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martes, 14 de mayo de 2013

AMINA: REFLEXIONES DESDE UN OCCIDENTE ABIERTO


Nosotros, igual que cualquiera, nos enteramos del “caso Amina” por las redes sociales. Lo mismo que todos, tuvimos acceso a la información que desmentía los primeros comunicados que la exponían como una víctima de la “barbarie islámica”. Nos indignamos ante la opresión de la que parecía ser objeto; nos indignamos igualmente cuando supimos que la información difundida a primera hora inducía una islamofobia inaceptable. Sin embargo, había que hacer algo; decidimos redactar rápidamente algunas preguntas para intentar darles solución por nuestros propios medios. Las preguntas fueron redactadas desde los primeros minutos de difusión del caso, algunas respuestas muestran una reflexión posterior al esclarecimiento de lo que en verdad sucedió. Decidimos, pese a todo, continuar con nuestro ejercicio reflexivo, pues se tocaban puntos que son de vital importancia para las problemáticas actuales en todo el globo. Nuestra finalidad es únicamente contribuir a hacer un debate capaz de generar opinión pública, tan necesaria hoy como siempre. En todo caso nuestro mensaje aboga por la necesidad de escuchar realmente al Otro, pues sin esos lazos de solidaridad altermundista ningún proyecto político de importancia podrá existir.

Decidimos que una forma ágil para generar un escrito era compartir algunas inquietudes, considerando dos formas específicas de respuesta: una filosófica y una sociológica, centradas, ante todo, en un respeto profundo, y asumiendo nuestra posición, es decir nuestro horizonte de significación, como Abierta hacia el Otro.

Las primeras preguntas poseen una connotación sociológica, alumbradas por la problemática de un esencialismo valorativo que pudiera conducir a un imperialismo cultural, así como al peligro que todo relativismo conlleva en relación con las posibilidades humanas de entendimiento y la posibilidad de una conmesurabilidad cultural. Las segundas son también interrogantes acerca de las posibilidades actuales para generar formas de organización internacional sobre problemáticas específicas, especialmente en relación con la posición social y cultural de las mujeres. El problema de los valores y sus pretensiones de universalidad, se presenta a lo largo de este intercambio, generando sobre todo nuevas interrogantes.

No se trata de respuestas acabadas, sino de un horizonte reflexivo que busca no sólo nuevas respuestas, sino sobre todo nuevas preguntas.


C.A.[*]  ¿Los derechos humanos de corte occidental deberían ser universales?



D.H.[1] Tu pregunta es difícil. Trataré de responder sin dar demasiados rodeos. Lo único que puedo imaginar es esto: sólo podemos universalizar los derechos humanos si defendemos una política altermundialista, internacional que no esté supeditada al capital; pero esto implica des-occidentalizar los derechos humanos. En principio la universalidad de los derechos humanos está condicionada a diversos factores: los organismos que los impulsan y defienden, que diseñan programas gubernamentales de educación en ellos, no son vinculantes actualmente sin ser incorporados en tratados internacionales suscritos por los Estados-nación. Esta es una limitante a su universalidad; digamos que se trata del principio de soberanía nacional todavía vigente (fundamental por otras razones, como la energética y la autodeterminación por ejemplo). Lo segundo, hay que admitir que los derechos humanos tal como existen tienen una marca etnocéntrica; los pensamos todavía como derechos del individuo europeo del siglo XIX bajo la forma liberal: el individuo los detenta y puede esgrimirlos como limitante contra los abusos de poder en ciertas condiciones. Muchos consideran que la incorporación de los derechos humanos a las constituciones de las democracias representativas resolvería la severa limitación que pesa sobre su forma vigente. Por mi parte, considero que si los derechos humanos pueden ser universalizables a ciertos regímenes “autocráticos” –hay que tener reservas con el concepto porque en Egipto, por ejemplo, la Hermandad Musulmana ha sido elegida por plebiscito- en Medio Oriente –lo que me parece deseable-, esto sólo puede ocurrir bajo una doble condición: 1) mediante una discusión amplia en la que los agentes del cambio social, los pueblos árabes (que son mucho más diversos de lo que los medios suelen aducir), hagan oír su voz en el intercambio global de razones y acciones civiles; esto por una razón: el orientalismo –que pesa sobre la construcción identitaria del occidente- nos ha lanzado una imagen interesada en mostrar a los pueblos árabes, musulmanes, etc. como la viva encarnación de la barbarie; la ubicación del terrorismo global en Irak fue muestra de ello como de otras tantas cosas. Pero incluso en el interior de las sociedades árabes –lo digo así para avanzar rápido- hemos visto la emergencia y la consolidación de movilizaciones civiles que impugnan por una contrahegemonía secular; pero en el debate amplio no podemos dejar de lado a todos aquellos que, sin rechazar el Islam bajo sus propios argumentos, también defienden la necesidad de una transformación social y política de sus naciones que incluya la defensa tanto del feminismo como de los derechos humanos. Por ende, hay que practicar aquí la defensa de consensos sociales globales, regionales y locales acerca de los derechos humanos, su valor para defender a los pueblos de los abusos de poder político, etc. 2) Pero de este deber de debate transnacional debe surgir también una segunda observación: los derechos humanos, al ser debatidos ampliamente por sus defensores en las zonas de Medio Oriente, deben abrirse también a una transformación decisiva. Si los derechos humanos pueden ser universalibles ello no podrá ocurrir bajo su forma actualmente existente, pues no podemos conservarlos bajo la figura liberal que se cuestiona en otras tantas esferas que impactan sobre la vida de los pueblos en todo el globo. Su condición debería ser una transformación radical. Hablaríamos entonces de un deber incondicional de humanidad que está por-venir; los derechos humanos deben hablar las diversas lenguas, deben asumir diversas tradiciones de pensamiento y praxis política que no son occidentales, eso si queremos que sean universales sin condición. En el límite hablaríamos de derechos de lo vivo en cuanto tal, lo que aumenta las líneas del debate, pero también abre un horizonte emancipatorio dentro de la biopolítica actual; un deber de vida y un deber de alteridad transformarían los derechos humanos, quizá para mejor.


D.H. Con respecto al caso Amina, ¿consideras que un punto de partida para oponerse a estas prácticas sería discutir la autonomía de las normas respecto de las condiciones éticas que anteceden la política? De ser así, ¿cómo comprendes lo político?

 C.A. Existe una diferenciación peculiar elaborada por Jacques Rancière en relación con la la política y lo político. Mientras por un lado la política (que él llama policía) tiene que ver con la noción de una unidad, donde “aparentemente” todos están contados, o pueden comprenderse dentro de determinadas categorías políticas. Lo político es en cambio la protesta de quienes no se sienten parte de la cuenta, o están en contra de las formas que dicha manera de contar ha adquirido. Un ejemplo que le gusta mucho a Rancière es el de Blanqui, quien al ser cuestionado por un juez para designar su profesión, responde: proletario. El juez insiste: “esa no es una profesión”, y Blanqui responde: “esa es mi profesión y la de millones de personas”. Es interesante el ejemplo, dado que en ese momento, definirse como proletario lo identificaba con un numeroso grupo de personas en el ámbito internacional. Mientras para las leyes locales eso no implicaba una profesión, en términos de identidad colectiva trasnacional, ser proletario era una nueva forma de presión para revisar la cuenta y evidenciar los  huecos y espacios vacíos (en el sentido de la falta constitutiva) en el aparente orden completo de la policía.

Del mismo modo, ser Mujer (especialmente ser feminista, y aplica también para otras subjetivaciones) es hoy en día, una forma de construir identidad global, dado que una serie de movimientos sociales, anclados en expectativas más bien transnacionales, han dado un nuevo giro a la forma como cuentan los Estados nacionales. Estos giros se han configurado a partir de una concepción específica de lo que “debe ser” la mujer contemporánea y de las distorsiones a las que sigue siendo sometida en entornos tradicionales o religiosos.

 Independientemente de la difusión de información falsa, el caso de Amina demuestra que existe un activismo más allá de las fronteras locales y las jurisdicciones legales de los Estados. Comprender esto es profundizar en nuevas formas de organización global en torno a temas que poco a poco trascienden como universales en el sentido pragmático, más que en el esencial.

Es obligatorio, cuando se presentan casos como este, reflexionar sobre las bases prepolíticas del Derecho, dado que reconocer estos fundamentos nos orienta a pensar en la distinción entre legalidad (como leyes dentro de la jurisdicción local) y legitimidad (como el cumplimiento de principios trascendentales). Sin embargo, y es verdad, estos fundamentos no pueden justificarse de una manera esencialista como plenamente existentes o como verdaderos, sino que (como ha argumentado Habermas) deben someterse a públicos cada vez más amplios con el fin de ser validados o refutados en torno a sus pretensiones universales de validez, y ello debe lograrse (aunque suene utópico) en una situación ideal de habla, donde los argumentos racionalmente motivantes tengan mayor peso que el poder o la posición social de quien los enuncia. La idea de consenso en Habermas no es sólo una idea de entendimiento, sino también de aceptación, lo cual implica que el consenso cada vez más global en torno a ciertos principios, es a la vez el disenso en relación con parámetros puramente locales de manejo político y judicial.

La posibilidad de este consenso se sitúa en la conformación (mediante hegemonía) de identidades colectivas, que se superponen a las identidades locales, abriendo nuevas exigencias a los gobiernos y posibilitando nuevas configuraciones en las formas de protesta local.


C.A. ¿Es posible pensar en una ética universal, de ser así, cuáles serían los fundamentos que la sostendrían?

D.H. Creo que la respuesta tendría que ver sobre todo con qué tipo de universalidad deseamos y, en particular, si la universalidad ética es deseable; por ejemplo ¿cuáles serían sus figuras?, ¿a título de qué se establecería una universalidad vinculante, que no fuera opresiva con los indígenas y las mujeres árabes por ejemplo? Incluso cabe preguntar si una universalidad así puede efectivamente acontecer. No seré yo quien diga que no; pero el concepto de universalidad está rápidamente asociado con el colonialismo: en el trabajo de la expansión del capitalismo naciente y su política de explotación sobre las diversas colectividades colonizadas residía también un proyecto que pretendía hacer universales ciertas prácticas europeas, sobre todo. Pero ¿será esta su única forma? Sugeriré que una ética universal –irreductible a una moral y una axiología universal- depende del proyecto civilizatorio y político que la postula. La Ilustración moderna fue un proyecto civilizatorio nada desdeñable; en ella surgieron varias ideas que, fundadas en la razón –como se pensaba en la época-, contribuyeron directa o indirectamente a la formación de algunas instituciones contemporáneas: de ahí surgió el proyecto cosmopolita que algunos impulsan todavía, hay quien dice incluso que la ONU y la UNESCO estarían basadas en ideales kantianos. Sea como fuere, la universalidad es problematizada por las experiencias actuales. El hecho de que los organismos que defienden derechos humanos no sean vinculantes, pero que haya organizaciones económicas transnacionales como el FMI, la OCDE y el BMI que condicionan a los Estados para seguir políticas de privatización con la finalidad declarada de solventar deudas cuestionables y cargar el monto sobre la sociedad civil nos habla de un camino civilizatorio que ha sido elegido e impuesto como modo de vida. Sin embargo, ¿eso tiene algo que ver con la universalidad ética?

En el caso concreto de Amina, creo que tu pregunta contiene una proposición implícita: sólo una ética universal, con fundamentos igualmente universales, tendría la legitimidad suficiente como para oponerse a la violencia contra las mujeres en cualquier parte del mundo donde ésta ocurra. Pero, ¿es así?, ¿en verdad necesitamos un fundamento universal para oponernos a la violencia contra mujeres como Amina? Tu pregunta presupone, me parece, que los fundamentos universales garantizarían la adecuación en toda acción ética y política más allá de sus contextos de aparición; es decir, que hay normas universales que podrían garantizar la moralidad de toda acción posible. Pero no debemos olvidar que siempre hay medios para imponer una ética o una política que no son éticos ellos mismos. Hay ocasiones incluso en los que la propia ética ejerce la violencia. Me parece que actualmente vivimos casos así; por ejemplo, hay normas que intentan construir una hegemonía y no podemos entenderlas por fuera de las políticas que las impulsan. Pienso en la noción de “seguridad”, que actualmente parece ser un significante maestro sobre el cual se construyen políticas globales y estrategias nacionales que no cuestionan los términos en los que este valor es establecido. Pero su instauración induce autoritarismos en varias gestiones políticas del Estado. Los valores abstractos son más opresivos de lo que parecen.

En el extremo, podríamos incluso preguntarnos si la obediencia de la normatividad es la solución para los problemas morales. Me inclino a pensar que no. Por ejemplo, Amina es una mujer que se defiende feminista y que ha escrito en su pecho que las mujeres deben tener libertad sobre su cuerpo sin el tutelaje de autoridades externas (idea que también tiene una importancia relevante en los debates entre activismo, feminismo y teoría acerca de las libertades sexuales y los derechos reproductivos de la mujer que tenemos en México); dicha acción detonó una reacción conservadora –lamentable, sin duda- en ciertos sectores que reivindican una determinada lectura del Corán –en modo alguno generalizable a la comunidad musulmana-, pero sabemos que la supuesta “sentencia” a muerte por lapidación no es vinculante, que no es una Fatwa porque no tiene fuerza de ley. Túnez eliminó la pena de muerte de su legislación en 2011, como producto de la importante movilización civil que tuvo lugar ahí. Entonces, Amina no incurrió en falta con ninguna ley jurídica, aunque a los ojos de cierta comunidad conservadora sí violó un código religioso de conducta femenina. Pero al hacerlo, Amina decidió ética y políticamente sobre una acción que contribuyera a transformar las condiciones de opresión de las mujeres tunecinas; de ahí que su acción aspirara a ser universal. En cierta medida, tenemos el caso inverso de Antígona, que Hegel tematizara para mostrar que la eticidad es parte del movimiento vivo de los pueblos en su andar y no un formalismo abstracto y normativo como en Kant: Antígona desobedeció la ley del Estado –la polis griega en realidad-, pero lo hizo para cumplir con un deber religioso y mucho más arcaico que las leyes humanas: darle religiosa sepultura a los caídos. Ley divina sobre soberanía humana. Amina hace lo opuesto: interroga desde su activismo una ley religiosa –de nuevo, basada en una lectura conservadora del Corán- que asigna a las mujeres un lugar subalterno, pero lo hace para ejercer un derecho civil de libertad de expresión. En cierta medida, Amina es lo opuesto de la piadosa Antígona: con su acción sugiere que a veces actuar éticamente implica desobedecer cierta norma, así sea una norma basada en una lectura específica del Islam. Su acción es crítica porque se desujeta de una relación específica de gobierno, la cual asigna un lugar subalterno a las mujeres y por ello mismo Amina actúa éticamente. Con ello parece sugerir que hay universalidades que son más preferibles que otras. Pero esto ocurre porque hay un proyecto político alterno que les da lugar y asilo, así sea contingentemente; como, por ejemplo, el cuerpo de Amina. A pesar de ello, su protesta se encuentra inscrita en una normatividad sexista que es incapaz de subvertir; con lo cual, sus senos pintados únicamente la confirman.

En todo caso, la universalidad ética deseable sólo puede pensarse a partir de un proyecto político que cuestiona a las sociedades contemporáneas radicalmente; es decir, anti-capitalista. Pero ello implica tomar en cuenta que la ética y la política deben aprender a actuar sin reglas fijas en un escenario siempre cambiante; la acción siempre ocurre ante lo incalculable, pues a priori no sabemos si nuestros actos, nuestras apuestas políticas y éticas tendrán los efectos deseados. Nada trabaja sobre lo incalculable como las acciones humanas, que son efímeras pero instituyen comienzos que luego pueden ser retomados y sobre los que se pueden imprimir direcciones imprevistas. En todo caso no se trata aquí de una ciencia exacta.

D.H. ¿Consideras que la defensa de una ética universal sería condición sine qua non para impulsar las transformaciones sociales en un sentido emancipatorio?


C.A. Una pregunta, muy cierta, que hasta la fecha se ha hecho la sociología es: ¿emanciparse de qué? Los obreros se han emancipado dice Marx, pero ahora sólo son libres para vender su fuerza de trabajo. La emancipación generalmente alude a dos caminos: sometimiento o libertad. Cuando uno piensa en ser libre, debe saber qué es aquello que lo sujeta. El principio básico de la alienación fue ser el resultado de una falsa conciencia, es decir, de una apreciación distorsionada de la realidad. Sin embargo, suponer una falsa conciencia implica dar cuenta de una verdadera conciencia (lo cual puede ser igual o más peligroso). Es la creencia en un modo correcto de actuar (el imperativo categórico kantiano y toda la crítica de la razón práctica) y por lo tanto en modos incorrectos de hacerlo. La corrección, sin embargo, no es un asunto científico sino político. Los teóricos posmodernos han buscado con frecuencia mostrar el peligro de censura que tiene la validación de algunas acciones como correctas, de algunos discursos como verdaderos y de algunas acciones como buenas, en relación con la exclusión de muchas modalidades discursivas, alternativas o innovadoras. Dar cuenta de una ética universal previa a los consensos generados por colectivos humanos en torno a ciertas problemáticas (además cambiantes) es la construcción de aprioris sobre una naturaleza humana universal (tan indemostrable como riesgosa). Foucault, en una discusión con Chomsky, reclama justamente eso: ¿cuál es esa naturaleza humana de la que habla?, y tiene razones para hacerlo, ya que todo lo natural se ve inmediatamente envuelto en lo sociocultural. Pensar en valores supremos previos al consenso es regresar al cristianismo y a las grandes tradiciones religiosas, profundamente correctivas y ortodoxas, donde el mundo es un camino de expiación hacia un bien abstracto resultante de una serie de “buenas” acciones que no son sino la fantasía de todo aparato de dominación.

Destacaré en todo caso una noción central en el análisis sociológico contemporáneo, la integración funcional sistémica formada por plexos de acción (ciertamente probables y a la vez improbables) que organizan, en reducciones funcionales de complejidad que a su vez la incrementan internamente, consecuencias no esperadas de toda acción. Resultado de un proceso evolutivo (contingente) y no de un diseño intencional, los sistemas aparecen como un nivel de realidad social distinto de los horizontes (incluso colectivos) de transformación social. Aun así, esta transformación –en caso de que pudiera darse- sería ciertamente contingente e incluso diabólica (en el sentido de Goethe, mejor dicho de Mefistófeles, sólo que invertido: querer el bien y sin embargo hacer el mal). Dadas estas condiciones sistémicas que en su propia diferenciación son paradójicas y riesgosas, los seres humanos se sitúan en un horizonte muy particular, delineado por W. Benjamin, no pueden pensar en un tren con estación de destino, sino en movimiento, el cual sin embargo, podría descarrilarse. La acción social (incluso colectiva) aparece entonces como la escritura sobre la hoja en blanco de la historia, dispuesta incluso a persistir pese a los fracasos o a las consecuencias imprevistas. Este espacio corresponde a la política y a la utopía, pero no a la ciencia.

Esto implica que toda acción correctiva que postula algún fin último de la historia, o bien un ideal de emancipación humana, no puede sustentarse en la realidad social, sino en el supuesto –de corte kantiano- de una comunidad humana que se da a sí misma normas e imperativos morales, y que en el marco de esta libertad obtiene el asentimiento de seres racionales (responsables de lenguaje y acción).


C.A. ¿Cuál es el límite entre las recomendaciones sobre derechos humanos y la imposición cultural?

D.H. Creo que efectivamente hay una diferencia fundamental entre las recomendaciones sobre derechos humanos realizadas por organismos internacionales y por activistas en todo el mundo y la imposición cultural. Por principio diría que hay imposición cultural cuando, por medios coercitivos o sutiles, una cultura dominante establece sus códigos y criterios para validar diversas acciones, excluyendo o tratando de eliminar formas de vida comunitaria, comunal, etc. En ese caso, tendríamos que pensar lo que el concepto de cultura acarrea del colonialismo. Pero cuando hablamos de recomendaciones sobre derechos humanos creo que hablamos de algo radicalmente distinto. La cultura de los derechos humanos no es una imposición, contiene en sí misma una idea de un cambio progresista en las condiciones de vida de los colectivos y los individuos a nivel global. En todo caso, lo que a mí me preocupa de los derechos humanos es que hemos llegado al extremo de exigir lo mínimo (derecho a la vida, a una casa, a la salud, al agua para muchos) como condiciones de justicia cuando no son más que condiciones mínimas indispensables que satisfacen la necesidad de las personas pero no el ejercicio cabal de la libertad y la justicia.

D.H. En el caso específico de las mujeres que sufren estas violencias estatales o religiosas en Medio Oriente, ¿sería imperativo o no conforman un frente global que, sin hacer omisión de las diferencias singulares, lograra articular una figura orgánica que aglutinara las luchas contra la violencia feminicida? De ahí se desprenden otras dos preguntas: ¿el caso de Amina muestra una violencia feminicida sostenida por cierta interpretación del Islam? ¿Qué figura por-venir debería tener esa organización global en defensa de las mujeres y no sólo de sus derechos?

C.A. Una vez más la idea de un frente global contra el feminicidio me parece una práctica normativa que debe clarificarse. Si bien mi mente, educada al estilo occidental, desprecia cualquier tipo de ataque hacia una mujer (también hacia varones, homosexuales, LGBTTT) aunque éste no conduzca a la muerte. Es conveniente precisar las diferencias entre un frente que lucha contra la injusticia y otro que busca imponer una manera específica de “ser mujer”.

En occidente hemos vivido mucho tiempo con la idea hegemónica de la mujer sumisa y abnegada, a partir de lo cual se han configurado ideas hegemónicas tanto de femineidad como de masculinidad, desde una posición no sólo dicotómica, sino además antinómica. Esto significa que varon y mujer no se presentan sólo como una diferencia sino como una oposición asimétrica (Bauman), con mandatos específicos que son socializados rápidamente por los participantes, adquiriendo una ilusión de <<normalidad>>. Sin embargo, una serie de luchas a lo largo del siglo XX han conseguido una ruptura –cuando menos en los sectores medios y no en todos los individuos (en sentido biológico y no genérico), actualmente las expectativas se dirigen hacia mujeres educadas, fuertes, responsables de sí mismas; sin embargo, esta no es una razón de peso para pretender que todas las mujeres deben ser así so pena de dejar de serlo.

Si una mujer árabe ha conocido otras formas de ser mujer de manera directa o indirecta y decide por ello cambiar debe apoyársele, como bien dices, su protesta debe ser defendida en el marco de las culturas que promueven la libertad de expresión, pero también si (y reitero, con una opinión informada) decide permanecer como está, lo cual muchas veces es difícil de comprender para nuestra mente occidental.

 Decir que una mujer árabe musulmana (o persa que son cosas distintas) decide usar la burka en una universidad occidental ¿por qué no habría de permitírsele?

Asumiendo lo anterior, un frente que busque la posibilidad de elección entre las personas y el respeto a las decisiones que se tomen después de ello (nos gusten o no) es condición sine qua non de una mente democrática.

No puede responsabilizarse al Corán de las mujeres lapidadas, dado que esa práctica es también concerniente al antiguo Testamento, tampoco puede culpársele de la posición social de la mujer, dado que esto pertenece a casi todos los textos “sagrados” de la antigüedad y a la mayor parte de los regímenes políticos de la historia. Decir que es un problema de interpretación de las escrituras, es un asunto que corresponde más bien a la literatura y a la política (por supuesto a la filología) que a la sociología y a la filosofía. La libre determinación de los pueblos (de darse y quitarse gobiernos) sigue siendo un principio fundamental en todos aquellos que nos consideramos demócratas.

Por último, cabe destacar que los movimientos de alcance global (en este caso los feministas) crecen incrementando los consensos, pero hasta la fecha no parecen ser tan efectivos como los bloqueos económicos, que tristemente son más el resultado de decisiones económicas que la respuesta a movilizaciones políticas.

C.A. En el caso específico de Amina, de ser juzgada de acuerdo con las leyes de su país (asumiendo que las leyes contemplaran la pena de muerte), ¿cuál es el límite entre lo legal y lo racional?

D.H. Replantearé la pregunta, pues, como sabes, la información que ha ingresado a las redes sociales era tendenciosa en muchos casos. Amina se dice integrante de un colectivo feminista llamado Femen, agrupación ucraniana que ha llamado la atención de los medios por algunas acciones cuestionables; su activismo destaca por sus manifestaciones en top-less contra instituciones religiosas, sexismo, etc. Pues bien, al parecer el grupo Femen publicó información señalando a un supuesto “clérigo musulmán” que había condenado a muerte a Amina en un tribunal y durante un juicio; es evidente que esta información es totalmente falsa. Incluso algunas redes de mujeres musulmanas, que luchan por los derechos de las mujeres, han desmentido rápidamente éste primer comunicado que generó una oleada de indignación global y, hay que decirlo, también de una intolerancia rayana en la xenofobia. Por todos lados pulularon mensajes que ofendían y agredían a los creyentes del Islam. Amina no fue “juzgada” por un “clérigo” islamista, pues Túnez tiene tribunales civiles y su Estado es laico y moderno. El caso Amina es epítome de todas las ambigüedades de nuestro tiempo: por un lado movilizó una justa reivindicación a favor de la libertad de expresión de mujeres árabes –incluso si desde hace mucho tiempo se han organizado con eficacia en sus propios países-, pero también mostró la imagen orientalista de la que hablaba atrás, una imagen del Islam como cuna de intolerancia y fanatismo religioso; ¿qué pasa cuando lo progresivo convive con lo regresivo tan francamente? Creo que esto es lo que hay que pensar. Pero más allá de eso, tu pregunta apunta a un problema nodal de la modernidad: ¿Cuándo razón y derecho armonizan? En este caso se intenta responder postulando un principio trascendental del derecho, así hicieron Kant y Kelsen. Por mi parte, creo que la razón ha sido ella misma problematizada en la modernidad. Hegel, por ejemplo, creía que el Estado era el logro más alto de la racionalidad desplegada en la historia, de ahí que no hubiera límite entre lo legal y lo racional. Fueron las experiencias totalitarias las que dejaron atrás ese optimismo ilustrado. Adorno y Horkheimer difícilmente concebían esa armonía hegeliana entre ley y razón; en su teoría crítica muestran el despliegue dialéctico de la Ilustración y cómo culminó en la nueva barbarie nacionalsocialista, pues no eliminaba a la sociedad de clases. Si lo legal era racional se debía a que era opresivo, aun cuando en su seno tuviera momentos positivos. Pero ¿qué tal si invertimos la óptica? Yo diría que el derecho es un sistema de racionalidad entre tantos otros, y que podemos hacer la genealogía de este modelo así como podemos hacer la genealogía de otros muchos sistemas de racionalidad. Como Foucault, distinguiría entonces entre razón y procesos de racionalización que caracterizan nuestra época contemporánea. Pero pensar que al hacer empatar una idea de derecho con una idea de razón universal, comunicativa y normativa lograríamos completar el proceso de Ilustración sin prescindir de sus mejores momentos, me parece enteramente ilusorio: el derecho, al menos como funciona ahora, no hace iguales a las personas, es el blindaje legal de la opresión. Creo que la pregunta aquí es ¿cuál es la contrahegemonía del proyecto político alternativo radical, aquél capaz de cuestionar en su raíz a las sociedades capitalistas?

D.H. ¿Cuál debería ser el papel de la opinión pública global emergente ante los casos regresivos? La ONU, por ejemplo, no es vinculante a reserva de que los Estados-nación incorporen los derechos humanos en su constitución; esto ¿qué problemas abre en la escena contemporánea tan móvil y compleja?

C.A. En primer lugar, yo cuestionaría el término “regresivos”, ¿regresivos respecto a qué, respecto a prácticas “avanzadas” “progresistas”? Pero ¿no enfrentamos la idea de progreso hace ya varios años?

Cuando lo decimos, inevitablemente estamos siendo occidentales (un poquito imperialistas culturales, si me permites el término) y por supuesto que no me es ajeno. Yo me sorprendo denominando a estas prácticas como “salvajes”, pero para los romanos los sármatas eran salvajes y viceversa. Si digo que hay prácticas salvajes y prácticas civilizadas, me revuelvo en los aprioris y soy más bien un religioso que un científico.

Pero podemos decir prácticas injustas, en el sentido de ser percibidas por quien las recibe como tales (y suponiendo que así fuera, es decir, que la misma persona que será lapidada no lo considere justo y merecido). Una organización capaz de velar por la justicia de quienes creen ser injustamente castigados, más allá de las leyes de sus propios Estados, no sería una idea descabellada.

Pero ningún Estado (y quizá ningún pueblo) desea verdaderamente un Estado global vinculante, dado que someter las jurisdicciones locales a un ámbito global sería siempre peligroso (dada la tutela de las naciones más poderosas, como es el caso actual de la ONU). Cuando Estados Unidos ignora la determinación de la ONU sobre el ataque a Irak, sólo está diciendo algo que Schmitt había presupuesto: el mundo es de quien ejerce el poder. Y el poder, actualmente lo ejercen las naciones con mayor capacidad económica y militar. No concibo un Estado global vinculante regido por tales naciones. Lo que si me resulta interesante es la propia presión que pueden ejercer los movimientos sobre sus gobernantes (en el ámbito local) para posicionarse de una cierta manera en el ámbito internacional. La lucha es local, pero sus alcances son globales, es así como percibo el futuro de los movimientos sociales en el mundo.


C.A. ¿Consideras que la presión internacional habría podido salvar la vida de Amina, por qué?

D.H. El caso Amina es él mismo bastante sintomático en lo que respecta a acciones de protesta. Hay que hacer una crítica del activismo, porque a pesar de ser valioso también el activismo tiene momentos regresivos, como el caso Amina. Hay mucho activismo que no está a favor de la comprensión del otro, sino a favor de defenestrarlo. Así es Femen: indujeron falsa información para defender una causa importante. Pero más allá de esto, sí, considero que en algunos casos la presión internacional es uno de los muchos factores que pueden ayudar a cambiar problemas específicos en la esfera global. Esto no ocurre de manera mecánica, se trata de un lento proceso que tiene su propio pasado; no podría hacer la genealogía aquí. Quizá habría que hacer una diferencia entre la vieja diplomacia como arte del gobierno que va de los siglos XVII-XVIII al día de hoy y la conformación de otros factores de presión internacional como lo que llamamos “opinión pública”. La diplomacia ha sido un arte de negociación y persuasión entre naciones, mientras que la “opinión pública” es generada por la propia sociedad civil, concepto que me desagrada. Bien, es claro que la diplomacia es un órgano de presión internacional muy efectivo; pero, incluso sin contar con logros tan tangibles, también la opinión pública es determinante para incidir en el curso de los eventos. No podemos comprender lo que fue la guerra de Estados Unidos en Irak sin tener en cuenta las protestas multitudinarias en España y otros países de Europa. Esas no fueron acciones de diplomacia, fueron actos civiles en los que se constituía una exigencia global: alto a la guerra. Lo mismo ocurre en otros muchos casos. La opinión pública no tiene fuerza de ley y no es vinculante, pero construye y enriquece ciudadanía. La presión internacional es capaz de incidir en los eventos, como lo hizo en 1994 para detener la guerra en Chiapas, que culminaría con una masacre de indígenas, y a la fecha no ha abandonado las razones del EZLN incluso si el Estado ya nada quiere saber de ellas. Y sí, eventualmente, la presión internacional ha evitado que víctimas de procesos autoritarios en sus propios países sean eliminados por los políticos en turno a discreción. De hecho, los desmentidos sobre el caso Amina mostraron incidentalmente el enorme poder movilizador de la presión internacional civil, que los gobiernos han aprendido a tomar en cuenta luego de que en Túnez el pueblo se auto-convocara para realizar la revolución de los jazmines. Así que todo esto demuestra la enorme capacidad de la presión internacional, que puede ser utilizada por los ciudadanos también para evitar catástrofes individuales que siempre son colectivas. Una última palabra al respecto: podría ser que la presión internacional civil se encuentre en un proceso de rearticulación y transformación, y esto implicaría cosas fundamentales. Actualmente la opinión pública no tiene demasiado poder, hay que admitirlo, pero es un espectro que aparece y desaparece con igual velocidad cuando se lo requiere. Por lo que respecta a las movilizaciones multitudinarias, creo que han tenido un cambio táctico y estratégico que no hay que dejar de señalar: en 1999 los blancos de las protestas antiglobalización eran las reuniones de los G-8, pero sobre todo eran los organismos transnacionales que imponían una rápida conversión de todas las naciones al neoliberalismo global, actual etapa del capitalismo; creo que a partir de 2011 los objetivos de la protesta social no han sido solamente estos agentes del poder financiero, hubo un desplazamiento: actualmente los blancos de la crítica son los gobiernos democráticamente elegidos, pues su alianza con el capital financiero es palpable y obsceno. Su cinismo es rampante. Ante esto, la presión internacional tendrá un papel clave en los acontecimientos que se avecinan.

D.H. ¿De qué herramientas políticas y jurídicas pueden echar mano los pueblos de Medio Oriente para impugnar estos ejercicios de violencia política contra el cuerpo de las mujeres, previamente feminizado?

C.A. Es una cuestión de gran relevancia, quizá habría que preguntarse si los pueblos de oriente desean impugnar dichas prácticas (quizá sí, y un ejemplo es la abolición de la pena de muerte en Túnez) y cabe destacar que, como ocurrió en Egipto y actualmente ocurre en Grecia, no corresponde a otras naciones la tutela de la resistencia, sino a los pueblos mismos contra un gobierno tirano (suponiendo que es el caso, y no la aceptación tácita de tales reglas por parte de los sectores más privilegiados) o contra leyes que no están dispuestos a aceptar. En el caso de los cuerpos femeninos, ciertamente socializados y generalmente de manera asimétrica, los recursos jurídicos son, ciertamente nulos, dado que comprenden la jurisdicción del Estado-Nación que, al menos en unos años, no va a desaparecer, pero en clave política sería conveniente conocer cuánta información tienen las mujeres sobres otras posibles formas de ser mujer y cuánta relación pueden mantener con movimientos feministas globales que, como mencioné antes, presionen a sus propios gobiernos para asumir una postura de presión internacional que redunde en advertencias internacionales y amenazas económicas o bélicas en el peor de los casos.


C.A. ¿Cuáles son los riesgos y las potencialidades del relativismo axiológico?

D.H. El relativismo axiológico que para muchos caracteriza la posmodernidad filosófica me parece que acarrea más riesgos que potencialidades. Me gustaría cuestionar también la existencia de algo así como el “pensamiento posmoderno”; en mi opinión eso no existe, pero se ha convertido en una noción de referencia para rechazar ciertas aportaciones teóricas que son relevantes. Pero ¿qué significa “relativismo axiológico”? Me parece que quiere decir lo siguiente: que los valores no sólo son plurales sino que son relativos a las configuraciones culturales de las que provienen, y sólo en ellas tienen validez. De ahí se sigue que fuera de sus configuraciones culturales “autóctonas” no hay valores compartibles ni universalizables, etc. Tendríamos una paradójica reafirmación de los nacionalismos supuestamente superados por estas posturas relativistas, pero sobre todo la defensa de regionalismos fundados sobre la cultura meramente. Es algo parecido a lo que ocurre con nociones bisagra como “multiculturalismo”, que funcionan como conceptos clave y sobre los cuales se articulan políticas públicas con buena conciencia. Pero también creo que el “multiculturalismo” es una ideología hueca. La simple constatación de una diversidad de culturas y su festejo sólo oculta el hecho de que esas culturas están siendo destruidas por el modo de producción. A mi juicio, no sólo hay que mostrar que efectivamente hay una diversidad de culturas que cohabitan en un mismo territorio, bajo la figura de la nación, sino que hay relaciones de poder y dominio entre estas culturas. Y hay una que es dominante y somete y elimina a las demás. El relativismo axiológico es incluso insostenible: afirmar que todo es relativo relativiza la verdad de esta afirmación, lo sabemos. En el fondo toda ética de valores es una ética de dominación, es heterónoma. En su lugar yo propondría, como Foucault y Deleuze-Guattari en su momento, la necesidad de producir formas de subjetivación capaces de ejercer la libertad y darle forma de maneras inéditas. En este caso no tenemos que inventarnos la relatividad de valores en un mundo global, sino la necesidad de ofrecer resistencia a los procesos que actualmente son una sentencia a muerte de miles de poblaciones en el globo. En el límite yo diría que sufrimos una crisis de gobernabilidad: son los poderes gubernamentales y del capitalismo los que representan un peligro para la vida en el planeta, no las multitudes que se sublevan a estos poderes nocivos. Es el capitalismo el que nos debe explicaciones, no los anticapitalistas. He ahí la necesidad de una crítica. Foucault la pensaba como una desujeción de una relación de gobierno. Pues bien, el neoliberalismo es la nueva gubernamentalidad de nuestros días, ¡habrá que ejercer la crítica aquí! En todo caso, creo que el relativismo axiológico es la salida conservadora que la ideología dominante impone para no articular una oposición global como es la que necesitamos para resistir y transformar el mundo.

D.H. En el caso Amina, ¿dónde está la fuente del acto de violencia al que está siendo sometida? ¿Proviene del pueblo, es decir es un caso de violencia populista y legitimada? ¿Proviene de la autoridad eclesial o política?


C.A. Es una pregunta muy interesante, desde los juicios de Nüremberg ha representado un serio problema ¿quién cometió el genocidio? ¿el Estado? ¿el pueblo alemán? ¿ambos? Si decimos que es el gobierno (incluso religioso) quien ejerce la violencia injusta, corresponde a los pueblos enfrentarle y derrocarle, si es el pueblo, corresponde al Estado contenerle y colocarle en los márgenes de la ley, si son ambos, entonces corresponde a los movimientos sociales de alcance global difundir información sobre formas diversas de vida que pudieran transformar las mentalidades o bien, como antes, el apoyo irrestricto indirecto y a través de los gobiernos, hacia los movimientos de resistencia. El otro camino es la ocupación cultural, que abre un cómodo camino a la ocupación militar.


C.A. ¿Cuándo tanta gente está de acuerdo (suponiendo que lo estuvieran) con la flagelación y la lapidación, es posible decir que están enajenados (alienados), de ser así, desde qué supuestos partimos para decirlo?

D.H. Tu pregunta es una de las más difíciles de responder. Creo que supone que efectivamente hay sectores de la población musulmana que son partidarios de actos de violencia de género contra las mujeres árabes, y que al serlo no podemos decir que se encuentren enajenados o como fuera de sí para poder comprender esta norma de conducta. Sin duda, hay sectores ultraconservadores que basados en una cierta lectura del Corán (la famosa sharia) propugnan un islamismo bastante cuestionable; pero no creo que representen a todos los creyentes del Islam ni mucho menos a todos los pueblos árabes. En este caso dudo mucho de que el concepto de enajenación nos permita explicar algo, pues hay enajenación cuando el producto del trabajo es arrebatado del trabajador por las relaciones de producción basadas en la propiedad privada. Esto es el capitalismo: un modo de producción donde el trabajo muerto explota al trabajo vivo para la generación del plusvalor que luego será apropiado por el dueño de los medios de producción. Sin embargo “alienación” es una palabra que también ha sido empleada para referirse a los casos de trastorno mental o para describir el tipo de conductas que no parecen ser elegidas conscientemente por sus realizadores. Pero, ¿qué pasa con la lapidación? La pregunta es difícil; así formulada nos obliga a elegir entre un “no saben lo que hacen” o un “saben bien lo que ocurre y de todos modos lo hacen”. Quizá el problema sea más complejo y de mayores dimensiones. Habría que hurgar en la historia de los pueblos árabes para hacer la genealogía de cómo este tipo de castigos comenzó a ser aplicado sobre las mujeres y por qué ocurrió esto. En la historia no hay nada necesario, todo es efecto de relaciones de poder y resistencias aleatorias. Y así puede ser explicado. No tengo los elementos para hacer una genealogía de la lapidación; es una tarea por hacerse. Pero sí puedo decir algo: quienes lapidan y quienes son lapidadas, esa relación compleja, han sido producidos políticamente, y lo han sido en muchas ocasiones. Más allá de si tiene que ver con una administración de castigo, con una economía penal –valga la expresión- islamista, lo cierto es que esta relación no existió siempre, es un invento, una institución realizada por ciertos individuos en cierto momento que ejercían una muy clara relación de poder. Pero actualmente se generaliza esta práctica hasta hacerse indisociable de lo árabe, así esencializado. Pues bien, no hay “lo árabe”, no existe. Hay que asumirlo. Si no hay una esencia, sino procesos históricos reificados en prácticas, entonces se pueden transformar. Y las mujeres al interior de sus propias sociedades lo hacen. Ello a menudo pone en juego una problemática estético-política en la que lo sensible tiene un nuevo cariz: Amina, apegada a un tipo de protesta occidental, escribe sobre sus senos, confirmando la norma sexista de que la mujer sólo vale por su atractivo sexual, y eso no subvierte la significación dominante sino que la confirmó simple y llanamente; por su parte, la red de mujeres musulmanas –y esto no deja de llamarme la atención- apelaron a otra forma de sensibilidad: el oído, la escucha. En lugar de aparecer en una fotografía, ellas lanzaron un comunicado desmintiendo a Femen pero también diciéndole a todas las feministas occidentales que no eran capaces de escuchar la voz de una mujer musulmana, seguidora del Islam, incluso si es feminista ella misma. La escucha es siempre la escucha del Otro, incluso si soy yo quien habla para sí mismo; es una sensibilidad que se encuentra abierta siempre a la llegada del inaprensible, y ese es el medio que su comunicado textual certifica y autoriza. Y es que Occidente, en este narcisista estadio del espejo, goza de ver y de verse reflejado en el Otro sólo si es reductible a la hegemonía en turno; pero es sordo cuando de oír las voces de todos los Otros se trata, y hay que comenzar a oír. El feminismo tendría que dejar de jugar en los términos certificados por el mercado para hacerse visible y debe comenzar a transformar esos términos para un presente mejor para las mujeres. Una de las tareas de la crítica es dejar de reproducir la imagen de la barbarie que la propia barbarie capitalista intenta anteponer como imagen suya. Sin duda el mal absoluto (Lo Árabe en la hegemonía global) ha sido tachado así por el mal radical (el capitalismo), y esa es una estrategia de opresión sobre los pueblos que no debemos permitir. Yo no sé si los sujetos que satisfacen el fantasma de la intolerancia islamista (que los hay) son enajenados o no, a mí me parecen igualmente responsables de sus agresiones feminicidas. Pero esta es la ironía: yo no me opongo a la lapidación en nombre de valores relativos o absolutos, sino en nombre de una solidaridad del género humano que puede eslabonar una estilística de la existencia contemporánea; pero también me opongo a la opresión del pueblo árabe realizada en nombre de un modo de producción que aliena a todas las poblaciones del orbe no sólo de la riqueza sino también de la justicia y la dignidad.





D.H. ¿Qué estrategias civiles podemos echar en marcha para hacer un contrapeso a la violencia de género que parece ser globalizada junto con la liberación y desregulación de los mercados? Dicho de otra manera: ¿cómo podríamos oponernos efectivamente para detener la proliferación de “casos Amina”?

C.A. La violencia de género no debe asumirse como el resultado del modelo de acumulación económica (cabe recordar que, como en el caso de la juventud, muchas veces el mercado se ve favorecido por las nuevas formas de Ser mujer). Son globales incluso previo a lo que ahora llamamos globalización (que en realidad muchas veces refiere más al modelo económico que a una verdadera homogeneización cultural). Lo que si se ha globalizado son, en cambio, las resistencias a este modelo. Creo que el camino abierto hasta ahora alumbra posibilidades importantes, la información y su difusión a través de las redes sociales genera un efecto de realidad, que los gobiernos reciben y se ven forzados a colocar si no en sus agendas al menos en sus discusiones. La presencia de activistas en las embajadas de los países responsables, pero también en otras embajadas solicitando el apoyo y la presión respecto a casos específicos no puede soslayarse. A la par, estas experiencias, nos obligan también a pensarnos… ¿cuál es nuestra relación con las mujeres a nivel individual, regional y nacional? Pero sobre todo, ¿cómo percibimos a nuestro gobierno? ¿si el presidente actual condenará a alguien a morir, en cualquier forma, cuál sería nuestra reacción? Sin que ello obnubile las responsabilidades oficiales ¿no seremos un poco culpables de los feminicidios? ¿no seremos un poco responsables de la violencia estructural, institucional e interpersonal sobre las mujeres? Escuchemos, con detenimiento, ese silencio, ese silencio culpable. Nos queda siempre la lucha y la resistencia.



[1] DONOVAN HERNÁNDEZ CASTELLANOS (MTRO EN FILOSOFÍA Y CANDIDATO A DOCTOR EN FILOSOFÍA POR LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS, UNAM).

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