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martes, 28 de mayo de 2013

Poéticas de lo político.


Donovan Adrián Hernández Castellanos

Cada movimiento social, cada acto civil gesta su propia poética. Ya lo dijo en territorio nacional el poeta persa Mohsen Emadi, durante la Cumbre Mundial de Indignados del 7 al 10 de diciembre de 2012, “la resistencia debe ser gozosa. Para eso hay que vivir. Se resiste para vivir.” Y por cierto que la resistencia da pie a sus propias formas imaginativas; capacidad colectiva –según sugería Castoriadis- de inventar formas inéditas allí donde no las había. No sólo en el arte se hacen patentes estas formas radicalmente nuevas; también se presentan en la gestación y derogación de instituciones -en la acción sin más- puesta en juego en aquellos momentos verdaderamente autoinstituyentes que acontecen cada vez que, por uno u otro motivo, se reúnen ciudadanos y afectos, la sociedad en general, para autoconstituirse como pueblo. Se diría que, paradójicamente, la autoconstitución de la ciudadanía es efecto de su propia actividad; ésta, devenida en agente político sumamente plural y autónomo, es quien construye y proyecta su propio presente y por-venir. ¿Será que en ello radica su capacidad plástica y poética autoinstituyente? En el extremo, la autoemancipación es el poema más bello de los pueblos en su civil andar.

Las poéticas del espacio: Acampadas y asambleas globales

Recientemente el mundo ha visto, con entusiasmo, varios actos de este tipo. No sólo en España con los Indignados de la Puerta del Sol, o en Chile con los estudiantes que luchan por la educación pública en su país, e incluso con Occupy Wall Street en el corazón del distrito financiero de E. U., sino, más específicamente, con el resurgimiento de los pueblos de Medio Oriente y África que buscan emanciparse de formas de gobierno autocráticas y de viejas dinastías en el poder, ajenas a sus intereses verdaderos. Los pueblos del Magreb nos han regalado una nueva poética de lo político en sus duros avatares, han vuelto a surgir con una nueva dinámica civil para ocupar un lugar decisivo en la geopolítica de la resistencia a la gubernamentalidad neoliberal[1]; la Revolución de los jazmines ha sido su primer donación a un mundo urgido del rescate de la política por parte de una ciudadanía globalizada que contemplaba con aterrado pasmo la manera en que las políticas públicas eran –y son- diseñadas para beneficiar el orden del capital financiero de todas las latitudes. La imaginación social, por ello, se ha hecho presente en la ocupación campal de territorios simbólicos de lo político en las grandes capitales del globo: desde las explanadas llenas de solidaridad en España hasta los campamentos civiles de la plaza Tahrir en el atormentado Egipto, la ciudadanía no sólo ha recuperado los reificados “espacios públicos” –removiendo con sus marchas la enquistada semántica del autoritarismo- sino que en realidad los ha reinventado. Las acampadas en los zócalos de las capitales mundiales son verdaderas heterotopías del altermundialismo; espacios exapropiados al poder hegemónico que reverberan entusiasmo y devienen escuelas públicas de civilidad alternativa. No cabe duda de que los manifestantes de la “Primavera Árabe” y los Indignados del globo viven utopías concretas, ejercen una suerte de soberanía que es vinculante por provenir de la democracia directa y rompen la dinámica de la representación gracias a que no generan organismos ni autoridades desprendidas que gobiernan por encima de la sociedad. Estas utopías realizadas existen, si bien tienen una vida precaria y frágil; como muestran las innumerables incursiones policiacas que pretenden, ilegítimamente, romper con la dinámica vinculatoria de los actores civiles. Es como si la imaginación que aspira al poder civil supiera que no existen espacios públicos, sino que se hacen al acampar. Con sus actos civiles reiterados afirman que si ha de existir ciudadanía reconfigurada, ésta tiene que comenzar por repoblar y resignificar los espacios comunes. Saben que lo público no existe si no es construido por la ciudadanía, y que ésta última se construye a sí misma por medio de su actuar en conjunto. Espacio y ciudadanía, ambos reinventados, serán en adelante indisociables.

Carnaval vs Liturgia

Podría afirmarse que una de las características de la acción civil contemporánea, y quizá de todos los tiempos, sea la autoconstrucción gozosa de lo común en medio de la resistencia frugal con visos de permanencia –pues en permanecer se afana el conato de las acampadas, permanencia dentro de su efímero existir activo. A diferencia de los rituales encasquillados del poder separado de la sociedad (el Estado, el Congreso, etc.), los campamentos civiles no requieren de la liturgia cívica para conformar un proyectado destino común ni su enraizamiento con la vetusta patria decimonónica y alienada de la soberanía popular;[2] por el contrario, la ciudadanía autoconformada, lejos de la ritualización monumental de las políticas de la experiencia gubernamentales, no reitera nada más que su acción. De unirse surge el gozo, y este ilumina las calles de la ciudad. En marchas y performances colectivos, en campamentos civiles que otrora fueran estrategias pacíficas para poner freno al intervencionismo militar en zonas del globo como Gaza y Chiapas, aparece la sociedad que se convoca a sí misma para producir una nueva poética urbana que recrea y redimensiona en la algarabía y la risa la vieja sabiduría del carnaval: inversión del tiempo dominado por la producción, ruptura de la distribución de las mercancías que fetichizan con un pseudoencanto las vidrieras del consumo, y finalmente inversión contestataria del lugar de lo político que retorna a las calles. En las marchas, que han sido vehículo reificado por la propia “sociedad civil” para manifestarse, las calles son inventadas radicalmente; los cruces no sirven al tráfico atomizante de la neurosis citadina, son el punto de aglomeración de caravanas y cabezas gigantes llenas de ardor y utopía. Las glorietas se visten de gala para acoger a sus habitantes. A su manera, cada acto civil realiza aquellas fantasías sociales que son depositadas en los sueños colectivos –una vida sin la opresión del hombre por el hombre-. Y, a su vez, estas alegorías de la crítica social son imágenes desiderativas cargadas justamente de deseo emancipador. Cuando la sociedad realiza sus sueños, éstos siempre hablan una lengua común.

Túnez, la revolución de los jazmines: caricatura y política

Dentro de estas acciones destaca lo ocurrido en Túnez entre el 17 de diciembre y el 17 de enero de 2011. Luego de la triste inmolación del joven Mohammed Bouazizi, quien se prendiera fuego como Bonzo luego de que su puestito callejero de frutas y legumbres fuera cerrado por la policía, la indignación prendió con una llamarada que ni siquiera la salida del autócrata Ben Alí pudo sofocar. El ardor civil convocado por redes sociales exigía libertad y la ejercía contra todo autoritarismo político. Entre sus diversas manifestaciones, todas dignas de atención, quisiera destacar una: el papel del arte gráfico dentro de las expresiones críticas del régimen dictatorial. Ya Siegfried Kracauer, filósofo judeoalemán del siglo XX, destacaba el papel de las artes como lugar de la crítica allí donde la opinión pública es silenciada por el autoritarismo. En su caso se trataba de Jacques Offenbach, cuyas operetas ligeras mostraban los excesos del dictador Luis Bonaparte; en Túnez se trató de la caricatura como espacio de libertad. En Medio Oriente la gráfica y la caricatura siempre han sido un recurso de sátira y un espacio de elaboración de la experiencia traumática, basta pensar en Bye Bye Babylon de Lamia Ziadé, cuyo tono elegíaco muestra la dolorosa experiencia de una niña de siete años de edad que creció durante la guerra civil de Beirut, o en la bien conocida obra gráfica de Marjane Satrapi Persépolis, llevada al cine con fortuna por Vincent Paronnau en colaboración con la autora. También la fotografía ha hecho lo suyo, los trabajos de Abdallah Farah muestran, en el revelado de sus negativos quemados, la violencia de la misma guerra que ilustra Ziadé. De una u otra forma, la gráfica y el cómic se han vuelto un vehículo importante para las experiencias de la violencia política en tiempos de la cultura de masas (como es notorio en el Maus de Art Spiegelman).
Para el caso de Túnez, con su revolución multifacética, el blog debatunisie de Z fue un espacio vital para la expresión opositora al régimen de Ben Alí. Tan vistas fueron las caricaturas que ahí subían artistas visuales diversos, que fue objeto de censura e intimidación más de una vez. Pero sin duda el caso más destacado es el de la famosa profesora de la Facultad de Bellas Artes de Túnez, Nadia Khiari, quien visitó nuestro país en la Cumbre de Indignados mencionada atrás.
Khiari es reconocida por ser la creadora del simpático gato Willis, un mordaz felino que hace sátira de la realidad política de Túnez con buen arte. En gran medida, Willis in Tunis fue cronista y representante de varias de las ideas más avanzadas en aquella revolución de los jazmines que buscaba libertades básicas de toda ciudadanía. El primer cartón de Willis fue dibujado por Khiari el 13 de enero de 2011, tras el tercer discurso de Ben Alí –“su último cartucho” en palabras de la autora-[3] en el que prometía bajar los precios de los alimentos básicos y no volver a postularse para las elecciones; en él se muestra a un gato malicioso que reposa sobre una azotea, mientras observa a unos crédulos ratoncitos que llevan letreros de “Bajarán los precios del queso”, en alusión a los manifestantes que salieron a apoyar a Ben Alí no obstante que el decreto de “estado de sitio” pesaba sobre la región. Los trazos libres y modernistas de Khiari, acordes con sus ideas básicas sobre las garantías civiles, muestran narrativas y relatos alegóricos en los que los pequeños animalitos divulgan las ideas y formas de vida de la cotidianidad durante la revolución, y aún después de ella. Pero, a diferencia de Maus (donde los ratones alegorizaban a los judíos, los gatos a los alemanes y los cerdos a los polacos), Willis in Tunis no hace distinciones esopianas en la composición: los gatos son todos, islamistas extremos o seculares liberales, opositores de extrema izquierda y representantes de partidos. Se diría que el talento particular de Khiari radica en hacer de lo trágico y doloroso un lugar de la comicidad política, sus dibujos expresan una visión íntima y al mismo tiempo colectiva de los acontecimientos que no dejan de sucederse en la vida pública tunecina. De hecho su gato tiene el mismo nombre que el personaje central de sus cartones. De entre todos ellos, hay dos que me parecen fascinantes por la certera imagen que dibujan de las dinámicas de un poder que entra en conflicto con la voluntad ciudadana: uno, de los más conocidos por cierto, en el que Willis está en el centro de un reloj; sus manitas hacen las veces de manecillas que marcan los tiempos del poder político: de la hora del “¡Fuera!” gritado a Ben Alí, se avanza a “Elecciones, Poder, Fundamentalismo, Nepotismo” hasta llegar de nuevo al grito civil que pone fin a la dictadura. Khiari forma parte del movimiento secular que ha sido tomado a contrapelo por la instauración de regímenes autocráticos basados en una lectura sumamente restringida y ortodoxa del Islam. El segundo cartón es de un minimalismo cautivador: en él se muestra la carita de Willis en trazos simplificados, sus pupilas son lo llamativo: en su ojo derecho la pupila es de color rojo, pero en el ojo izquierdo, que muestra la bandera de Túnez, Willis llora sangre. Se trata de la sangre de las víctimas de la represión que inundan al país, pero es también el dolor del testigo que observa cómo la realidad de su nación prolonga el derramamiento inútil y los altísimos costos sociales. Se trata, en suma, de una imagen cuya poética exhibe las derivas de la política local y global.[4]
Si bien los momentos revolucionarios de la “Primavera Árabe” han culminado por ahora en la instauración de regímenes regresivos como los de Mursi en Egipto, y actualmente muestra su faceta más violenta en contra de la oposición como acaba de suceder en Túnez hace unas semanas –con el asesinato del principal opositor de izquierdas Chokri Belaid-, la realidad abierta por estos nuevos actos civiles en resistencia dan esperanzas; y eso ya es mucho por ahora. Como dice Khiari: “No se podía hablar de nada sin acabar hablando del régimen y meterse en un lío. Y de pronto, de la noche a la mañana, nos vimos con total libertad para expresarnos y criticar el régimen. A mi juicio, esta es una de las pocas victorias concretas que ha traído la revolución: la libertad de expresión. Ahora debemos mantenernos alerta en todo momento para conservarla.” Y sus cartones, como ostenta uno de los más bellos, son una poética de la resistencia en tiempos de oscuridad.







[1] No olvidemos que durante la antigüedad y hasta después de la Edad Media, los pueblos árabes fueron decisivos y fundamentales para la conservación y el desarrollo de la ciencia y la filosofía, del pensamiento en general que asumimos ahora propio de Occidente. Resulta imposible comprender la conformación de nuestro mundo sin el concurso del Magreb y, luego, del sometimiento de sus poblaciones al capitalismo expansionista de las potencias occidentales.
[2] Pensemos en los recientes festejos oficiales, y por ello desligados de la participación civil, que en México conformaron el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución; en ellos se estetizaba la experiencia de la ciudadanía, al mostrarla como el logro del Estado-nación en su gesta de 1810 y al ponerla en escena mediante un desfile alegórico acompasado con una narrativa hegemónica (y conservadora) de glorificación vacua de las instituciones que, cada vez, están más lejos de la voluntad general. Esta misé en scène de la patria es vacua y empobrecida, toda vez que reifica a la alteridad indígena, contra la cual el Estado ha cometido crímenes inconfesables, en un colectivo de títeres que muestran, en su alegórico transitar, la manera en que el racismo nacional sigue excluyendo a todos sus otros dentro de lo público desvinculado.
[3] El lector puede encontrar una breve entrevista con la autora en el siguiente sitio web: http://www.esglobal.org/index.php?q=no-es-recomendable-burlarse-de-los-salafistas y más información sobre el cómic revolucionario de Túnez en: http://afribuku.wordpress.com/2012/06/19/el-comic-revolucionario-de-tunez/
[4] El lector puede consultar esta y otras imágenes en el perfil de Facebook: http://www.facebook.com/pages/WillisFromTunis/145189922203845?fref=ts cuya visita recomiendo ampliamente. Cabe mencionarse que Nadia Khiari ha logrado continuar con sus cartones gracias a las muestras de afecto y apoyo internacionales, y sigue subiendo a diario nuevas imágenes sobre la actualidad global; en la entrevista citada, Khiari comenta que tan grande ha sido la solidaridad para con Willis que incluso si transcurre un día entero sin subir un nuevo cartón, recibe mensajes preguntando si se encuentra bien. La represión no ha pasado en vano.

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