libre mercado se representaban al mal absoluto como un peligro humano: el malo es el antagonista en
el socialismo; el mal debía ser el socialismo como contrapoder al capitalismo
desarrollado. Los rusos y sus aliados eran el mal. No había duda. Pero tras la
caída del Bloque Soviético, ¿dónde está el mal? La geopolítica del enemigo se
ha desquiciado, ha perdido toda brújula. El mal no está en el Este
intercontinental, se ha diluido pero sigue siendo mortífero. Una imaginación paranoide ligada a las dos
superpotencias no sólo antagonizaba toda representación del Otro, sino que
inscribía rápidamente al mal dentro de límites y zonas bien específicas, que
estaban siempre allí para reacentuar el carácter identitario de la política. Pero,
luego del “triunfo” del capitalismo, del “fin de la historia”, ¿qué hacer con
el mal? Aquél que no sabe dónde está el mal con certeza absoluta, puede ser
contagiado por él sin saberlo. Nuestro mundo hipermoderno, tecnológico y
desarrollado ha, incluso, eliminado lo real con fervor. Ante cada cataclismo,
ante cada catástrofe natural como una epidemia, un sunami, un terremoto o la
actividad de un volcán, la reacción más común de cualquier persona de a pie
consiste en recriminar la ineficacia del gobierno; como si más allá de la
actividad humana, no pudiera ser creíble que hubiera fuerzas que desbordan
cualquier capacidad de control. Si hay una inundación, la culpa es de los
gobernantes. No hay más.
En
este sentido, el film plasma con toda su fuerza este razonamiento biopolítico,
esta preocupación global por la administración gubernamental de las poblaciones,
al presentarla como una crisis mundial
sanitaria. El mal radical del
siglo XXI no es ni el terrorista ni el socialista, es una enfermedad tan otra, tan radicalmente Otra que su ubicación no entra
dentro de los designios y normatividades de la razón del biopoder. Pues
aquello que infecta a tirios y troyanos (a la India, Corea del Norte, los
pueblos árabes y a toda América Latina, desbordando las fronteras obsoletas
hasta llegar al propio centro de los Estados Unidos) no se sabe si es un virus
o una bacteria. Problema de salud demográfica entonces, pero problema de
explosión demográfica también: quienes atacan son las hordas excesivas, con un goce sangriento por destruir los valores
del norteamericano promedio.
Ya
otras películas de ciencia ficción, como Guerra
entre dos mundos, han puesto a trabajar la idea de que el mal no se
encuentra en el exterior ni fuera de las fronteras donde la soberanía es
efectiva, sino que se encuentra adentro,
en el interior de la Tierra. Incluso
las máquinas terribles del exterminio humano se encontraban en lo más profundo
del planeta y surgirían del subsuelo como una catástrofe. En cambio Guerra Mundial Z hace que lo biológico –o
contrabiológico- se confunda rápidamente con lo político. El Otro no es
inhumano, es lo muerto que renuncia a ocupar su lugar en el cementerio de la
historia; pero también ocurre que cuando no puedo ubicar dónde está el otro, cuando no puedo saber qué me
distingue de quien tengo enfrente, yo mismo puedo ser el otro en un imaginario aterrorizado que hace del sujeto una función
del miedo. Si no hay pacto social capaz de establecer fronteras y apaciguar mis
ansiedades con un poder intermediario entre las partes equilibradas que refuerza
la “ficción de la igualdad”, entonces sólo queda el caos que los comunes introducen entre los individuos
amenazados. Se ha hecho hincapié en la manera en que los zombies atacan multitudinariamente, incluso tumultuariamente, pero
pocas veces se percibe que también actúan de manera solidaria (en el film se llega a decir: “procura no matar a
ninguno, porque eso los hace enfurecer”; se diría que no menos que a los
disidentes que sólo han visto caer víctimas de su lado en las dictaduras del
Cono Sur, o como sucede en las favelas
brasileñas, en las revueltas egipcias y palestinas, en las agrupaciones
campesinas en México, etc.). El problema es que uno mismo se puede ver infectado de esa solidaridad comunal, uno
corre el riesgo de convertirse en esa plaga que el aterrado blanco maduro y
experto en pericias militares y contrainsurgentes trata de exterminar a toda
costa. Uno corre el peligro abrumador, en medio de una crisis biopolítica y del
colapso mundial, de convertirse en el 99%; eso y no otra cosa es el miedo claro
y distinto de la clase media y de la burguesía norteamericana. ¡A los zombies
sólo les faltaba llevar una camiseta de Occupy WallStreet!
Para decirlo de una buena
vez: el zombie es el disidente, la oposición multitudinaria y acéfala, incapaz
de establecer coordinaciones lineales en sus acciones, descentralizada y sin
vértebra, casi anarcoide, pero que ataca de manera fluida y mortal mediante
enjambres rizomáticos. El zombie son todos los desposeídos, los hambrientos, la
explosión demográfica incontenible capaz de desbordar toda frontera securitaria
y rígida, todo sistema de control y seguridad, los que no caen ante las balas y
resisten sólo con sus cuerpos el embate de las fuerzas organizadas, reagrupándose
y dislocándose, actuando como multitud.
No hay sistema actual capaz de replegar a la multitud. Por eso la película es conservadora y muestra un talante
xenófobo. Ante el fuerte despliegue de las fuerzas demográficas de una sociedad
que cuenta con hordas de jóvenes universitarios sin empleo, de trabajadores
pauperizados, de favelas
incontenibles, de la muy real crisis alimentaria fomentada por los monopolios
transatlánticos que tienen el poder sobre la distribución desigual de los
recursos naturales, sólo puede haber una respuesta: más dispositivos de
seguridad. El film muestra una muy real crisis del biopoder contemporáneo, así como una muy real reestructuración del
capitalismo coaligado globalmente. Al respecto, las escenas que muestran los
flujos rizomáticos de los muertos vivientes, esos remanentes de la historia que
somos la mayoría, son de un despliegue tecnológico y estético sin par.
Pero, al mismo tiempo que
esto ocurre, el film insiste en que la racionalidad científica es incapaz de
hacer frente a esta crisis sanitaria que es esa disidencia biopolítica
manifestada multitudinariamente. Volviendo al tema de la naturaleza, un
científico experto en enfermedades epidémicas que afectan a grandes densidades
poblacionales insurrectas, defiende que la naturaleza es “una asesina serial”;
lo cual ciertamente expresa una opinión elevada a sistema en la conformación
moderna del saber científico, que ha trazado una relación de dominación sobre
su otro, la naturaleza. Dominar a la naturaleza, incluso al animal que hay en
el hombre, y hacerla servir a la humanidad, ha sido desde la modernidad
temprana el designio de la ciencia. Adorno y Horkheimer han insistido en ello
en Dialéctica de la Ilustración.
Aquí, el científico no hace más que reafirmar ese proyecto moderno-ilustrado
patriarcal. Sin embargo, al salir de expedición en busca de una cura en una
base militar, el científico muere al desobedecer las indicaciones militares y
entrar en pánico. La película es implacable: la racionalidad científica ya no
es capaz de interpretar correctamente los problemas mundiales, es el turno del
pragmatismo autoritario de las fuerzas de seguridad internacionales hacerse
cargo de someter aquello que la ciencia sólo ha tratado de explicar y
comprender. El orden del mundo no es un asunto de ciencia, sino de efectivismo
militar. Sólo la racionalidad securitaria global puede hacerse cargo del mundo
en tiempos de crisis de multitudes, demográfica, alimentaria y sanitaria. El
pensamiento único cambió de profesión; el espíritu del mundo lleva uniforme y
placas de la ONU.
III
Quizá lo más notable del
film es su diagnóstico acerca de los dispositivos de seguridad del biopoder
global. A los ojos del director, guionistas y equipo de filmación la seguridad
nacional encasquillada en el espacio territorial del Estado tradicional son
absolutamente incapaces de ponerle un freno a los que intentan jalar el freno
de emergencia de esa catástrofe que llamamos progreso. Esto se hace visible y
se eleva al nivel de “evidencia” en la relevante escena situada en Israel.
Cuando el protagonista sigue una pista que lo lleva a aquél “oásis de
democracia en medio del desierto” (no sin conjurar el terror atómico en una
explosión que desestabiliza su nave), se encuentra con un espía del Mossad que
interceptó un cable en donde generales hindús hablaban de una lucha extraña
contra muertos que revivían (la pesadilla de masas que implican las economías
emergentes ante la hegemonía norteamericana). Justificado con una lectura
hollywoodense de tradiciones talmúdicas, el hombre dice que si nueve personas
están de acuerdo en un mismo diagnóstico es tarea del décimo hombre dudar de
todo y reiniciar una investigación exhaustiva y piadosa. Es así que el hombre
del Mossad asume que si el general de la India afirma que combate con zombies,
lo que quiere decir es que se tratan verdaderamente de muertos vivientes. Luego
del periplo del espionaje y de mostrar las alianzas globales y securitarias de
ambos socios, el espía israelí lleva al protagonista a una impresionante
frontera física que Israel construyó para recluirse del exterior y defender la
seguridad interna del “amenazado país”. Esto es así porque, según el espía
ficticio, los judíos de los años veinte creían imposible la construcción de
campos de exterminio, más tarde creían imposible que los árabes entraran en guerra
con ellos (ni una mención a la catástrofe palestina) y luego de tanta confianza
injustificada en la buena fe del mundo había que pasar a la ofensiva y crear un
fuerte Jérico para Jerusalén. Estos muros, este férreo control militar en la
región obedece al criterios de seguridad de Estado. Sin embargo, en las
fronteras reciben a gente del exterior (benignos con los árabes, después de
todo) pues “cada hombre que salvamos, es un enemigo menos con el que combatir”.
Más claro, ni el agua.
Pese a ello, los zombies
logran entrar en el securitario Israel mediante un impactante ataque enjambre
sin coordinación central pero con una efectividad estratégica asombrosa.
Haciendo una pila de cuerpos, las multitudes del exterior entran y devoran la
ciudad por completo. Dejando indemnes, por cierto, sólo a los débiles y a
quienes padecen una enfermedad terminal. Cosa que le dará al protagonista la
clave para solucionar el problema. Lo interesante es que la película exhibe que
el viejo orden estatal y su seguridad interna ha periclitado, es caduco y no
alcanza a solucionar los problemas del 1% mundial. La crisis que amenaza con
destruir el orden capitalista requiere de una seguridad desterritorializada,
capaz de volver a regular con fuerza sin la necesidad de panópticos
decimonónicos. La seguridad debe de ser tan fluida y descentralizada, tan
global, como la amenaza multitudinaria al orden existente. No es baladí, por
ello, que según el film la crisis sanitaria comenzara en los aeropuertos, esas
verdaderas zonas estratégicas de interés global para todos los países. Los
aeropuertos se han convertido en un problema de seguridad mundial, en una clave
para la estabilidad de las seguridades regionales incluso.
Con todas las autoridades
sociales fuera de juego (clínicas desoladas, centros de investigación llenos de
multitudes, etc.), sólo la autoridad militar descubre que los zombies no atacan
a quienes padecen una enfermedad severa. Hay que enfermar para salvarse. En una
crisis esto no es cualquier cosa. Sólo profundizando los síntomas con estoica
valentía, es posible sobrepasar la crisis del capitalismo para reestructurarlo
y que la maquinaria se reestablezca por la vía de la fuerza ejemplar. Las
últimas líneas de la película son quizá las más significativas y alarmantes;
pues “todos aquellos que puedan luchar, deberán luchar; pues esta guerra está
por comenzar”. Lo que implica hacer frente a todas las multitudes mediante la
fuerza militar descentralizada. Por supuesto, esto es una película y se trata
de fantasmas que son proyectados por
algunas personas; pero los fantasmas
tienen un asiento en la realidad.
lunes, 24 de junio de 2013
¿”PRIMAVERA ÁRABE”? PARA UN ANÁLISIS DE LOS EPICENTROS DE LA REBELIÓN MUNDIAL
1. La
elocuencia de Bouazizi
Donovan Adrián Hernández Castellanos
I
La mayoría de los relatos comienzan con una
hagiografía: el 17 de diciembre de 2010, en una pequeña comarca llamada Sidi
Bouzaid -austera provincia de Túnez-, un joven de nombre Mohamed Bouazizi se
autoinmola trágicamente, encendiéndose fuego frente al gobernorado de la ciudad
después de rociarse gasolina sobre el cuerpo.
¿Sus motivos? El joven
licenciado en informática, universitario desempleado, mantenía a su pobre
familia vendiendo, como miles, frutas y verduras en un puesto callejero de la
plaza cercana a la institución estatal. La policía, como de costumbre, pasó a
solicitar las cuotas respectivas al soborno de a diario; ese azote de las
fuerzas de trabajo prescindibles para la “libertad del mercado”. Pero Bouazizi
no tenía para cubrir la cuota altísima que le abriría la puerta al “ilegalismo
tolerado”. Los polizontes le arrebataron sus humildes mercancías, así, como si
tal cosa; al reclamar, Bouazizi sólo recibiría un bofetón propinado por una policía
en plena cara, en prenda de una humillante respuesta. Humillado y ofendido, el
joven fue al protectorado a quejarse y levantar acta del abuso policíaco que
los ambulantes sufrían cotidianamente. Las oficinas callaron, el gobernorado lo
corrió. Presa de una humillación y un encono labrado con años de sufrimiento
ante las desigualdades estructurales de la sociedad tunecina –pero, ¿no podría
ser cualquier sociedad de cualquier parte del mundo?-, Bouazizi encendió su
cuerpo para mostrar su ardiente rabia y su desolación sin esperanza ante un
mundo que se daba el lujo de prescindir de él.
II
Lo demás es historia: los
ambulantes cercanos llegaron en el acto, regresando al día siguiente con más
fuerza; convocados por activistas, familiares de Bouazizi y ambulantes que
ostentaban su justa rabia azotaron las puertas del gobernorado (el equivalente
nacional sería un MP), y entonces la policía los confrontó. Al ver la
posibilidad de la dispersión que aseguraría la impunidad, varios manifestantes
comenzaron a grabar con sus celulares las imágenes de la represión para
difundirlas luego en las redes sociales; pero, sobre todo, otros tantos fueron
a solicitar el apoyo de la principal zona del comercio informal en Sidi
Bouzaid, recibiendo una respuesta por demás inesperada. Los vendedores,
perlados del sudor en sus dignas frentes, asistieron a reforzar las protestas,
que, como el fuego de Bouazizi, alimentaron las ardientes jornadas que pronto
comenzaron a estallar en todo Túnez. Las regiones mineras, tan movilizadas
siempre, sobre todo en 2008, desbordaron a sus cómodas dirigencias sindicales,
enriquecidas bajo la sombra del dictador Zidine Albidine Ben Alí, y sentaron
las condiciones de una movilización revolucionaria que, para sorpresa de tirios
y troyanos, estalló antes que en ningún otro sitio en Túnez. Precisamente esta
región, geopolíticamente irrelevante, que había sido desde hacía tiempo la zona
vacacional de los europeos acomodados, una suerte de nación-balneario para
Occidente; esa región, que gozaba de la fama –injustificable, hoy lo sabemos-
de ser un país con un islamismo “moderado” y de ideas progresistas, un oasis de
“modernidad” económica en medio de la “barbarie desértica” –a decir del FMI-;
ese Túnez, repito, de la dictadura sempiterna del general Ben Alí, aliado de
Francia en la zona y protegido injustificablemente, pues bien, esa región sería
la primera protagonista de las grandes revueltas árabes, que tomaron por
sorpresa el año de 2011. “Ben Alí,
dégage!”, sería la primera consigna que detonaría un proceso de
emancipación largamente cimentado.
III
No fue la primera, ni, por
desgracia, la última vez que un joven profesionista desempleado incendiaría su
cuerpo a lo Bonzo como último recurso de denuncia. No fue este acto la causa de las movilizaciones que
estremecieron al mundo; pero sí que fue un detonador.
Habría que preguntarnos, con rigor analítico y más allá del entusiasmo y la
autoproyección, por las razones que otorgaron a este acto una fuerza tan
singular. A mi juicio, sólo es posible comprender la significatividad de este
episodio –pues, a querer o no, hoy forma parte de las narrativas con las que
nos contamos la apertura del ciclo libertario en Medio Oriente- a partir de los
marcos narrativos, diferenciales y regionales, que otorgan inteligibilidad,
dignidad y sentido a las vidas humanas en cualquier sociedad. Mi pregunta, en
la línea crítica abierta por Judith Butler en Vidas precarias y Marcos de
guerra, es por la ontología histórica que hace que ciertas vidas adquieran
el nivel de “vivibles” y “humanas” en determinadas situaciones coyunturales e
históricas. Dicho de otra forma: ¿Qué le da realidad, capacidad de realización a una vida y qué hace que una vida cuente
como “vida digna” o, como en este caso, como “vida política”? Quisiera
contribuir, pues, a hacer una “ontología del presente”, como diría Michel
Foucault. A menudo estos marcos narrativos movilizan normativas que son
realizadas en nuestras prácticas sociales, de tal forma que la “humanidad” se
construye en relaciones de poder, formas del discurso y prácticas de
subjetivación mediante las cuales incorporamos, reiteramos o damos asilo en
nuestros cuerpos a normas de género, etnia, etc. cuya genealogía precisa debe
ser trazada. Un argumento que da fuerza a estas razones, insistiría en mostrar
que por sí solos los actos de autoinmolación no necesariamente dan paso a una
movilización amplia, nacional y regional. Túnez, así como todas las demás
regiones, observaron cómo después de 2011 varios jóvenes han replicado la
acción de Bouazizi sin despertar una movilización que ni remotamente replica la
fuerza de la Revolución del Jazmín,
como se conoce esta etapa de la política árabe. De tal modo que no es el simple
acto solo y aislado, sin compañía de un marco que le dé sentido y coherencia
política, lo que detona la acción. Hemos visto como en otras latitudes se han
intentado aplicar mecánicamente tanto formatos de protesta como plataformas de
movilización sin que de hecho ocurra un proceso civil tan amplio ni con esa
contundencia. Lo que deseo mostrar es que, de hecho, el “marco político” en el
que el acto incendiario de Mohamed Bouazizi fue inscrito pre-existía lógicamente al pasaje
al acto de la autoinmolación y que esto define a nivel regional una
modalidad de ejercicio político sobredeterminado,
que debemos analizar con rigor.
La política incendiaria
(metafórica y físicamente hablando) de Bouazizi fue una “puesta en escena”,
diríamos una “puesta en acto” dada su publicidad, radical y austera, muda y a
pesar de ello sumamente elocuente, que fue eficaz, en esas circunstancias y no
en otras, para despertar un proceso de solidaridad social (en oposición a
estatal o de “políticas públicas”) y más tarde de acción revolucionaria. ¿Por
qué?
Bouazizi puso en acto una “política del cuerpo” radicalmente performativa que fue eficaz
para detonar un proceso de solidarización
entre los sectores subalternos que,
sin duda, tenían ya buenos y poderosos motivos (que percibían de facto los actos oficiosos de las
fuerza públicas como radicalmente
intolerables) para librar un enfrentamiento con las fuerzas del gobernorado
provincial y, sorpresivamente, con el régimen entero de Ben Alí. Lo singular
del caso radica en que la autoinmolación de este joven estaba inscrita en un
marco normativo y narrativo sumamente saturado tanto por el clasismo habitual
en los centros de estabilidad y/o relativa prosperidad económica (que siempre
beneficia a las burguesías locales, dada la lógica capitalista de las
relaciones en Túnez) como por la actuación disuasiva/persuasiva de los medios
análogos que han instalado una política del “respeto a las autoridades,
instituciones y canales de transformación social establecidos”. El acto de
Bouazizi no sólo desbordaba o desobedecía
ambos marcos hegemónicos, de los aparatos ideológicos de Estado (Althusser),
sino que se rehusaba activamente a
ser comprendido por ellos –por ser una política radicalmente física,
estremecedoramente corporal- a la vez que se encontraba sobredeterminado por la adscripción de Bouazizi a tres sectores
subalternos y a uno que forma parte de las clases medias de la población, dando
paso así a cuatro narrativas que a la postre resultaron sumamente potentes y
cohesivas: a) Bouazizi era un joven
desempleado, a pesar de su especialización en un mundo en el que cada vez
son más importantes los flujos de información y, por ende, los ingenieros
electrónicos; b) era un vendedor
ambulante, es decir, formaba parte de un sector subalterno sumamente vulnerable, que era desposeído
violentamente de su sostén informal y estaba harto de la impunidad constitutiva
del régimen, lo que lo alinea con la subalternidad
generalizada en los centros del Capitalismo Mundial Integrado; c) era un universitario caído en desgracia en
medio de una sociedad de clases que no garantiza la movilidad social de las “fuerzas
de trabajo excedentes” en el marco del neoliberalismo, la privatización de
empresas estatales y la aplicación de políticas fondo monetaristas que atentan
contra la soberanía nacional sin más. Finalmente, d) Bouazizi se encontraba
claramente desesperado, lo cual fue
un referencial discursivo que, junto a todo lo anterior, permitió que la
lectura de su acto fuera registrada socialmente como una desmesura radical y vanguardista (en ausencia de un partido, en el
sentido marxista del término), a la vez que incorporaba
en acto todas las contradicciones del capitalismo mencionadas.
Lo que es relevante,
analítica y retóricamente hablando, es que la política radical de Bouazizi no
“reflejaba” aquellas contradicciones -como piensan las teorías de la ideología
basadas en la conciencia de los sujetos constituyentes, ya cuestionadas por el
postestructuralismo francés- sino que, de forma mucho más materialista y
no-mediada, incorporaba realizativamente
aquellas acciones con una fuerza performativa sin parangón. El cuerpo en llamas
de Bouazizi constituía una suerte de metonimia
que condensaba pragmáticamente cuatro
de las principales contradicciones del capitalismo tunecino, a la vez que se
rebelaba, así fuera desde la impotencia de su significativo cuerpo rebelde, a
todas las normativas que consolidaban las narrativas dominantes con las cuales
los subalternos habían sido
desmovilizados sistemáticamente. Y al operar de esta forma –retórica,
pragmática y sobredeterminada-, Bouazizi o, mejor, el “acontecimiento-Bouazizi”
logró romper con los filtros y las barreras dominantes para poner en marcha un
ciclo de formación de subjetivaciones
radicalmente revolucionarias.
La elocuencia de Bouazizi -más
allá de su persona, irrepetible e irreparable- consistió en la fuerza performativa que detonó un
proceso crítico en la sociedad tunecina, difundido de boca en boca, por Al-Jazeera
(televisora con domicilio en Quatar) que difundía los videos improvisados del
acto incendiario del joven, y finalmente entre las Social Networks locales, regionales y globales; y, a su vez, este
proceso crítico fue algo más que la crítica de las ideas dominantes, fue algo
mucho más radical: la crítica se convirtió en un ejercicio de
“insubordinación voluntaria” –según habría dicho Foucault en sus conferencias Sobre la Ilustración-, en un ejercicio
político y un desempeño de rebeldía radical en el cual los subalternos y
grandes sectores de la sociedad tunecina se de-sujetaron
del “régimen de verdad” que consolidaba el lugar puntal de Túnez en Medio Oriente,
sus alianzas neocoloniales y finalmente el régimen de Ben Alí, contra el cual
se dirigieron las protestas que clamaron por la caída del régimen (“Al-Shaab Yuriq Isdah al-Niham”; “El pueblo quiere que caiga el régimen”).
Las protestas de Medio Oriente se focalizaron rápidamente en los regímenes
despóticos, de viejas estructuras autoritarias y desvencijadas, que habían
secuestrado el poder de los civiles conservándolo para las élites militares de
la región desde sus liberaciones históricas del colonialismo europeo. Para
muchos, las demandas centradas en la caída del régimen constituyen la versión
abreviada de los intereses de los pueblos árabes; a mi juicio, implican muchas
cosas más. Entre otras la declaración popular, masiva, que asentaba no queremos ser gobernados por estos, no de
esa manera y por esos métodos; lo cual abría el paso a una política radical
contra la gubernamentalidad regional y, muy probablemente, global.
IV
Lo
propio de los actos de autoinmolación, que instituyen el martirologio como una
narrativa subalterna de la rebeldía, consiste en la personalización de las acciones políticas y sociales al mismo
tiempo que rechaza, de forma extrema, el dispositivo de la “representación”. Su
política no es simbólica, es real; no metaforiza la protesta, la realiza mediante un pasaje al acto que hace irrumpir lo Real en las normativas
políticas de la acción civil. Por eso abre un hueco en la significación que es
mucho más inquietante que cualquier otra manifestación tradicional. Esa
condición radical y extremista detona, paradójicamente, la proliferación del
significante, que trata de saturar por medio de diversas interpretaciones,
explicaciones y narraciones, el espacio vacío de la confrontación que el acto
desvela en su cruda desnudez. Se diría que el cuerpo incendiario de Bouazizi
llevó a cabo un pasaje al acto de la
lucha de clases en Túnez. Al mismo tiempo, este argumento explica por qué las
narrativas generadas en los medios globales y difundidas tempranamente entre
los participantes de la revolución del
jazmín, tanto en las provincias como en la región metropolitana, han
centrado, mediante una poderosa prosopopeya,
la atención en el desgraciado joven; convirtiéndolo en una bandera y una razón
(que incluye muchas otras, según hemos visto) para rebelarse contra la
insoportable opresión a la que se encontraban sometidos.
Pero, donde acontece lo político en su “grado cero” ha de
advenir la política que es capaz de
resignificar, atenuar o simplemente de canalizar la ira del pasaje al acto para generar formas de
vida radicalmente políticas que modifiquen las reglas de la acción civil. Ese
fue el verdadero éxito de la Revolución
del jazmín: introducir una mediación, un contrapoder, que abarca conglomerados dispersos de la sociedad y
los subalternos para poner en marcha
un proceso de transformación radical de las circunstancias de vida de las
poblaciones magrebís. Sin ello, las sendas jornadas no hubieran pasado de una
simple revuelta sin futuro, una
violencia abstracta incapaz e impotente para generar transformaciones reales en
la sociedad. No olvidemos que la lengua árabe emplea la misma palabra para
referirse al “testigo” y al “mártir”. Como explica Yasser Abdallah refiriéndose
a las jornadas de Egipto, quien es shahid
“está presente en un incidente”, lo ha presenciado, y al mismo tiempo esa
presencia es requerida para poder poseer el suceso, esa “propiedad hace las
cosas apropiadas y da autoridad”. Esta metafísica presentista opera de la
siguiente forma: “La presencia se hace con la shahada, lo que significa testimonio y martirio. El mártir consigue
su presencia por el suplemento de la presencia; la ausencia. La metafísica de
la presencia difiere aquí, se hace más metafísica una vez que alguien ha sido
asesinado durante los enfrentamientos. Necesita purificarse para considerarlo
un mártir: un mártir da autoridad a su facción política, les da una presencia
que tiene su propia metafísica. Los Hermanos Musulmanes por ejemplo, usaron su
propia Shahada y a los mártires para darles autoridad y presencia.” (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=168796) Pero
la palabra también distingue al testigo del mártir. Éste tipo de shahada, que significa testimonio,
requiere de la acreditación de la presencia en el suceso a través de alguna
herramienta, como las “redes sociales” a las que Abdallah prefiere llamar “networked
individualism” para singularizar la estetización
de la experiencia que operan e introducen en los actores, alienándolos de
sus acciones y estableciendo una mediación entre el actor y el acto por vía de
la imagen. De tal modo que la gente era
al mismo tiempo hacedora y espectadora. Además, hay una tercera figura del
testigo: el espectador (en árabe musashid) que intenta tener más
presencia en el incidente que el testigo y el mártir, a quienes cuestiona desde
la relación social que llamamos, tras las huellas de Guy Debord, espectáculo. “Este proceso de cuestionamiento
reconstruye la autoridad, permanentemente y constantemente, pasó y pasa en
Egipto: acusan a los que tomaron Tahrir de tener relaciones sexuales durante
los 18 días. Los ocupantes, por su parte, defendieron al sistema existente que
usaba el sexo como un asunto general más que como uno personal, defendiéndose
de las acusaciones de vandalismo y violencia. Defendieron al sistema existente
monopolizando el poder y legitimando su propia violencia mientras que
criminalizaban la defensa de la gente. Ayer el famoso artista Bassem Youssef
fue acusado de desprecio contra el islam, defiende al sistema existente que
interfiere en la consciencia personal, defendiéndose de las acusaciones.” (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=168796)
Creo
que Bouazizi se inserta en estos tres registros trabajados por la palabra shahid y que esto constituye un marco
sumamente específico, regional y político, gracias al cual su acción pudo ser
percibida como un detonador dentro de
un proceso revolucionario mucho más amplio en Túnez.
V
Para concluir con esta
sección analítica del ensayo, quisiera extraer algunas conclusiones
preliminares que serán válidas para el resto. La primera es que el marco de radicalización era previamente operativo
a la política incendiaria de Bouazizi, vale decir, que los sectores subalternos ya habían rebasado ese
límite que establece que los abusos cotidianos de poder, reiterados
estructuralmente, eran simplemente insoportables;
de tal forma que mal haríamos en comprender el acto de autoinmolación del joven
desempleado como la causa de la radicalización,
como demuestran los otros casos en los que jóvenes con sus mismas condiciones
se han inmolado a sí mismos posteriormente a la revolución de los jazmines sin que ello implicara o conllevara una
movilización con la misma fuerza. Sin duda es trágico que Bouazizi asumiera que
su situación sólo podía resolverse de esa forma, pero es todavía más trágico el
que se haga de esta acción límite un método que no es de fiar. Por otra parte,
no hay todavía un método infalible ni a prueba de balas para saber cuándo
nuestras sociedades han rebasado ese umbral que hace de los abusos cotidianos
algo intolerable, incapaz de ser vivido sin más. Por el momento el mejor
criterio sigue siendo empírico: sabemos que la situación es insoportable
cuando, de hecho, grandes masas se han movilizado para declararlo y mostrar que
el acto de habla “¡Ya Basta!” es performativo,
se cumple si y sólo si se ejecuta. Finalmente, casos extremos como el de
Bouazizi abren una serie de cuestionamientos radicales acerca de los
dispositivos y marcos narrativos mediante los cuales incorporamos las normas
dominantes de nuestra sociedad, así como problemas verdaderamente urgentes
acerca de la posibilidad de la acción política, el papel del testigo dentro de
la escena sobredeterminada, la diferencia de marcos y formas de acción a nivel
regional y, finalmente –pero no menos importante-, acerca de la política en
tiempos globales.
miércoles, 5 de junio de 2013
La mentira, la ciudad [Divertimento]... o, ¿Para qué decir la verdad si puedes mentir?
Una
mañana cualquiera salgo de casa.
No sé estar en casa… sólo sé errar. Hay
que saber errar. Errante me quiero, es mi modo de (no) estar. A menudo pienso
que mi propia versión del Edén es la ciudad; una ciudad cualquiera o, mejor,
cualquier ciudad. Nunca una casa. Entre las paredes soy torpe y distraído.
Entre las paredes tropiezo, choco con la alacena, me golpeo con los muros, me
aburro en los sillones, trapeo con impaciencia y me preparo mal de comer. No sé
habitar. No quiero habitar. Las huellas las he desaparecido. Sólo transito
entre la sala de estar y la cama. Mi ser no está en casa. A veces no puedo
dormir. Quisiera dormir en la ciudad, comer ahí, afuera. Sólo afuera. Los
hogares siempre me golpean, he desarrollado una extraña alergia al
aletargamiento con el paso de los años. En las calles no. En las calles camino,
estoy alerta, cinco sentidos y un cuerpo desplazándose sin cesar, sólo
transitar. En las calles estoy vivo. Yo soy de los que transitan. No sé estar
en paz. Pensar y meditar es algo que resuelvo sólo con el paso, con el caminar,
con el descubrir. Las calles alimentan mi cerebro, las calles son la materia de
mi pensar… No puedo pensar en los estudios. Si el estudio no tiene balcón,
entonces no es mi lugar. Un balcón es como una entrada de la calle en el
pensar. No sé pensar sin la calle, sin la ciudad. No encuentro la paz a no ser
que me encuentre caminando, como un sonámbulo, sorprendido e intimidado, activo
y parsimonioso en el andar.
A menudo me he sorprendido a mí mismo
caminando en medio de alguna calleja transitada, un andador o una plaza, como
si no me hubiera dado cuenta de que estaba ahí, como si despertara de un sueño
y me encontrara de pronto, inesperadamente, en el mejor de los lugares
posibles.
Entonces entro en los sueños de los
demás, somos masas soñando. Entiendo a la perfección aquello que los hombres
del siglo XIX sentían al contemplar las ciudades y las enormes metrópolis en
surgimiento. Los sueños que son de concreto, de hierro o vidrio, los sueños
moriscos de San Cosme y los muros desvencijados de Iztapalapa; el atroz
conglomerado de calles, aburridos fraccionamientos y palacios municipales de
Barranca del Muerto y la estación del metro de los pinos. El atronadero
estridente de cualquier paradero de autobuses en Tacubaya y Taxqueña. La
desagradable atomización del espacio en el Estado de México; la belleza de
Zacatecas (mi ciudad ideal), y recuerdo entonces la enormidad de las calles de
Oaxaca, con sus fantasmales barricadas de 2006 y el mejor grafiti político del
universo.
Nada me hace sentir más vivo que una
buena ciudad, si no es buena no me invites. Y buena quiere decir complicada,
llena de esquinas y laberintos, de gente que habla y camina, de cosas
inesperadas como una marcha a la que te unes en trance con los demás, de
clamores de justicia y de gente accionando lo imposible. Si no accionas lo
imposible no me invites.
Una ciudad aburrida es una contradicción
en términos.
Es impensable.
Una monstruosidad incurable, una locura
sin pasos.
Si no hay personajes de bestiario que
nunca figuraron en la imaginería de la Edad Media, no me invites. Prefiero al
Don que toca mal el clarinete en Regina a la hora de la comida, siempre a la
hora de la comida, a cualquier descripción erudita del Maleus Maleficarum. Si
no tienes historias más surrealistas que los nopales del desierto, no me
invites. Hazte y hazme un favor.
No puedo reír sin la expectativa de lo
inesperado.
Si no tiene historias increíbles tu
ciudad, si la gente no me cuenta cosas que jamás creería ni en mi sano juicio,
entonces no me invites. A veces me gusta que me mientan, me gusta que las personas
mientan si eso hace sus experiencias y relatos ingeniosos. Me gustan las buenas
frases y las historias con las que empiezo a creer que me quieren tomar el
pelo. Creo que todos tenemos derecho a mentir, que decir la verdad no debe ser
una obligación universal; creo que mantener un secreto y decirte “Mira, tengo
un secreto increíble, nunca jamás te lo hubieras imaginado; pero nunca te lo diré”,
es una obligación hasta ética. Las personas transparentes, las personas que
siempre dicen la verdad me aburren. No puedo entenderlas. ¿Por qué alguien querría
dejar de guardarse sus secretos; no todos, algunos secretos nada más? Nunca
entenderé a los que quieren que les digan la verdad y nada más que la verdad.
Esos tribunales parlantes y con patas. A veces me gusta que me mientan.
Yo soy de los que les dicen a sus
amantes: “Miénteme; si me quieres, miénteme por favor.” Porque una persona que
miente es un mapa inaudito, un planisferio sin ruta, un guía roji sin GPS; una
persona que sabe mentir, pero que sabe hacerlo de veras, siempre te dará
grandes satisfacciones. Nadie ama tanto, ni más sinceramente, como los que
mienten. Yo miento; sí, suelo mentir. Miento siempre, miento incluso para decir
la verdad. Mentir es una forma de valorar a los otros, de creerlos tan listos
como para esperar que sepan que eres un enigma y que te gustaría también (no,
quizás e incluso) ser descifrado. Una persona que miente, pero que de verdad
sabe mentir, es la mejor de las ciudades del mundo.
Las ciudades mienten. Por eso andamos
las mentiras, las caminamos y trotamos, las respiramos en celo.
En el principio fue la mentira.
Una persona que miente es como cualquier
ruta sin trazar de Guanajuato, un camino hermoso por donde hay restos de
acueductos y túneles sin fin, una falta de planificación que te depara la
sorpresa más placentera en cualquier esquina. Una glorieta sin vuelta, el fin
de una chuchilla sin retorno o la avenida que confluye al maremágnum que
conocías. Una persona que miente es como cualquier Distrito Federal que crece a
la buena de Dios, con la inteligencia diversa de la gente, con los
paracaidistas que dicen “¡Ajá! ¡Tú estás desocupada, tú eres mía!”, con la
necesidad de los sin-hogar. Ciudad grande, ciudad monstruo. Moloch risueño que
hace bromas crueles. Si no eres como el D.F., si en ti no me voy a abismar
porque eres de mente plana como una carretera, si sólo la promesa del choque
violento está en tus líneas de fuga, entonces no camines conmigo.
Una bella mentira es 10 veces mejor que
100 verdades mal contadas.
Así es una ciudad.
Siempre algo igual y distinto de sí.
Las buenas anécdotas son lo más parecido
a una mentira, incluso si lo son. Por ejemplo: Estaba yo una tarde en la calle de Xalapa, bien saben que en la Roma, ya entrada la noche y tomando
algún trago coqueto de agáve que no era tequila (se llamaba Pierdealmas y era lo que su nombre indicaba), cuando me subí a un taxi con
buena compañía (no piensen mal) y balbucee mi dirección. Llegaba a mi casa y de pronto, sin más,
con la luz apagada y los vecinos en juerga, un aparato de esos para medir la
velocidad o la gasolina de un automóvil calló de la bolsa izquierda de mi
abrigo. Sí, un radiador quizá o algo parecido calló de la bolsa izquierda de mi
abrigo e hizo un sonoro ¡PUM! en el suelo. La cosa, quimera o artefacto, tenía
agua, como si el auto se hubiera hundido más profundo que el Titanic; y el agua
estaba adentro, sólo adentro, retando mi racionalidad diluida en sopor. ¿Qué
diablos hacía un radiador de auto lleno de agua en la bolsa de mi abrigo, mi
favorito por cierto? Es algo que jamás podré saber. ¿Alguien robó un auto y
antes de entregarse lo puso en mi bolsa? ¿Hubo un agujero en el tiempo-espacio
y de pronto eso apareció ahí, donde en una probabilidad de 1 en un millón era de
un franco 0.0000000000000001 % que pudiera aparecer? ¿Alguien lo perdió en
China, en Alemania, en la Agrícola Oriental? No sé, pero es una gran historia
¿no?
Pero no se me entienda mal. Me gusta que
me mientan, dije; pero no soy tonto.
Hay cosas en las que sólo espero la
verdad. En política, por ejemplo; en historia, también; en un examen de mis
estudiantes, por supuesto. Las mentiras son para la vida cotidiana, van bien
con la charla en el bar o el café; incluso para otras anécdotas más picantes.
Para la sociedad no. De cualquier forma, sí, creo que el derecho a la mentira o
a la omisión de datos es uno de esos espacios inexplorados para la libertad.
He dicho toda la verdad.
Ahora, ¿me crees?
miércoles, 29 de mayo de 2013
Problemáticas educativas. Participación en debates públicos
Recientemente he participado en una serie de debates acerca de problemas educativos. Se trata de intervenciones que no necesariamente tienen un carácter teórico; su base son los intercambios, polémicos y a menudo ríspidos, con varios sectores de la sociedad: desde diputadas del PAN hasta compañeros de lucha, a quienes admiro y respeto profundamente, e incluso contribuciones con maestros normalistas que tratan de introducir un nuevo espacio autogestivo dentro de las luchas educativas de nuestra sociedad. Aquí coloco algunos de los eventos y contribuciones más significativas al momento, en espera de que un diálogo con ustedes, lectores, me permita afinar y renovar mis posiciones al respecto.
I
Debate sobre la reforma educativa con diputada del PAN:
http://www.mundofox.com/node/15005
II-
Debate con Joel Ortega Erreguerena, compañero a quien admiro profundamente y con quien, a pesar de nuestras diferencias teóricas, compartimos un mismo horizonte de esperanzas políticas. Este programa fue una iniciativa de Carlos, en apoyo y como muestra de solidaridad al megisterio de Guerrero, Chilpancingo. Quiero enviar un saludo a los normalistas de Huajuapan, Oaxaca, con quienes he tenido el honor de trabajar, discutir y reflexionar sobre estos y otros problemas de nuestra sociedad:
http://www.poderato.com/cavrel/programa-de-anlisis/reforma-educativa
III.
Contribución a "Voces normalistas".
http://issuu.com/jeimyramirez/docs/vocesnormalistasjunio2013/33?e=3631806%2F3200277
II-
Debate con Joel Ortega Erreguerena, compañero a quien admiro profundamente y con quien, a pesar de nuestras diferencias teóricas, compartimos un mismo horizonte de esperanzas políticas. Este programa fue una iniciativa de Carlos, en apoyo y como muestra de solidaridad al megisterio de Guerrero, Chilpancingo. Quiero enviar un saludo a los normalistas de Huajuapan, Oaxaca, con quienes he tenido el honor de trabajar, discutir y reflexionar sobre estos y otros problemas de nuestra sociedad:
http://www.poderato.com/cavrel/programa-de-anlisis/reforma-educativa
III.
Contribución a "Voces normalistas".
http://issuu.com/jeimyramirez/docs/vocesnormalistasjunio2013/33?e=3631806%2F3200277
martes, 28 de mayo de 2013
Poéticas de lo político.
Donovan
Adrián Hernández Castellanos
Cada movimiento social, cada acto civil gesta su propia poética. Ya lo dijo en territorio nacional el poeta persa Mohsen Emadi, durante la Cumbre Mundial de Indignados del 7 al 10 de diciembre de 2012, “la resistencia debe ser gozosa. Para eso hay que vivir. Se resiste para vivir.” Y por cierto que la resistencia da pie a sus propias formas imaginativas; capacidad colectiva –según sugería Castoriadis- de inventar formas inéditas allí donde no las había. No sólo en el arte se hacen patentes estas formas radicalmente nuevas; también se presentan en la gestación y derogación de instituciones -en la acción sin más- puesta en juego en aquellos momentos verdaderamente autoinstituyentes que acontecen cada vez que, por uno u otro motivo, se reúnen ciudadanos y afectos, la sociedad en general, para autoconstituirse como pueblo. Se diría que, paradójicamente, la autoconstitución de la ciudadanía es efecto de su propia actividad; ésta, devenida en agente político sumamente plural y autónomo, es quien construye y proyecta su propio presente y por-venir. ¿Será que en ello radica su capacidad plástica y poética autoinstituyente? En el extremo, la autoemancipación es el poema más bello de los pueblos en su civil andar.
Las poéticas del espacio: Acampadas y asambleas globales
Recientemente el mundo ha visto, con entusiasmo, varios actos de este tipo. No sólo en España con los Indignados de la Puerta del Sol, o en Chile con los estudiantes que luchan por la educación pública en su país, e incluso con Occupy Wall Street en el corazón del distrito financiero de E. U., sino, más específicamente, con el resurgimiento de los pueblos de Medio Oriente y África que buscan emanciparse de formas de gobierno autocráticas y de viejas dinastías en el poder, ajenas a sus intereses verdaderos. Los pueblos del Magreb nos han regalado una nueva poética de lo político en sus duros avatares, han vuelto a surgir con una nueva dinámica civil para ocupar un lugar decisivo en la geopolítica de la resistencia a la gubernamentalidad neoliberal[1]; la Revolución de los jazmines ha sido su primer donación a un mundo urgido del rescate de la política por parte de una ciudadanía globalizada que contemplaba con aterrado pasmo la manera en que las políticas públicas eran –y son- diseñadas para beneficiar el orden del capital financiero de todas las latitudes. La imaginación social, por ello, se ha hecho presente en la ocupación campal de territorios simbólicos de lo político en las grandes capitales del globo: desde las explanadas llenas de solidaridad en España hasta los campamentos civiles de la plaza Tahrir en el atormentado Egipto, la ciudadanía no sólo ha recuperado los reificados “espacios públicos” –removiendo con sus marchas la enquistada semántica del autoritarismo- sino que en realidad los ha reinventado. Las acampadas en los zócalos de las capitales mundiales son verdaderas heterotopías del altermundialismo; espacios exapropiados al poder hegemónico que reverberan entusiasmo y devienen escuelas públicas de civilidad alternativa. No cabe duda de que los manifestantes de la “Primavera Árabe” y los Indignados del globo viven utopías concretas, ejercen una suerte de soberanía que es vinculante por provenir de la democracia directa y rompen la dinámica de la representación gracias a que no generan organismos ni autoridades desprendidas que gobiernan por encima de la sociedad. Estas utopías realizadas existen, si bien tienen una vida precaria y frágil; como muestran las innumerables incursiones policiacas que pretenden, ilegítimamente, romper con la dinámica vinculatoria de los actores civiles. Es como si la imaginación que aspira al poder civil supiera que no existen espacios públicos, sino que se hacen al acampar. Con sus actos civiles reiterados afirman que si ha de existir ciudadanía reconfigurada, ésta tiene que comenzar por repoblar y resignificar los espacios comunes. Saben que lo público no existe si no es construido por la ciudadanía, y que ésta última se construye a sí misma por medio de su actuar en conjunto. Espacio y ciudadanía, ambos reinventados, serán en adelante indisociables.
Carnaval vs Liturgia
Podría afirmarse que una de las características de la acción civil contemporánea, y quizá de todos los tiempos, sea la autoconstrucción gozosa de lo común en medio de la resistencia frugal con visos de permanencia –pues en permanecer se afana el conato de las acampadas, permanencia dentro de su efímero existir activo. A diferencia de los rituales encasquillados del poder separado de la sociedad (el Estado, el Congreso, etc.), los campamentos civiles no requieren de la liturgia cívica para conformar un proyectado destino común ni su enraizamiento con la vetusta patria decimonónica y alienada de la soberanía popular;[2] por el contrario, la ciudadanía autoconformada, lejos de la ritualización monumental de las políticas de la experiencia gubernamentales, no reitera nada más que su acción. De unirse surge el gozo, y este ilumina las calles de la ciudad. En marchas y performances colectivos, en campamentos civiles que otrora fueran estrategias pacíficas para poner freno al intervencionismo militar en zonas del globo como Gaza y Chiapas, aparece la sociedad que se convoca a sí misma para producir una nueva poética urbana que recrea y redimensiona en la algarabía y la risa la vieja sabiduría del carnaval: inversión del tiempo dominado por la producción, ruptura de la distribución de las mercancías que fetichizan con un pseudoencanto las vidrieras del consumo, y finalmente inversión contestataria del lugar de lo político que retorna a las calles. En las marchas, que han sido vehículo reificado por la propia “sociedad civil” para manifestarse, las calles son inventadas radicalmente; los cruces no sirven al tráfico atomizante de la neurosis citadina, son el punto de aglomeración de caravanas y cabezas gigantes llenas de ardor y utopía. Las glorietas se visten de gala para acoger a sus habitantes. A su manera, cada acto civil realiza aquellas fantasías sociales que son depositadas en los sueños colectivos –una vida sin la opresión del hombre por el hombre-. Y, a su vez, estas alegorías de la crítica social son imágenes desiderativas cargadas justamente de deseo emancipador. Cuando la sociedad realiza sus sueños, éstos siempre hablan una lengua común.
Túnez, la revolución de los jazmines: caricatura y política
Dentro de estas acciones destaca lo ocurrido en Túnez entre el 17 de diciembre y el 17 de enero de 2011. Luego de la triste inmolación del joven Mohammed Bouazizi, quien se prendiera fuego como Bonzo luego de que su puestito callejero de frutas y legumbres fuera cerrado por la policía, la indignación prendió con una llamarada que ni siquiera la salida del autócrata Ben Alí pudo sofocar. El ardor civil convocado por redes sociales exigía libertad y la ejercía contra todo autoritarismo político. Entre sus diversas manifestaciones, todas dignas de atención, quisiera destacar una: el papel del arte gráfico dentro de las expresiones críticas del régimen dictatorial. Ya Siegfried Kracauer, filósofo judeoalemán del siglo XX, destacaba el papel de las artes como lugar de la crítica allí donde la opinión pública es silenciada por el autoritarismo. En su caso se trataba de Jacques Offenbach, cuyas operetas ligeras mostraban los excesos del dictador Luis Bonaparte; en Túnez se trató de la caricatura como espacio de libertad. En Medio Oriente la gráfica y la caricatura siempre han sido un recurso de sátira y un espacio de elaboración de la experiencia traumática, basta pensar en Bye Bye Babylon de Lamia Ziadé, cuyo tono elegíaco muestra la dolorosa experiencia de una niña de siete años de edad que creció durante la guerra civil de Beirut, o en la bien conocida obra gráfica de Marjane Satrapi Persépolis, llevada al cine con fortuna por Vincent Paronnau en colaboración con la autora. También la fotografía ha hecho lo suyo, los trabajos de Abdallah Farah muestran, en el revelado de sus negativos quemados, la violencia de la misma guerra que ilustra Ziadé. De una u otra forma, la gráfica y el cómic se han vuelto un vehículo importante para las experiencias de la violencia política en tiempos de la cultura de masas (como es notorio en el Maus de Art Spiegelman).
Para
el caso de Túnez, con su revolución multifacética, el blog debatunisie de Z fue un
espacio vital para la expresión opositora al régimen de Ben Alí. Tan vistas
fueron las caricaturas que ahí subían artistas visuales diversos, que fue objeto
de censura e intimidación más de una vez. Pero sin duda el caso más destacado
es el de la famosa profesora de la Facultad de Bellas Artes de Túnez, Nadia
Khiari, quien visitó nuestro país en la Cumbre de Indignados mencionada atrás.
Khiari
es reconocida por ser la creadora del simpático gato Willis, un mordaz felino
que hace sátira de la realidad política de Túnez con buen arte. En gran medida,
Willis in Tunis fue cronista y
representante de varias de las ideas más avanzadas en aquella revolución de los jazmines que buscaba
libertades básicas de toda ciudadanía. El primer cartón de Willis fue dibujado
por Khiari el 13 de enero de 2011, tras el tercer discurso de Ben Alí –“su
último cartucho” en palabras de la autora-[3]
en el que prometía bajar los precios de los alimentos básicos y no volver a
postularse para las elecciones; en él se muestra a un gato malicioso que reposa
sobre una azotea, mientras observa a unos crédulos ratoncitos que llevan
letreros de “Bajarán los precios del queso”, en alusión a los manifestantes que
salieron a apoyar a Ben Alí no obstante que el decreto de “estado de sitio”
pesaba sobre la región. Los trazos libres y modernistas de Khiari, acordes con
sus ideas básicas sobre las garantías civiles, muestran narrativas y relatos
alegóricos en los que los pequeños animalitos divulgan las ideas y formas de
vida de la cotidianidad durante la revolución, y aún después de ella. Pero, a
diferencia de Maus (donde los ratones
alegorizaban a los judíos, los gatos a los alemanes y los cerdos a los polacos),
Willis in Tunis no hace distinciones
esopianas en la composición: los gatos son todos, islamistas extremos o
seculares liberales, opositores de extrema izquierda y representantes de
partidos. Se diría que el talento particular de Khiari radica en hacer de lo
trágico y doloroso un lugar de la comicidad política, sus dibujos expresan una
visión íntima y al mismo tiempo colectiva de los acontecimientos que no dejan
de sucederse en la vida pública tunecina. De hecho su gato tiene el mismo
nombre que el personaje central de sus cartones. De entre todos ellos, hay dos
que me parecen fascinantes por la certera imagen que dibujan de las dinámicas
de un poder que entra en conflicto con la voluntad ciudadana: uno, de los más
conocidos por cierto, en el que Willis está en el centro de un reloj; sus
manitas hacen las veces de manecillas que marcan los tiempos del poder político:
de la hora del “¡Fuera!” gritado a Ben Alí, se avanza a “Elecciones, Poder,
Fundamentalismo, Nepotismo” hasta llegar de nuevo al grito civil que pone fin a
la dictadura. Khiari forma parte del movimiento secular que ha sido tomado a
contrapelo por la instauración de regímenes autocráticos basados en una lectura
sumamente restringida y ortodoxa del Islam. El segundo cartón es de un
minimalismo cautivador: en él se muestra la carita de Willis en trazos
simplificados, sus pupilas son lo llamativo: en su ojo derecho la pupila es de
color rojo, pero en el ojo izquierdo, que muestra la bandera de Túnez, Willis
llora sangre. Se trata de la sangre de las víctimas de la represión que inundan
al país, pero es también el dolor del testigo que observa cómo la realidad de
su nación prolonga el derramamiento inútil y los altísimos costos sociales. Se
trata, en suma, de una imagen cuya poética exhibe las derivas de la política
local y global.[4]
Si bien los momentos revolucionarios
de la “Primavera Árabe” han culminado por ahora en la instauración de regímenes
regresivos como los de Mursi en
Egipto, y actualmente muestra su faceta más violenta en contra de la oposición
como acaba de suceder en Túnez hace unas semanas –con el asesinato del
principal opositor de izquierdas Chokri Belaid-, la realidad abierta por estos
nuevos actos civiles en resistencia
dan esperanzas; y eso ya es mucho por ahora. Como dice Khiari: “No se podía
hablar de nada sin acabar hablando del régimen y meterse en un lío. Y de
pronto, de la noche a la mañana, nos vimos con total libertad para expresarnos
y criticar el régimen. A mi juicio, esta es una de las pocas victorias
concretas que ha traído la revolución: la libertad de expresión. Ahora debemos
mantenernos alerta en todo momento para conservarla.” Y sus cartones, como
ostenta uno de los más bellos, son una poética de la resistencia en tiempos de
oscuridad.
[1] No olvidemos que durante la antigüedad
y hasta después de la Edad Media, los pueblos árabes fueron decisivos y
fundamentales para la conservación y el desarrollo de la ciencia y la
filosofía, del pensamiento en general que asumimos ahora propio de Occidente.
Resulta imposible comprender la conformación de nuestro mundo sin el concurso
del Magreb y, luego, del sometimiento de sus poblaciones al capitalismo
expansionista de las potencias occidentales.
[2] Pensemos en los recientes festejos
oficiales, y por ello desligados de la participación civil, que en México
conformaron el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la
Revolución; en ellos se estetizaba la
experiencia de la ciudadanía, al mostrarla como el logro del Estado-nación en
su gesta de 1810 y al ponerla en escena mediante un desfile alegórico
acompasado con una narrativa hegemónica (y conservadora) de glorificación vacua
de las instituciones que, cada vez, están más lejos de la voluntad general.
Esta misé en scène de la patria es
vacua y empobrecida, toda vez que reifica a la alteridad indígena, contra la
cual el Estado ha cometido crímenes inconfesables, en un colectivo de títeres
que muestran, en su alegórico transitar, la manera en que el racismo nacional
sigue excluyendo a todos sus otros
dentro de lo público desvinculado.
[3] El lector puede encontrar una breve
entrevista con la autora en el siguiente sitio web: http://www.esglobal.org/index.php?q=no-es-recomendable-burlarse-de-los-salafistas
y más información sobre el cómic revolucionario de Túnez en: http://afribuku.wordpress.com/2012/06/19/el-comic-revolucionario-de-tunez/
[4] El lector puede consultar esta y
otras imágenes en el perfil de Facebook: http://www.facebook.com/pages/WillisFromTunis/145189922203845?fref=ts
cuya visita recomiendo ampliamente. Cabe mencionarse que Nadia Khiari ha
logrado continuar con sus cartones gracias a las muestras de afecto y apoyo
internacionales, y sigue subiendo a diario nuevas imágenes sobre la actualidad
global; en la entrevista citada, Khiari comenta que tan grande ha sido la
solidaridad para con Willis que incluso si transcurre un día entero sin subir
un nuevo cartón, recibe mensajes preguntando si se encuentra bien. La represión
no ha pasado en vano.
martes, 14 de mayo de 2013
AMINA: REFLEXIONES DESDE UN OCCIDENTE ABIERTO
Nosotros,
igual que cualquiera, nos enteramos del “caso Amina” por las redes sociales. Lo
mismo que todos, tuvimos acceso a la información que desmentía los primeros
comunicados que la exponían como una víctima de la “barbarie islámica”. Nos
indignamos ante la opresión de la que parecía ser objeto; nos indignamos
igualmente cuando supimos que la información difundida a primera hora inducía
una islamofobia inaceptable. Sin embargo, había que hacer algo; decidimos
redactar rápidamente algunas preguntas para intentar darles solución por
nuestros propios medios. Las preguntas fueron redactadas desde los primeros
minutos de difusión del caso, algunas respuestas muestran una reflexión
posterior al esclarecimiento de lo que en verdad sucedió. Decidimos, pese a
todo, continuar con nuestro ejercicio reflexivo, pues se tocaban puntos que son
de vital importancia para las problemáticas actuales en todo el globo. Nuestra
finalidad es únicamente contribuir a hacer un debate capaz de generar opinión
pública, tan necesaria hoy como siempre. En todo caso nuestro mensaje aboga por
la necesidad de escuchar realmente al Otro, pues sin esos lazos de solidaridad
altermundista ningún proyecto político de importancia podrá existir.
Decidimos que
una forma ágil para generar un escrito era compartir algunas inquietudes,
considerando dos formas específicas de respuesta: una filosófica y una
sociológica, centradas, ante todo, en un respeto profundo, y asumiendo nuestra
posición, es decir nuestro horizonte de significación, como Abierta hacia el Otro.
Las primeras
preguntas poseen una connotación sociológica, alumbradas por la problemática de
un esencialismo valorativo que pudiera conducir a un imperialismo cultural, así
como al peligro que todo relativismo conlleva en relación con las posibilidades
humanas de entendimiento y la posibilidad de una conmesurabilidad cultural. Las
segundas son también interrogantes acerca de las posibilidades actuales para
generar formas de organización internacional sobre problemáticas específicas,
especialmente en relación con la posición social y cultural de las mujeres. El
problema de los valores y sus pretensiones de universalidad, se presenta a lo
largo de este intercambio, generando sobre todo nuevas interrogantes.
No se trata de
respuestas acabadas, sino de un horizonte reflexivo que busca no sólo nuevas
respuestas, sino sobre todo nuevas preguntas.
C.A.[*] ¿Los derechos
humanos de corte occidental deberían ser universales?
D.H.[1] Tu pregunta es difícil.
Trataré de responder sin dar demasiados rodeos. Lo único que puedo imaginar es
esto: sólo podemos universalizar los derechos humanos si defendemos una
política altermundialista, internacional que no esté supeditada al capital;
pero esto implica des-occidentalizar los derechos humanos. En principio la
universalidad de los derechos humanos está condicionada a diversos factores:
los organismos que los impulsan y defienden, que diseñan programas
gubernamentales de educación en ellos, no son vinculantes actualmente sin ser
incorporados en tratados internacionales suscritos por los Estados-nación. Esta
es una limitante a su universalidad; digamos que se trata del principio de
soberanía nacional todavía vigente (fundamental por otras razones, como la
energética y la autodeterminación por ejemplo). Lo segundo, hay que admitir que
los derechos humanos tal como existen tienen una marca etnocéntrica; los
pensamos todavía como derechos del individuo europeo del siglo XIX bajo la
forma liberal: el individuo los detenta y puede esgrimirlos como limitante
contra los abusos de poder en ciertas condiciones. Muchos consideran que la
incorporación de los derechos humanos a las constituciones de las democracias
representativas resolvería la severa limitación que pesa sobre su forma
vigente. Por mi parte, considero que si los derechos humanos pueden ser
universalizables a ciertos regímenes “autocráticos” –hay que tener reservas con
el concepto porque en Egipto, por ejemplo, la Hermandad Musulmana ha sido
elegida por plebiscito- en Medio Oriente –lo que me parece deseable-, esto sólo
puede ocurrir bajo una doble condición: 1) mediante una discusión amplia en la
que los agentes del cambio social, los pueblos árabes (que son mucho más
diversos de lo que los medios suelen aducir), hagan oír su voz en el
intercambio global de razones y acciones civiles; esto por una razón: el
orientalismo –que pesa sobre la construcción identitaria del occidente- nos ha
lanzado una imagen interesada en mostrar a los pueblos árabes, musulmanes, etc.
como la viva encarnación de la barbarie; la ubicación del terrorismo global en
Irak fue muestra de ello como de otras tantas cosas. Pero incluso en el
interior de las sociedades árabes –lo digo así para avanzar rápido- hemos visto
la emergencia y la consolidación de movilizaciones civiles que impugnan por una
contrahegemonía secular; pero en el debate amplio no podemos dejar de lado a
todos aquellos que, sin rechazar el Islam bajo sus propios argumentos, también
defienden la necesidad de una transformación social y política de sus naciones
que incluya la defensa tanto del feminismo como de los derechos humanos. Por
ende, hay que practicar aquí la defensa de consensos sociales globales,
regionales y locales acerca de los derechos humanos, su valor para defender a
los pueblos de los abusos de poder político, etc. 2) Pero de este deber de
debate transnacional debe surgir también una segunda observación: los derechos
humanos, al ser debatidos ampliamente por sus defensores en las zonas de Medio
Oriente, deben abrirse también a una transformación decisiva. Si los derechos
humanos pueden ser universalibles ello no podrá ocurrir bajo su forma
actualmente existente, pues no podemos conservarlos bajo la figura liberal que
se cuestiona en otras tantas esferas que impactan sobre la vida de los pueblos
en todo el globo. Su condición debería ser una transformación radical.
Hablaríamos entonces de un deber
incondicional de humanidad que está por-venir; los derechos humanos deben
hablar las diversas lenguas, deben asumir diversas tradiciones de pensamiento y
praxis política que no son occidentales, eso si queremos que sean universales
sin condición. En el límite hablaríamos de derechos de lo vivo en cuanto tal,
lo que aumenta las líneas del debate, pero también abre un horizonte emancipatorio
dentro de la biopolítica actual; un deber
de vida y un deber de alteridad
transformarían los derechos humanos, quizá para mejor.
D.H. Con respecto al caso Amina, ¿consideras que
un punto de partida para oponerse a estas prácticas sería discutir la autonomía
de las normas respecto de las condiciones éticas que anteceden la política? De
ser así, ¿cómo comprendes lo político?
C.A. Existe una diferenciación peculiar
elaborada por Jacques Rancière en relación con la la política y lo político. Mientras
por un lado la política (que él llama policía) tiene que ver con la noción de
una unidad, donde “aparentemente” todos están contados, o pueden comprenderse
dentro de determinadas categorías políticas. Lo político es en cambio la
protesta de quienes no se sienten parte de la cuenta, o están en contra de las
formas que dicha manera de contar ha adquirido. Un ejemplo que le gusta mucho a
Rancière es el de Blanqui, quien al ser cuestionado por un juez para designar
su profesión, responde: proletario. El juez insiste: “esa no es una profesión”,
y Blanqui responde: “esa es mi profesión y la de millones de personas”. Es
interesante el ejemplo, dado que en ese momento, definirse como proletario lo
identificaba con un numeroso grupo de personas en el ámbito internacional.
Mientras para las leyes locales eso no implicaba una profesión, en términos de
identidad colectiva trasnacional, ser proletario era una nueva forma de presión
para revisar la cuenta y evidenciar los
huecos y espacios vacíos (en el sentido de la falta constitutiva) en el
aparente orden completo de la policía.
Del mismo
modo, ser Mujer (especialmente ser feminista, y aplica también para otras
subjetivaciones) es hoy en día, una forma de construir identidad global, dado
que una serie de movimientos sociales, anclados en expectativas más bien
transnacionales, han dado un nuevo giro a la forma como cuentan los Estados
nacionales. Estos giros se han configurado a partir de una concepción
específica de lo que “debe ser” la mujer contemporánea y de las distorsiones a
las que sigue siendo sometida en entornos tradicionales o religiosos.
Independientemente de la difusión de
información falsa, el caso de Amina demuestra que existe un activismo más allá
de las fronteras locales y las jurisdicciones legales de los Estados.
Comprender esto es profundizar en nuevas formas de organización global en torno
a temas que poco a poco trascienden como universales en el sentido pragmático,
más que en el esencial.
Es
obligatorio, cuando se presentan casos como este, reflexionar sobre las bases
prepolíticas del Derecho, dado que reconocer estos fundamentos nos orienta a
pensar en la distinción entre legalidad (como leyes dentro de la jurisdicción
local) y legitimidad (como el cumplimiento de principios trascendentales). Sin
embargo, y es verdad, estos fundamentos no pueden justificarse de una manera
esencialista como plenamente existentes o como verdaderos, sino que (como ha
argumentado Habermas) deben someterse a públicos cada vez más amplios con el
fin de ser validados o refutados en torno a sus pretensiones universales de
validez, y ello debe lograrse (aunque suene utópico) en una situación ideal de
habla, donde los argumentos racionalmente motivantes tengan mayor peso que el
poder o la posición social de quien los enuncia. La idea de consenso en
Habermas no es sólo una idea de entendimiento, sino también de aceptación, lo
cual implica que el consenso cada vez más global en torno a ciertos principios,
es a la vez el disenso en relación con parámetros puramente locales de manejo
político y judicial.
La posibilidad
de este consenso se sitúa en la conformación (mediante hegemonía) de
identidades colectivas, que se superponen a las identidades locales, abriendo
nuevas exigencias a los gobiernos y posibilitando nuevas configuraciones en las
formas de protesta local.
C.A. ¿Es posible pensar en una ética universal,
de ser así, cuáles serían los fundamentos que la sostendrían?
D.H. Creo que
la respuesta tendría que ver sobre todo con qué tipo de universalidad deseamos
y, en particular, si la universalidad ética es deseable; por ejemplo ¿cuáles
serían sus figuras?, ¿a título de qué se establecería una universalidad
vinculante, que no fuera opresiva con los indígenas y las mujeres árabes por
ejemplo? Incluso cabe preguntar si una universalidad así puede efectivamente
acontecer. No seré yo quien diga que no; pero el concepto de universalidad está
rápidamente asociado con el colonialismo: en el trabajo de la expansión del
capitalismo naciente y su política de explotación sobre las diversas
colectividades colonizadas residía también un proyecto que pretendía hacer
universales ciertas prácticas europeas, sobre todo. Pero ¿será esta su única
forma? Sugeriré que una ética universal –irreductible a una moral y una
axiología universal- depende del proyecto civilizatorio y político que la
postula. La Ilustración moderna fue un proyecto civilizatorio nada desdeñable;
en ella surgieron varias ideas que, fundadas en la razón –como se pensaba en la
época-, contribuyeron directa o indirectamente a la formación de algunas
instituciones contemporáneas: de ahí surgió el proyecto cosmopolita que algunos
impulsan todavía, hay quien dice incluso que la ONU y la UNESCO estarían basadas
en ideales kantianos. Sea como fuere, la universalidad es problematizada por
las experiencias actuales. El hecho de que los organismos que defienden
derechos humanos no sean vinculantes, pero que haya organizaciones económicas
transnacionales como el FMI, la OCDE y el BMI que condicionan a los Estados
para seguir políticas de privatización con la finalidad declarada de solventar
deudas cuestionables y cargar el monto sobre la sociedad civil nos habla de un
camino civilizatorio que ha sido elegido e impuesto como modo de vida. Sin
embargo, ¿eso tiene algo que ver con la universalidad ética?
En el caso concreto de Amina, creo que tu pregunta contiene una
proposición implícita: sólo una ética universal, con fundamentos igualmente
universales, tendría la legitimidad suficiente como para oponerse a la
violencia contra las mujeres en cualquier parte del mundo donde ésta ocurra.
Pero, ¿es así?, ¿en verdad necesitamos un fundamento universal para oponernos a
la violencia contra mujeres como Amina? Tu pregunta presupone, me parece, que
los fundamentos universales garantizarían la adecuación en toda acción ética y
política más allá de sus contextos de aparición; es decir, que hay normas
universales que podrían garantizar la moralidad de toda acción posible. Pero no
debemos olvidar que siempre hay medios para imponer una ética o una política
que no son éticos ellos mismos. Hay ocasiones incluso en los que la propia
ética ejerce la violencia. Me parece que actualmente vivimos casos así; por
ejemplo, hay normas que intentan construir una hegemonía y no podemos entenderlas
por fuera de las políticas que las impulsan. Pienso en la noción de
“seguridad”, que actualmente parece ser un significante maestro sobre el cual
se construyen políticas globales y estrategias nacionales que no cuestionan los
términos en los que este valor es establecido. Pero su instauración induce
autoritarismos en varias gestiones políticas del Estado. Los valores abstractos
son más opresivos de lo que parecen.
En el extremo,
podríamos incluso preguntarnos si la obediencia de la normatividad es la
solución para los problemas morales. Me inclino a pensar que no. Por ejemplo,
Amina es una mujer que se defiende feminista y que ha escrito en su pecho que
las mujeres deben tener libertad sobre su cuerpo sin el tutelaje de autoridades
externas (idea que también tiene una importancia relevante en los debates entre
activismo, feminismo y teoría acerca de las libertades sexuales y los derechos
reproductivos de la mujer que tenemos en México); dicha acción detonó una
reacción conservadora –lamentable, sin duda- en ciertos sectores que
reivindican una determinada lectura del Corán –en modo alguno generalizable a
la comunidad musulmana-, pero sabemos que la supuesta “sentencia” a muerte por
lapidación no es vinculante, que no es una Fatwa
porque no tiene fuerza de ley. Túnez eliminó la pena de muerte de su
legislación en 2011, como producto de la importante movilización civil que tuvo
lugar ahí. Entonces, Amina no incurrió en falta con ninguna ley jurídica, aunque
a los ojos de cierta comunidad conservadora sí violó un código religioso de
conducta femenina. Pero al hacerlo, Amina decidió ética y políticamente sobre
una acción que contribuyera a transformar las condiciones de opresión de las
mujeres tunecinas; de ahí que su acción aspirara a ser universal. En cierta
medida, tenemos el caso inverso de Antígona, que Hegel tematizara para mostrar
que la eticidad es parte del
movimiento vivo de los pueblos en su andar y no un formalismo abstracto y
normativo como en Kant: Antígona desobedeció la ley del Estado –la polis griega
en realidad-, pero lo hizo para cumplir con un deber religioso y mucho más
arcaico que las leyes humanas: darle religiosa sepultura a los caídos. Ley
divina sobre soberanía humana. Amina hace lo opuesto: interroga desde su
activismo una ley religiosa –de nuevo, basada en una lectura conservadora del
Corán- que asigna a las mujeres un lugar subalterno, pero lo hace para ejercer
un derecho civil de libertad de expresión. En cierta medida, Amina es lo opuesto
de la piadosa Antígona: con su acción sugiere que a veces actuar éticamente
implica desobedecer cierta norma, así sea una norma basada en una lectura
específica del Islam. Su acción es crítica porque se desujeta de una relación específica de gobierno, la cual asigna un
lugar subalterno a las mujeres y por ello mismo Amina actúa éticamente. Con
ello parece sugerir que hay universalidades que son más preferibles que otras.
Pero esto ocurre porque hay un proyecto político alterno que les da lugar y
asilo, así sea contingentemente; como, por ejemplo, el cuerpo de Amina. A pesar
de ello, su protesta se encuentra inscrita en una normatividad sexista que es
incapaz de subvertir; con lo cual, sus senos pintados únicamente la confirman.
En todo caso,
la universalidad ética deseable sólo puede pensarse a partir de un proyecto político
que cuestiona a las sociedades contemporáneas radicalmente; es decir,
anti-capitalista. Pero ello implica tomar en cuenta que la ética y la política
deben aprender a actuar sin reglas fijas en un escenario siempre cambiante; la
acción siempre ocurre ante lo incalculable, pues a priori no sabemos si nuestros actos, nuestras apuestas políticas
y éticas tendrán los efectos deseados. Nada trabaja sobre lo incalculable como
las acciones humanas, que son efímeras pero instituyen comienzos que luego
pueden ser retomados y sobre los que se pueden imprimir direcciones
imprevistas. En todo caso no se trata aquí de una ciencia exacta.
D.H. ¿Consideras que la defensa de una ética
universal sería condición sine qua non para impulsar las transformaciones
sociales en un sentido emancipatorio?
C.A. Una
pregunta, muy cierta, que hasta la fecha se ha hecho la sociología es:
¿emanciparse de qué? Los obreros se han emancipado dice Marx, pero ahora sólo
son libres para vender su fuerza de trabajo. La emancipación generalmente alude
a dos caminos: sometimiento o libertad. Cuando uno piensa en ser libre, debe
saber qué es aquello que lo sujeta. El principio básico de la alienación fue
ser el resultado de una falsa conciencia, es decir, de una apreciación
distorsionada de la realidad. Sin embargo, suponer una falsa conciencia implica
dar cuenta de una verdadera conciencia (lo cual puede ser igual o más
peligroso). Es la creencia en un modo correcto de actuar (el imperativo
categórico kantiano y toda la crítica de la razón práctica) y por lo tanto en
modos incorrectos de hacerlo. La corrección, sin embargo, no es un asunto
científico sino político. Los teóricos posmodernos han buscado con frecuencia
mostrar el peligro de censura que tiene la validación de algunas acciones como
correctas, de algunos discursos como verdaderos y de algunas acciones como
buenas, en relación con la exclusión de muchas modalidades discursivas,
alternativas o innovadoras. Dar cuenta de una ética universal previa a los
consensos generados por colectivos humanos en torno a ciertas problemáticas
(además cambiantes) es la construcción de aprioris sobre una naturaleza humana
universal (tan indemostrable como riesgosa). Foucault, en una discusión con
Chomsky, reclama justamente eso: ¿cuál es esa naturaleza humana de la que
habla?, y tiene razones para hacerlo, ya que todo lo natural se ve
inmediatamente envuelto en lo sociocultural. Pensar en valores supremos previos
al consenso es regresar al cristianismo y a las grandes tradiciones religiosas,
profundamente correctivas y ortodoxas, donde el mundo es un camino de expiación
hacia un bien abstracto resultante de una serie de “buenas” acciones que no son
sino la fantasía de todo aparato de dominación.
Destacaré en
todo caso una noción central en el análisis sociológico contemporáneo, la
integración funcional sistémica formada por plexos de acción (ciertamente
probables y a la vez improbables) que organizan, en reducciones funcionales de
complejidad que a su vez la incrementan internamente, consecuencias no esperadas
de toda acción. Resultado de un proceso evolutivo (contingente) y no de un
diseño intencional, los sistemas aparecen como un nivel de realidad social
distinto de los horizontes (incluso colectivos) de transformación social. Aun
así, esta transformación –en caso de que pudiera darse- sería ciertamente
contingente e incluso diabólica (en el sentido de Goethe, mejor dicho de
Mefistófeles, sólo que invertido: querer el bien y sin embargo hacer el mal).
Dadas estas condiciones sistémicas que en su propia diferenciación son
paradójicas y riesgosas, los seres humanos se sitúan en un horizonte muy
particular, delineado por W. Benjamin, no pueden pensar en un tren con estación
de destino, sino en movimiento, el cual sin embargo, podría descarrilarse. La
acción social (incluso colectiva) aparece entonces como la escritura sobre la
hoja en blanco de la historia, dispuesta incluso a persistir pese a los
fracasos o a las consecuencias imprevistas. Este espacio corresponde a la
política y a la utopía, pero no a la ciencia.
Esto implica
que toda acción correctiva que postula algún fin último de la historia, o bien
un ideal de emancipación humana, no puede sustentarse en la realidad social,
sino en el supuesto –de corte kantiano- de una comunidad humana que se da a sí
misma normas e imperativos morales, y que en el marco de esta libertad obtiene
el asentimiento de seres racionales (responsables de lenguaje y acción).
C.A. ¿Cuál es el límite entre las
recomendaciones sobre derechos humanos y la imposición cultural?
D.H. Creo que
efectivamente hay una diferencia fundamental entre las recomendaciones sobre
derechos humanos realizadas por organismos internacionales y por activistas en
todo el mundo y la imposición cultural. Por principio diría que hay imposición
cultural cuando, por medios coercitivos o sutiles, una cultura dominante
establece sus códigos y criterios para validar diversas acciones, excluyendo o
tratando de eliminar formas de vida comunitaria, comunal, etc. En ese caso,
tendríamos que pensar lo que el concepto de cultura acarrea del colonialismo.
Pero cuando hablamos de recomendaciones sobre derechos humanos creo que
hablamos de algo radicalmente distinto. La cultura de los derechos humanos no
es una imposición, contiene en sí misma una idea de un cambio progresista en
las condiciones de vida de los colectivos y los individuos a nivel global. En
todo caso, lo que a mí me preocupa de los derechos humanos es que hemos llegado
al extremo de exigir lo mínimo (derecho a la vida, a una casa, a la salud, al
agua para muchos) como condiciones de justicia cuando no son más que
condiciones mínimas indispensables que satisfacen la necesidad de las personas
pero no el ejercicio cabal de la libertad y la justicia.
D.H. En el caso específico de las mujeres que
sufren estas violencias estatales o religiosas en Medio Oriente, ¿sería
imperativo o no conforman un frente global que, sin hacer omisión de las
diferencias singulares, lograra articular una figura orgánica que aglutinara
las luchas contra la violencia feminicida? De ahí se desprenden otras dos
preguntas: ¿el caso de Amina muestra una violencia feminicida sostenida por
cierta interpretación del Islam? ¿Qué figura por-venir debería tener esa
organización global en defensa de las mujeres y no sólo de sus derechos?
C.A. Una vez
más la idea de un frente global contra el feminicidio me parece una práctica
normativa que debe clarificarse. Si bien mi mente, educada al estilo
occidental, desprecia cualquier tipo de ataque hacia una mujer (también hacia
varones, homosexuales, LGBTTT) aunque éste no conduzca a la muerte. Es
conveniente precisar las diferencias entre un frente que lucha contra la
injusticia y otro que busca imponer una manera específica de “ser mujer”.
En occidente
hemos vivido mucho tiempo con la idea hegemónica de la mujer sumisa y abnegada,
a partir de lo cual se han configurado ideas hegemónicas tanto de femineidad
como de masculinidad, desde una posición no sólo dicotómica, sino además
antinómica. Esto significa que varon y mujer no se presentan sólo como una
diferencia sino como una oposición asimétrica (Bauman), con mandatos
específicos que son socializados rápidamente por los participantes, adquiriendo
una ilusión de <<normalidad>>. Sin embargo, una serie de luchas a
lo largo del siglo XX han conseguido una ruptura –cuando menos en los sectores
medios y no en todos los individuos (en sentido biológico y no genérico),
actualmente las expectativas se dirigen hacia mujeres educadas, fuertes,
responsables de sí mismas; sin embargo, esta no es una razón de peso para
pretender que todas las mujeres deben ser así so pena de dejar de serlo.
Si una mujer
árabe ha conocido otras formas de ser mujer de manera directa o indirecta y
decide por ello cambiar debe apoyársele, como bien dices, su protesta debe ser
defendida en el marco de las culturas que promueven la libertad de expresión,
pero también si (y reitero, con una opinión informada) decide permanecer como
está, lo cual muchas veces es difícil de comprender para nuestra mente
occidental.
Decir que una mujer árabe musulmana (o persa
que son cosas distintas) decide usar la burka en una universidad occidental
¿por qué no habría de permitírsele?
Asumiendo lo
anterior, un frente que busque la posibilidad de elección entre las personas y
el respeto a las decisiones que se tomen después de ello (nos gusten o no) es
condición sine qua non de una mente democrática.
No puede
responsabilizarse al Corán de las mujeres lapidadas, dado que esa práctica es
también concerniente al antiguo Testamento, tampoco puede culpársele de la
posición social de la mujer, dado que esto pertenece a casi todos los textos
“sagrados” de la antigüedad y a la mayor parte de los regímenes políticos de la
historia. Decir que es un problema de interpretación de las escrituras, es un
asunto que corresponde más bien a la literatura y a la política (por supuesto a
la filología) que a la sociología y a la filosofía. La libre determinación de
los pueblos (de darse y quitarse gobiernos) sigue siendo un principio
fundamental en todos aquellos que nos consideramos demócratas.
Por último,
cabe destacar que los movimientos de alcance global (en este caso los
feministas) crecen incrementando los consensos, pero hasta la fecha no parecen
ser tan efectivos como los bloqueos económicos, que tristemente son más el
resultado de decisiones económicas que la respuesta a movilizaciones políticas.
C.A. En el caso específico de Amina, de ser
juzgada de acuerdo con las leyes de su país (asumiendo que las leyes
contemplaran la pena de muerte), ¿cuál es el límite entre lo legal y lo
racional?
D.H. Replantearé
la pregunta, pues, como sabes, la información que ha ingresado a las redes
sociales era tendenciosa en muchos casos. Amina se dice integrante de un
colectivo feminista llamado Femen, agrupación ucraniana que ha llamado la
atención de los medios por algunas acciones cuestionables; su activismo destaca
por sus manifestaciones en top-less contra instituciones religiosas, sexismo,
etc. Pues bien, al parecer el grupo Femen publicó información señalando a un
supuesto “clérigo musulmán” que había condenado a muerte a Amina en un tribunal
y durante un juicio; es evidente que esta información es totalmente falsa.
Incluso algunas redes de mujeres musulmanas, que luchan por los derechos de las
mujeres, han desmentido rápidamente éste primer comunicado que generó una
oleada de indignación global y, hay que decirlo, también de una intolerancia
rayana en la xenofobia. Por todos lados pulularon mensajes que ofendían y
agredían a los creyentes del Islam. Amina no fue “juzgada” por un “clérigo”
islamista, pues Túnez tiene tribunales civiles y su Estado es laico y moderno.
El caso Amina es epítome de todas las ambigüedades de nuestro tiempo: por un
lado movilizó una justa reivindicación a favor de la libertad de expresión de
mujeres árabes –incluso si desde hace mucho tiempo se han organizado con
eficacia en sus propios países-, pero también mostró la imagen orientalista de
la que hablaba atrás, una imagen del Islam como cuna de intolerancia y
fanatismo religioso; ¿qué pasa cuando lo progresivo convive con lo regresivo
tan francamente? Creo que esto es lo que hay que pensar. Pero más allá de eso,
tu pregunta apunta a un problema nodal de la modernidad: ¿Cuándo razón y
derecho armonizan? En este caso se intenta responder postulando un principio
trascendental del derecho, así hicieron Kant y Kelsen. Por mi parte, creo que
la razón ha sido ella misma problematizada en la modernidad. Hegel, por
ejemplo, creía que el Estado era el logro más alto de la racionalidad
desplegada en la historia, de ahí que no hubiera límite entre lo legal y lo
racional. Fueron las experiencias totalitarias las que dejaron atrás ese
optimismo ilustrado. Adorno y Horkheimer difícilmente concebían esa armonía
hegeliana entre ley y razón; en su teoría crítica muestran el despliegue dialéctico
de la Ilustración y cómo culminó en la nueva barbarie nacionalsocialista, pues
no eliminaba a la sociedad de clases. Si lo legal era racional se debía a que
era opresivo, aun cuando en su seno tuviera momentos positivos. Pero ¿qué tal
si invertimos la óptica? Yo diría que el derecho es un sistema de racionalidad
entre tantos otros, y que podemos hacer la genealogía de este modelo así como
podemos hacer la genealogía de otros muchos sistemas de racionalidad. Como
Foucault, distinguiría entonces entre razón y procesos de racionalización que
caracterizan nuestra época contemporánea. Pero pensar que al hacer empatar una
idea de derecho con una idea de razón universal, comunicativa y normativa
lograríamos completar el proceso de Ilustración sin prescindir de sus mejores
momentos, me parece enteramente ilusorio: el derecho, al menos como funciona
ahora, no hace iguales a las personas, es el blindaje legal de la opresión.
Creo que la pregunta aquí es ¿cuál es la contrahegemonía del proyecto político
alternativo radical, aquél capaz de cuestionar en su raíz a las sociedades
capitalistas?
D.H. ¿Cuál debería ser el papel de la opinión
pública global emergente ante los casos regresivos? La ONU, por ejemplo, no es
vinculante a reserva de que los Estados-nación incorporen los derechos humanos
en su constitución; esto ¿qué problemas abre en la escena contemporánea tan
móvil y compleja?
C.A. En primer
lugar, yo cuestionaría el término “regresivos”, ¿regresivos respecto a qué,
respecto a prácticas “avanzadas” “progresistas”? Pero ¿no enfrentamos la idea
de progreso hace ya varios años?
Cuando lo
decimos, inevitablemente estamos siendo occidentales (un poquito imperialistas
culturales, si me permites el término) y por supuesto que no me es ajeno. Yo me
sorprendo denominando a estas prácticas como “salvajes”, pero para los romanos
los sármatas eran salvajes y viceversa. Si digo que hay prácticas salvajes y
prácticas civilizadas, me revuelvo en los aprioris y soy más bien un religioso
que un científico.
Pero podemos
decir prácticas injustas, en el sentido de ser percibidas por quien las recibe
como tales (y suponiendo que así fuera, es decir, que la misma persona que será
lapidada no lo considere justo y merecido). Una organización capaz de velar por
la justicia de quienes creen ser injustamente castigados, más allá de las leyes
de sus propios Estados, no sería una idea descabellada.
Pero ningún
Estado (y quizá ningún pueblo) desea verdaderamente un Estado global
vinculante, dado que someter las jurisdicciones locales a un ámbito global
sería siempre peligroso (dada la tutela de las naciones más poderosas, como es
el caso actual de la ONU). Cuando Estados Unidos ignora la determinación de la
ONU sobre el ataque a Irak, sólo está diciendo algo que Schmitt había
presupuesto: el mundo es de quien ejerce el poder. Y el poder, actualmente lo
ejercen las naciones con mayor capacidad económica y militar. No concibo un
Estado global vinculante regido por tales naciones. Lo que si me resulta
interesante es la propia presión que pueden ejercer los movimientos sobre sus
gobernantes (en el ámbito local) para posicionarse de una cierta manera en el
ámbito internacional. La lucha es local, pero sus alcances son globales, es así
como percibo el futuro de los movimientos sociales en el mundo.
C.A. ¿Consideras que la presión internacional
habría podido salvar la vida de Amina, por qué?
D.H. El caso
Amina es él mismo bastante sintomático en lo que respecta a acciones de
protesta. Hay que hacer una crítica del activismo, porque a pesar de ser
valioso también el activismo tiene momentos regresivos, como el caso Amina. Hay
mucho activismo que no está a favor de la comprensión del otro, sino a favor de
defenestrarlo. Así es Femen: indujeron falsa información para defender una causa
importante. Pero más allá de esto, sí, considero que en algunos casos la
presión internacional es uno de los muchos factores que pueden ayudar a cambiar
problemas específicos en la esfera global. Esto no ocurre de manera mecánica,
se trata de un lento proceso que tiene su propio pasado; no podría hacer la
genealogía aquí. Quizá habría que hacer una diferencia entre la vieja
diplomacia como arte del gobierno que va de los siglos XVII-XVIII al día de hoy
y la conformación de otros factores de presión internacional como lo que
llamamos “opinión pública”. La diplomacia ha sido un arte de negociación y
persuasión entre naciones, mientras que la “opinión pública” es generada por la
propia sociedad civil, concepto que me desagrada. Bien, es claro que la diplomacia
es un órgano de presión internacional muy efectivo; pero, incluso sin contar
con logros tan tangibles, también la opinión pública es determinante para
incidir en el curso de los eventos. No podemos comprender lo que fue la guerra
de Estados Unidos en Irak sin tener en cuenta las protestas multitudinarias en
España y otros países de Europa. Esas no fueron acciones de diplomacia, fueron
actos civiles en los que se constituía una exigencia global: alto a la guerra.
Lo mismo ocurre en otros muchos casos. La opinión pública no tiene fuerza de
ley y no es vinculante, pero construye y enriquece ciudadanía. La presión
internacional es capaz de incidir en los eventos, como lo hizo en 1994 para
detener la guerra en Chiapas, que culminaría con una masacre de indígenas, y a
la fecha no ha abandonado las razones del EZLN incluso si el Estado ya nada
quiere saber de ellas. Y sí, eventualmente, la presión internacional ha evitado
que víctimas de procesos autoritarios en sus propios países sean eliminados por
los políticos en turno a discreción. De hecho, los desmentidos sobre el caso
Amina mostraron incidentalmente el enorme poder movilizador de la presión
internacional civil, que los gobiernos han aprendido a tomar en cuenta luego de
que en Túnez el pueblo se auto-convocara para realizar la revolución de los
jazmines. Así que todo esto demuestra la enorme capacidad de la presión
internacional, que puede ser utilizada por los ciudadanos también para evitar
catástrofes individuales que siempre son colectivas. Una última palabra al
respecto: podría ser que la presión internacional civil se encuentre en un
proceso de rearticulación y transformación, y esto implicaría cosas
fundamentales. Actualmente la opinión pública no tiene demasiado poder, hay que
admitirlo, pero es un espectro que
aparece y desaparece con igual velocidad cuando se lo requiere. Por lo que
respecta a las movilizaciones multitudinarias, creo que han tenido un cambio
táctico y estratégico que no hay que dejar de señalar: en 1999 los blancos de
las protestas antiglobalización eran las reuniones de los G-8, pero sobre todo
eran los organismos transnacionales que imponían una rápida conversión de todas
las naciones al neoliberalismo global, actual etapa del capitalismo; creo que a
partir de 2011 los objetivos de la protesta social no han sido solamente estos
agentes del poder financiero, hubo un desplazamiento: actualmente los blancos
de la crítica son los gobiernos democráticamente elegidos, pues su alianza con
el capital financiero es palpable y obsceno. Su cinismo es rampante. Ante esto,
la presión internacional tendrá un papel clave en los acontecimientos que se
avecinan.
D.H. ¿De qué herramientas políticas y jurídicas
pueden echar mano los pueblos de Medio Oriente para impugnar estos ejercicios
de violencia política contra el cuerpo de las mujeres, previamente feminizado?
C.A. Es una
cuestión de gran relevancia, quizá habría que preguntarse si los pueblos de
oriente desean impugnar dichas prácticas (quizá sí, y un ejemplo es la
abolición de la pena de muerte en Túnez) y cabe destacar que, como ocurrió en
Egipto y actualmente ocurre en Grecia, no corresponde a otras naciones la
tutela de la resistencia, sino a los pueblos mismos contra un gobierno tirano
(suponiendo que es el caso, y no la aceptación tácita de tales reglas por parte
de los sectores más privilegiados) o contra leyes que no están dispuestos a
aceptar. En el caso de los cuerpos femeninos, ciertamente socializados y
generalmente de manera asimétrica, los recursos jurídicos son, ciertamente
nulos, dado que comprenden la jurisdicción del Estado-Nación que, al menos en
unos años, no va a desaparecer, pero en clave política sería conveniente
conocer cuánta información tienen las mujeres sobres otras posibles formas de
ser mujer y cuánta relación pueden mantener con movimientos feministas globales
que, como mencioné antes, presionen a sus propios gobiernos para asumir una
postura de presión internacional que redunde en advertencias internacionales y
amenazas económicas o bélicas en el peor de los casos.
C.A. ¿Cuáles son los riesgos y las
potencialidades del relativismo axiológico?
D.H. El
relativismo axiológico que para muchos caracteriza la posmodernidad filosófica
me parece que acarrea más riesgos que potencialidades. Me gustaría cuestionar
también la existencia de algo así como el “pensamiento posmoderno”; en mi
opinión eso no existe, pero se ha convertido en una noción de referencia para
rechazar ciertas aportaciones teóricas que son relevantes. Pero ¿qué significa
“relativismo axiológico”? Me parece que quiere decir lo siguiente: que los
valores no sólo son plurales sino que son relativos a las configuraciones
culturales de las que provienen, y sólo en ellas tienen validez. De ahí se
sigue que fuera de sus configuraciones culturales “autóctonas” no hay valores
compartibles ni universalizables, etc. Tendríamos una paradójica reafirmación
de los nacionalismos supuestamente superados por estas posturas relativistas,
pero sobre todo la defensa de regionalismos fundados sobre la cultura meramente.
Es algo parecido a lo que ocurre con nociones bisagra como “multiculturalismo”,
que funcionan como conceptos clave y sobre los cuales se articulan políticas
públicas con buena conciencia. Pero también creo que el “multiculturalismo” es
una ideología hueca. La simple constatación de una diversidad de culturas y su
festejo sólo oculta el hecho de que esas culturas están siendo destruidas por
el modo de producción. A mi juicio, no sólo hay que mostrar que efectivamente
hay una diversidad de culturas que cohabitan en un mismo territorio, bajo la
figura de la nación, sino que hay relaciones de poder y dominio entre estas
culturas. Y hay una que es dominante y somete y elimina a las demás. El
relativismo axiológico es incluso insostenible: afirmar que todo es relativo relativiza
la verdad de esta afirmación, lo sabemos. En el fondo toda ética de valores es
una ética de dominación, es heterónoma. En su lugar yo propondría, como
Foucault y Deleuze-Guattari en su momento, la necesidad de producir formas de
subjetivación capaces de ejercer la libertad y darle forma de maneras inéditas.
En este caso no tenemos que inventarnos la relatividad de valores en un mundo
global, sino la necesidad de ofrecer resistencia a los procesos que actualmente
son una sentencia a muerte de miles de poblaciones en el globo. En el límite yo
diría que sufrimos una crisis de gobernabilidad: son los poderes
gubernamentales y del capitalismo los que representan un peligro para la vida
en el planeta, no las multitudes que se sublevan a estos poderes nocivos. Es el
capitalismo el que nos debe explicaciones, no los anticapitalistas. He ahí la
necesidad de una crítica. Foucault la pensaba como una desujeción de una
relación de gobierno. Pues bien, el neoliberalismo es la nueva
gubernamentalidad de nuestros días, ¡habrá que ejercer la crítica aquí! En todo
caso, creo que el relativismo axiológico es la salida conservadora que la
ideología dominante impone para no articular una oposición global como es la
que necesitamos para resistir y transformar el mundo.
D.H. En el caso Amina, ¿dónde está la fuente del acto de
violencia al que está siendo sometida? ¿Proviene del pueblo, es decir es un
caso de violencia populista y legitimada? ¿Proviene de la autoridad eclesial o
política?
C.A. Es una pregunta muy
interesante, desde los juicios de Nüremberg ha representado un serio problema
¿quién cometió el genocidio? ¿el Estado? ¿el pueblo alemán? ¿ambos? Si decimos
que es el gobierno (incluso religioso) quien ejerce la violencia injusta,
corresponde a los pueblos enfrentarle y derrocarle, si es el pueblo,
corresponde al Estado contenerle y colocarle en los márgenes de la ley, si son
ambos, entonces corresponde a los movimientos sociales de alcance global
difundir información sobre formas diversas de vida que pudieran transformar las
mentalidades o bien, como antes, el apoyo irrestricto indirecto y a través de
los gobiernos, hacia los movimientos de resistencia. El otro camino es la
ocupación cultural, que abre un cómodo camino a la ocupación militar.
C.A. ¿Cuándo tanta gente está de acuerdo
(suponiendo que lo estuvieran) con la flagelación y la lapidación, es posible
decir que están enajenados (alienados), de ser así, desde qué supuestos
partimos para decirlo?
D.H. Tu
pregunta es una de las más difíciles de responder. Creo que supone que
efectivamente hay sectores de la población musulmana que son partidarios de
actos de violencia de género contra las mujeres árabes, y que al serlo no
podemos decir que se encuentren enajenados o como fuera de sí para poder
comprender esta norma de conducta. Sin duda, hay sectores ultraconservadores
que basados en una cierta lectura del Corán (la famosa sharia) propugnan un
islamismo bastante cuestionable; pero no creo que representen a todos los
creyentes del Islam ni mucho menos a todos los pueblos árabes. En este caso
dudo mucho de que el concepto de enajenación nos permita explicar algo, pues
hay enajenación cuando el producto del trabajo es arrebatado del trabajador por
las relaciones de producción basadas en la propiedad privada. Esto es el
capitalismo: un modo de producción donde el trabajo muerto explota al trabajo
vivo para la generación del plusvalor que luego será apropiado por el dueño de
los medios de producción. Sin embargo “alienación” es una palabra que también
ha sido empleada para referirse a los casos de trastorno mental o para
describir el tipo de conductas que no parecen ser elegidas conscientemente por
sus realizadores. Pero, ¿qué pasa con la lapidación? La pregunta es difícil;
así formulada nos obliga a elegir entre un “no saben lo que hacen” o un “saben
bien lo que ocurre y de todos modos lo hacen”. Quizá el problema sea más
complejo y de mayores dimensiones. Habría que hurgar en la historia de los
pueblos árabes para hacer la genealogía de cómo este tipo de castigos comenzó a
ser aplicado sobre las mujeres y por qué ocurrió esto. En la historia no hay
nada necesario, todo es efecto de relaciones de poder y resistencias
aleatorias. Y así puede ser explicado. No tengo los elementos para hacer una
genealogía de la lapidación; es una tarea por hacerse. Pero sí puedo decir
algo: quienes lapidan y quienes son lapidadas, esa relación compleja, han sido
producidos políticamente, y lo han sido en muchas ocasiones. Más allá de si
tiene que ver con una administración de castigo, con una economía penal –valga
la expresión- islamista, lo cierto es que esta relación no existió siempre, es
un invento, una institución realizada por ciertos individuos en cierto momento
que ejercían una muy clara relación de poder. Pero actualmente se generaliza
esta práctica hasta hacerse indisociable de lo árabe, así esencializado. Pues
bien, no hay “lo árabe”, no existe. Hay que asumirlo. Si no hay una esencia,
sino procesos históricos reificados en prácticas, entonces se pueden
transformar. Y las mujeres al interior de sus propias sociedades lo hacen. Ello
a menudo pone en juego una problemática estético-política en la que lo sensible
tiene un nuevo cariz: Amina, apegada a un tipo de protesta occidental, escribe
sobre sus senos, confirmando la norma sexista de que la mujer sólo vale por su
atractivo sexual, y eso no subvierte la significación dominante sino que la
confirmó simple y llanamente; por su parte, la red de mujeres musulmanas –y
esto no deja de llamarme la atención- apelaron a otra forma de sensibilidad: el
oído, la escucha. En lugar de aparecer en una fotografía, ellas lanzaron un
comunicado desmintiendo a Femen pero también diciéndole a todas las feministas
occidentales que no eran capaces de
escuchar la voz de una mujer musulmana, seguidora del Islam, incluso si es
feminista ella misma. La escucha es siempre la escucha del Otro, incluso si soy
yo quien habla para sí mismo; es una sensibilidad que se encuentra abierta
siempre a la llegada del inaprensible, y ese es el medio que su comunicado
textual certifica y autoriza. Y es que Occidente, en este narcisista estadio
del espejo, goza de ver y de verse reflejado en el Otro sólo si es reductible a
la hegemonía en turno; pero es sordo cuando de oír las voces de todos los Otros
se trata, y hay que comenzar a oír. El feminismo tendría que dejar de jugar en
los términos certificados por el mercado para hacerse visible y debe comenzar a
transformar esos términos para un presente mejor para las mujeres. Una de las
tareas de la crítica es dejar de reproducir la imagen de la barbarie que la
propia barbarie capitalista intenta anteponer como imagen suya. Sin duda el mal
absoluto (Lo Árabe en la hegemonía global) ha sido tachado así por el mal
radical (el capitalismo), y esa es una estrategia de opresión sobre los pueblos
que no debemos permitir. Yo no sé si los sujetos que satisfacen el fantasma de
la intolerancia islamista (que los hay) son enajenados o no, a mí me parecen
igualmente responsables de sus agresiones feminicidas. Pero esta es la ironía:
yo no me opongo a la lapidación en nombre de valores relativos o absolutos,
sino en nombre de una solidaridad del género humano que puede eslabonar una
estilística de la existencia contemporánea; pero también me opongo a la
opresión del pueblo árabe realizada en nombre de un modo de producción que
aliena a todas las poblaciones del orbe no sólo de la riqueza sino también de
la justicia y la dignidad.
D.H. ¿Qué estrategias civiles podemos echar en
marcha para hacer un contrapeso a la violencia de género que parece ser
globalizada junto con la liberación y desregulación de los mercados? Dicho de
otra manera: ¿cómo podríamos oponernos efectivamente para detener la
proliferación de “casos Amina”?
C.A. La
violencia de género no debe asumirse como el resultado del modelo de
acumulación económica (cabe recordar que, como en el caso de la juventud,
muchas veces el mercado se ve favorecido por las nuevas formas de Ser mujer).
Son globales incluso previo a lo que ahora llamamos globalización (que en
realidad muchas veces refiere más al modelo económico que a una verdadera
homogeneización cultural). Lo que si se ha globalizado son, en cambio, las
resistencias a este modelo. Creo que el camino abierto hasta ahora alumbra
posibilidades importantes, la información y su difusión a través de las redes
sociales genera un efecto de realidad, que los gobiernos reciben y se ven
forzados a colocar si no en sus agendas al menos en sus discusiones. La
presencia de activistas en las embajadas de los países responsables, pero
también en otras embajadas solicitando el apoyo y la presión respecto a casos
específicos no puede soslayarse. A la par, estas experiencias, nos obligan
también a pensarnos… ¿cuál es nuestra relación con las mujeres a nivel
individual, regional y nacional? Pero sobre todo, ¿cómo percibimos a nuestro
gobierno? ¿si el presidente actual condenará a alguien a morir, en cualquier
forma, cuál sería nuestra reacción? Sin que ello obnubile las responsabilidades
oficiales ¿no seremos un poco culpables de los feminicidios? ¿no seremos un
poco responsables de la violencia estructural, institucional e interpersonal
sobre las mujeres? Escuchemos, con detenimiento, ese silencio, ese silencio
culpable. Nos queda siempre la lucha y la resistencia.
[1]
DONOVAN HERNÁNDEZ CASTELLANOS (MTRO EN FILOSOFÍA Y CANDIDATO A DOCTOR EN
FILOSOFÍA POR LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS, UNAM).
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)