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lunes, 8 de julio de 2013

GUERRA MUNDIAL Z O DEL TEMOR NEOCONSERVADOR A LAS MULTITUDES

Donovan Hernández Castellanos


¡Las multitudes son contagiosas! ¡Ante todo, hay que protegerse de ellas! ¡El 99% es peligroso y tiene una rabia capaz de destruir el orden imperante! ¡No te dejes infectar! Ese parece ser el mensaje implícito en el reciente film conocido en México como Guerra Mundial Z, basado en el best-seller del mismo título. Como se sabe, el cine, al ser un arte colectivo, no sólo incluye a las demás expresiones estéticas de nuestro mundo, sino que también contribuye, en no menor medida, a mostrarnos los fantasmas que se encuentran trabajando colectivamente en el registro social; a menudo estos fantasmas, esa relación que Lacan llamó fantasmática con la realidad, hace que algunas relaciones sociales se muestren inteligibles ante el espectador que observa cómo algunos imaginarios colectivos se realizan espectralmente sobre la pantalla.
¿Cuál es la verdad que pone en marcha? Los zombies han sido un recurso habitual, a veces crítico, dentro de la sociedad de masas. Desde su surgimiento, estos cadáveres que transitan canívalmente las calles han mostrado las pesadillas de masas ante los problemas sociales más variados: desde el consumismo de los años setenta hasta la memoria intramitable con Le Revenant en la miniserie francesa, e incluso las aporías de la racionalidad securitaria con The Walking Dead; la muerte y las masas acéfalas han sido figuras consentidas por el gusto masivo dentro de los espectáculos de entretenimiento globales. Guerra Mundial Z no es original en este sentido; prolonga y a menudo reproduce viejas fórmulas dentro de este género añejo, pero al mismo tiempo pone en marcha una imaginación nueva que es acorde con la percepción mediática de las protestas de masas que ahora tienen lugar a nivel global, con una fuerza y efectos al parecer todavía impredecibles. Se diría que el film es una suerte de respuesta neoconservadora a 2011 y sus secuelas, con los movimientos de multitudes que protagonizan la vanguardia de las acciones emancipatorias de la actualidad.

I
            De ser muy reductivo, diría que el imaginario expuesto en el film no es otro que el del neoconservadurismo republicano de la derecha norteamericana. Y sin duda, es así. El film responde a una visión compartida por ciertos sectores de la sociedad de Estados Unidos, reitera valores difundidos socialmente gracias a sus poderosos aparatos mediáticos y de telecomunicación, pero sobre todo muestra de qué manera esos sectores han tramitado la serie de procesos multitudinarios que han surgido a raíz de la gran crisis financiera de 2008 y los confronta en piezas como ésta. No es la primera vez que esto sucede. Piezas como The Dark Night Rises y otras similares, han mostrado de qué manera la imaginación neoconservadora ha tramitado el fantasma desestabilizador de las movilizaciones sociales del Occupy WallStreet al conjurar el extremo anárquico de una supuesta sociedad sin orden ni gobernabilidad; un mundo en el que la frontera –no sólo territorial- republicana de la Ley y el Orden ha sido desplazada por la desmesura demográfica de hordas que han abandonado los cómodos placeres permitidos, tolerados y alentados por una visión cuasi evangélico-mesiánica, y ha sido desbordada por el goce que irrumpe ante el peligro de la forclusión del Nombre del Padre (instancia de la ley simbólica) y que amenazan con un ataque psicótico de la muchedumbre, de las multitudes que amenazan toda estabilidad autocontenida, unidimensional. En este sentido, la película traza una rápida imagen estereotipada de la alteridad insurrecta al american way of life.
            En efecto, el film exhibe una interfaz de imaginarios al mismo tiempo sanitarios, científicos, geopolíticos, antimigratorios, xenófobos, de un paternalismo autoritario y republicano, pero sobre todo ostenta una preocupación muy real del biopoder que ha diseñado una serie de dispositivos que obedecen a una racionalidad securitaria global.
            El guión es bastante eficaz para transmitir y configurar todo ello. Un hombre de familia, que en su pasado trabajaba en organismos de seguridad norteamericanos y transitó como enlace en la ONU, observa las noticias locales donde se informa que el gobierno de su país dictó “ley marcial” y las garantías individuales son suspendidas por el “estado de excepción”, al que la población queda sujeta; se recomienda alejarse de zonas transitadas con densidad demográfica. El rumor de un nuevo virus mutante se propaga imparablemente junto a los flujos de información. Las tareas cotidianas se imponen; la familia sale. Atorados en el tráfico, notan un inusual movimiento policiaco y un ambiente anómico flota en todos los ánimos. Entonces todo acontece. Hay estallidos y explosiones en medio de Filadelfia, la gente corre en una anarquía que denota la situación anómala; entonces, un camión de basura corre desbocado y, al volcar todos los demás automóviles semiestacionados, abre un hueco por el que la familia escapa en su vehículo particular. Pero tras un choque en carambola se ven obligados a salir del auto y a mezclarse en los flujos demenciales de una multitud fuera de control. Es entonces que notan que, entre los que corren despavoridos, se encuentran multitudes que brincan sobrehumanamente sobre los demás, mordiéndolos con violencia y trastornando los cuerpos de los inocentes que se levantan y comienzan a atacar a los demás civiles en regla. Es imposible detectar al enemigo, pues se encuentra en todas partes; son todas esas multitudes sin ley, son todos esos cuerpos anárquicos que devastan todo a su paso. La multitud es el enemigo y la muerta encarnación de la anarquía, que debe ser erradicada. La familia del protagonista (interpretado por Brad Pitt), por supuesto, logra escapar en un remolque con equipamento hogareño (el hogar es un valor fundamental dentro del neoconservadurismo sureño); al llegar a un centro comercial en las afueras de Filadelfia, los civiles sin estructura atracan y toman todo lo que está a su alcance dentro de un supermercado en una viva imagen de la desintegración de la sociedad civil que valoriza las mercancías en el pánico securitario y sólo busca desorganizadamente su propia sobrevivencia individual ante la amenaza amorfa que diluye toda individualidad radicalmente; incluso un policía, ante cuya aparición la gente suspende espantada su hurto caótico, comienza a llevarse todo lo que puede. No hay ley. Al alojarse en un edificio derruido de los márgenes habitados por los latinos, la familia es alojada por una modesta familia mexicana que se rehúsa a salir y arriesgarse a sobrevivir en la tierra sin orden de los zombies. Al negarse a obedecer las indicaciones bondadosas del ex –espía, al rehusar la orden patriarcal y militarizada del efectivismo norteamericano, la familia habrá de perecer también ante la multitud rabiosa de los muertos vivientes. Con excepción de un pequeño, un niño mexicano perfectamente asimilado que decidió salvarse al seguir el hegemon militar; el mensaje es claro: sólo los “latinos” aculturados en la hegemonía de Estados Unidos pueden ser “aliados” confiables, a los cuales Brad Pitt les puede confiar incluso su familia, pues son obedientes y serviciales; esto muestra una imagen ideal en la que los “latinos” siguen siendo menores de edad, que deben ser resguardados por la madurez militar de los Estados Unidos, la única capaz de salvarlos del desborde de la multitud rabiosa y hambrienta que carcome toda civilización a la vista. Al desobedecer a su padre, el pequeño no sólo salva la vida y la integridad de su individualismo sino que obedece y reitera la capacidad de establecer una regulación fuerte que proviene del Norte. Y esto significa algo en un país que enfrenta el problema de la reforma migratoria bajo la administración de Obama.
            Problema de biopoder, ante todo. Y de geopolítica, cabría agregar. El protagonista, que sólo accede a formar parte de peligrosas misiones de incursión en hoyos de humanidad inconfesables luego de que la seguridad de su familia queda garantizada por el “estado de excepción” en esas tierras de nadie que son las aguas internacionales, es un defensor de los ideales de familia, propiedad, patria y seguridad a toda costa en un orden global amenazado por las multitudes iracundas de los muertos que se rehúsan a descansar en la tierra. Sin embargo, hay una suerte de resignada protesta dentro de esta hegemonía que es representada por las quejas de la esposa, quien le recuerda al protagonista la manera en que las misiones violentas lo habían afectado en el pasado; pero no hay tiempo que perder, no se puede desgastar al soldado en cosas sentimentales, al menos no si la seguridad de todo el proyecto civilizatorio se encuentra bajo un peligro radical.

II
            Hay algo, con todo, notable en el film. ¿Cómo se imagina el siglo XXI al mal radical? En los años ochenta era muy fácil de responder. La ideología del “mundo libre”, del New Deal y de las sociedades de libre mercado se representaban al mal absoluto como un peligro humano: el malo es el antagonista en el socialismo; el mal debía ser el socialismo como contrapoder al capitalismo desarrollado. Los rusos y sus aliados eran el mal. No había duda. Pero tras la caída del Bloque Soviético, ¿dónde está el mal? La geopolítica del enemigo se ha desquiciado, ha perdido toda brújula. El mal no está en el Este intercontinental, se ha diluido pero sigue siendo mortífero. Una imaginación paranoide ligada a las dos superpotencias no sólo antagonizaba toda representación del Otro, sino que inscribía rápidamente al mal dentro de límites y zonas bien específicas, que estaban siempre allí para reacentuar el carácter identitario de la política. Pero, luego del “triunfo” del capitalismo, del “fin de la historia”, ¿qué hacer con el mal? Aquél que no sabe dónde está el mal con certeza absoluta, puede ser contagiado por él sin saberlo. Nuestro mundo hipermoderno, tecnológico y desarrollado ha, incluso, eliminado lo real con fervor. Ante cada cataclismo, ante cada catástrofe natural como una epidemia, un sunami, un terremoto o la actividad de un volcán, la reacción más común de cualquier persona de a pie consiste en recriminar la ineficacia del gobierno; como si más allá de la actividad humana, no pudiera ser creíble que hubiera fuerzas que desbordan cualquier capacidad de control. Si hay una inundación, la culpa es de los gobernantes. No hay más.
            En este sentido, el film plasma con toda su fuerza este razonamiento biopolítico, esta preocupación global por la administración gubernamental de las poblaciones, al presentarla como una crisis mundial sanitaria. El mal radical del siglo XXI no es ni el terrorista ni el socialista, es una enfermedad tan otra, tan radicalmente Otra que su ubicación no entra dentro de los designios y normatividades de la razón del biopoder. Pues aquello que infecta a tirios y troyanos (a la India, Corea del Norte, los pueblos árabes y a toda América Latina, desbordando las fronteras obsoletas hasta llegar al propio centro de los Estados Unidos) no se sabe si es un virus o una bacteria. Problema de salud demográfica entonces, pero problema de explosión demográfica también: quienes atacan son las hordas excesivas, con un goce sangriento por destruir los valores del norteamericano promedio.
            Ya otras películas de ciencia ficción, como Guerra entre dos mundos, han puesto a trabajar la idea de que el mal no se encuentra en el exterior ni fuera de las fronteras donde la soberanía es efectiva, sino que se encuentra adentro, en el interior de la Tierra. Incluso las máquinas terribles del exterminio humano se encontraban en lo más profundo del planeta y surgirían del subsuelo como una catástrofe. En cambio Guerra Mundial Z hace que lo biológico –o contrabiológico- se confunda rápidamente con lo político. El Otro no es inhumano, es lo muerto que renuncia a ocupar su lugar en el cementerio de la historia; pero también ocurre que cuando no puedo ubicar dónde está el otro, cuando no puedo saber qué me distingue de quien tengo enfrente, yo mismo puedo ser el otro en un imaginario aterrorizado que hace del sujeto una función del miedo. Si no hay pacto social capaz de establecer fronteras y apaciguar mis ansiedades con un poder intermediario entre las partes equilibradas que refuerza la “ficción de la igualdad”, entonces sólo queda el caos que los comunes introducen entre los individuos amenazados. Se ha hecho hincapié en la manera en que los zombies atacan multitudinariamente, incluso tumultuariamente, pero pocas veces se percibe que también actúan de manera solidaria (en el film se llega a decir: “procura no matar a ninguno, porque eso los hace enfurecer”; se diría que no menos que a los disidentes que sólo han visto caer víctimas de su lado en las dictaduras del Cono Sur, o como sucede en las favelas brasileñas, en las revueltas egipcias y palestinas, en las agrupaciones campesinas en México, etc.). El problema es que uno mismo se puede ver infectado de esa solidaridad comunal, uno corre el riesgo de convertirse en esa plaga que el aterrado blanco maduro y experto en pericias militares y contrainsurgentes trata de exterminar a toda costa. Uno corre el peligro abrumador, en medio de una crisis biopolítica y del colapso mundial, de convertirse en el 99%; eso y no otra cosa es el miedo claro y distinto de la clase media y de la burguesía norteamericana. ¡A los zombies sólo les faltaba llevar una camiseta de Occupy WallStreet!
Para decirlo de una buena vez: el zombie es el disidente, la oposición multitudinaria y acéfala, incapaz de establecer coordinaciones lineales en sus acciones, descentralizada y sin vértebra, casi anarcoide, pero que ataca de manera fluida y mortal mediante enjambres rizomáticos. El zombie son todos los desposeídos, los hambrientos, la explosión demográfica incontenible capaz de desbordar toda frontera securitaria y rígida, todo sistema de control y seguridad, los que no caen ante las balas y resisten sólo con sus cuerpos el embate de las fuerzas organizadas, reagrupándose y dislocándose, actuando como multitud. No hay sistema actual capaz de replegar a la multitud. Por eso la película es conservadora y muestra un talante xenófobo. Ante el fuerte despliegue de las fuerzas demográficas de una sociedad que cuenta con hordas de jóvenes universitarios sin empleo, de trabajadores pauperizados, de favelas incontenibles, de la muy real crisis alimentaria fomentada por los monopolios transatlánticos que tienen el poder sobre la distribución desigual de los recursos naturales, sólo puede haber una respuesta: más dispositivos de seguridad. El film muestra una muy real crisis del biopoder contemporáneo, así como una muy real reestructuración del capitalismo coaligado globalmente. Al respecto, las escenas que muestran los flujos rizomáticos de los muertos vivientes, esos remanentes de la historia que somos la mayoría, son de un despliegue tecnológico y estético sin par.
           Pero, al mismo tiempo que esto ocurre, el film insiste en que la racionalidad científica es incapaz de hacer frente a esta crisis sanitaria que es esa disidencia biopolítica manifestada multitudinariamente. Volviendo al tema de la naturaleza, un científico experto en enfermedades epidémicas que afectan a grandes densidades poblacionales insurrectas, defiende que la naturaleza es “una asesina serial”; lo cual ciertamente expresa una opinión elevada a sistema en la conformación moderna del saber científico, que ha trazado una relación de dominación sobre su otro, la naturaleza. Dominar a la naturaleza, incluso al animal que hay en el hombre, y hacerla servir a la humanidad, ha sido desde la modernidad temprana el designio de la ciencia. Adorno y Horkheimer han insistido en ello en Dialéctica de la Ilustración. Aquí, el científico no hace más que reafirmar ese proyecto moderno-ilustrado patriarcal. Sin embargo, al salir de expedición en busca de una cura en una base militar, el científico muere al desobedecer las indicaciones militares y entrar en pánico. La película es implacable: la racionalidad científica ya no es capaz de interpretar correctamente los problemas mundiales, es el turno del pragmatismo autoritario de las fuerzas de seguridad internacionales hacerse cargo de someter aquello que la ciencia sólo ha tratado de explicar y comprender. El orden del mundo no es un asunto de ciencia, sino de efectivismo militar. Sólo la racionalidad securitaria global puede hacerse cargo del mundo en tiempos de crisis de multitudes, demográfica, alimentaria y sanitaria. El pensamiento único cambió de profesión; el espíritu del mundo lleva uniforme y placas de la ONU.

III
Quizá lo más notable del film es su diagnóstico acerca de los dispositivos de seguridad del biopoder global. A los ojos del director, guionistas y equipo de filmación la seguridad nacional encasquillada en el espacio territorial del Estado tradicional son absolutamente incapaces de ponerle un freno a los que intentan jalar el freno de emergencia de esa catástrofe que llamamos progreso. Esto se hace visible y se eleva al nivel de “evidencia” en la relevante escena situada en Israel. Cuando el protagonista sigue una pista que lo lleva a aquél “oásis de democracia en medio del desierto” (no sin conjurar el terror atómico en una explosión que desestabiliza su nave), se encuentra con un espía del Mossad que interceptó un cable en donde generales hindús hablaban de una lucha extraña contra muertos que revivían (la pesadilla de masas que implican las economías emergentes ante la hegemonía norteamericana). Justificado con una lectura hollywoodense de tradiciones talmúdicas, el hombre dice que si nueve personas están de acuerdo en un mismo diagnóstico es tarea del décimo hombre dudar de todo y reiniciar una investigación exhaustiva y piadosa. Es así que el hombre del Mossad asume que si el general de la India afirma que combate con zombies, lo que quiere decir es que se tratan verdaderamente de muertos vivientes. Luego del periplo del espionaje y de mostrar las alianzas globales y securitarias de ambos socios, el espía israelí lleva al protagonista a una impresionante frontera física que Israel construyó para recluirse del exterior y defender la seguridad interna del “amenazado país”. Esto es así porque, según el espía ficticio, los judíos de los años veinte creían imposible la construcción de campos de exterminio, más tarde creían imposible que los árabes entraran en guerra con ellos (ni una mención a la catástrofe palestina) y luego de tanta confianza injustificada en la buena fe del mundo había que pasar a la ofensiva y crear un fuerte Jérico para Jerusalén. Estos muros, este férreo control militar en la región obedece al criterios de seguridad de Estado. Sin embargo, en las fronteras reciben a gente del exterior (benignos con los árabes, después de todo) pues “cada hombre que salvamos, es un enemigo menos con el que combatir”. Más claro, ni el agua.
            Pese a ello, los zombies logran entrar en el securitario Israel mediante un impactante ataque enjambre sin coordinación central pero con una efectividad estratégica asombrosa. Haciendo una pila de cuerpos, las multitudes del exterior entran y devoran la ciudad por completo. Dejando indemnes, por cierto, sólo a los débiles y a quienes padecen una enfermedad terminal. Cosa que le dará al protagonista la clave para solucionar el problema. Lo interesante es que la película exhibe que el viejo orden estatal y su seguridad interna ha periclitado, es caduco y no alcanza a solucionar los problemas del 1% mundial. La crisis que amenaza con destruir el orden capitalista requiere de una seguridad desterritorializada, capaz de volver a regular con fuerza sin la necesidad de panópticos decimonónicos. La seguridad debe de ser tan fluida y descentralizada, tan global, como la amenaza multitudinaria al orden existente. No es baladí, por ello, que según el film la crisis sanitaria comenzara en los aeropuertos, esas verdaderas zonas estratégicas de interés global para todos los países. Los aeropuertos se han convertido en un problema de seguridad mundial, en una clave para la estabilidad de las seguridades regionales incluso.
         Con todas las autoridades sociales fuera de juego (clínicas desoladas, centros de investigación llenos de multitudes, etc.), sólo la autoridad militar descubre que los zombies no atacan a quienes padecen una enfermedad severa. Hay que enfermar para salvarse. En una crisis esto no es cualquier cosa. Sólo profundizando los síntomas con estoica valentía, es posible sobrepasar la crisis del capitalismo para reestructurarlo y que la maquinaria se reestablezca por la vía de la fuerza ejemplar. Las últimas líneas de la película son quizá las más significativas y alarmantes; pues “todos aquellos que puedan luchar, deberán luchar; pues esta guerra está por comenzar”. Lo que implica hacer frente a todas las multitudes mediante la fuerza militar descentralizada. Por supuesto, esto es una película y se trata de fantasmas que son proyectados por algunas personas; pero los fantasmas tienen un asiento en la realidad.

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