Una
mañana cualquiera salgo de casa.
No sé estar en casa… sólo sé errar. Hay
que saber errar. Errante me quiero, es mi modo de (no) estar. A menudo pienso
que mi propia versión del Edén es la ciudad; una ciudad cualquiera o, mejor,
cualquier ciudad. Nunca una casa. Entre las paredes soy torpe y distraído.
Entre las paredes tropiezo, choco con la alacena, me golpeo con los muros, me
aburro en los sillones, trapeo con impaciencia y me preparo mal de comer. No sé
habitar. No quiero habitar. Las huellas las he desaparecido. Sólo transito
entre la sala de estar y la cama. Mi ser no está en casa. A veces no puedo
dormir. Quisiera dormir en la ciudad, comer ahí, afuera. Sólo afuera. Los
hogares siempre me golpean, he desarrollado una extraña alergia al
aletargamiento con el paso de los años. En las calles no. En las calles camino,
estoy alerta, cinco sentidos y un cuerpo desplazándose sin cesar, sólo
transitar. En las calles estoy vivo. Yo soy de los que transitan. No sé estar
en paz. Pensar y meditar es algo que resuelvo sólo con el paso, con el caminar,
con el descubrir. Las calles alimentan mi cerebro, las calles son la materia de
mi pensar… No puedo pensar en los estudios. Si el estudio no tiene balcón,
entonces no es mi lugar. Un balcón es como una entrada de la calle en el
pensar. No sé pensar sin la calle, sin la ciudad. No encuentro la paz a no ser
que me encuentre caminando, como un sonámbulo, sorprendido e intimidado, activo
y parsimonioso en el andar.
A menudo me he sorprendido a mí mismo
caminando en medio de alguna calleja transitada, un andador o una plaza, como
si no me hubiera dado cuenta de que estaba ahí, como si despertara de un sueño
y me encontrara de pronto, inesperadamente, en el mejor de los lugares
posibles.
Entonces entro en los sueños de los
demás, somos masas soñando. Entiendo a la perfección aquello que los hombres
del siglo XIX sentían al contemplar las ciudades y las enormes metrópolis en
surgimiento. Los sueños que son de concreto, de hierro o vidrio, los sueños
moriscos de San Cosme y los muros desvencijados de Iztapalapa; el atroz
conglomerado de calles, aburridos fraccionamientos y palacios municipales de
Barranca del Muerto y la estación del metro de los pinos. El atronadero
estridente de cualquier paradero de autobuses en Tacubaya y Taxqueña. La
desagradable atomización del espacio en el Estado de México; la belleza de
Zacatecas (mi ciudad ideal), y recuerdo entonces la enormidad de las calles de
Oaxaca, con sus fantasmales barricadas de 2006 y el mejor grafiti político del
universo.
Nada me hace sentir más vivo que una
buena ciudad, si no es buena no me invites. Y buena quiere decir complicada,
llena de esquinas y laberintos, de gente que habla y camina, de cosas
inesperadas como una marcha a la que te unes en trance con los demás, de
clamores de justicia y de gente accionando lo imposible. Si no accionas lo
imposible no me invites.
Una ciudad aburrida es una contradicción
en términos.
Es impensable.
Una monstruosidad incurable, una locura
sin pasos.
Si no hay personajes de bestiario que
nunca figuraron en la imaginería de la Edad Media, no me invites. Prefiero al
Don que toca mal el clarinete en Regina a la hora de la comida, siempre a la
hora de la comida, a cualquier descripción erudita del Maleus Maleficarum. Si
no tienes historias más surrealistas que los nopales del desierto, no me
invites. Hazte y hazme un favor.
No puedo reír sin la expectativa de lo
inesperado.
Si no tiene historias increíbles tu
ciudad, si la gente no me cuenta cosas que jamás creería ni en mi sano juicio,
entonces no me invites. A veces me gusta que me mientan, me gusta que las personas
mientan si eso hace sus experiencias y relatos ingeniosos. Me gustan las buenas
frases y las historias con las que empiezo a creer que me quieren tomar el
pelo. Creo que todos tenemos derecho a mentir, que decir la verdad no debe ser
una obligación universal; creo que mantener un secreto y decirte “Mira, tengo
un secreto increíble, nunca jamás te lo hubieras imaginado; pero nunca te lo diré”,
es una obligación hasta ética. Las personas transparentes, las personas que
siempre dicen la verdad me aburren. No puedo entenderlas. ¿Por qué alguien querría
dejar de guardarse sus secretos; no todos, algunos secretos nada más? Nunca
entenderé a los que quieren que les digan la verdad y nada más que la verdad.
Esos tribunales parlantes y con patas. A veces me gusta que me mientan.
Yo soy de los que les dicen a sus
amantes: “Miénteme; si me quieres, miénteme por favor.” Porque una persona que
miente es un mapa inaudito, un planisferio sin ruta, un guía roji sin GPS; una
persona que sabe mentir, pero que sabe hacerlo de veras, siempre te dará
grandes satisfacciones. Nadie ama tanto, ni más sinceramente, como los que
mienten. Yo miento; sí, suelo mentir. Miento siempre, miento incluso para decir
la verdad. Mentir es una forma de valorar a los otros, de creerlos tan listos
como para esperar que sepan que eres un enigma y que te gustaría también (no,
quizás e incluso) ser descifrado. Una persona que miente, pero que de verdad
sabe mentir, es la mejor de las ciudades del mundo.
Las ciudades mienten. Por eso andamos
las mentiras, las caminamos y trotamos, las respiramos en celo.
En el principio fue la mentira.
Una persona que miente es como cualquier
ruta sin trazar de Guanajuato, un camino hermoso por donde hay restos de
acueductos y túneles sin fin, una falta de planificación que te depara la
sorpresa más placentera en cualquier esquina. Una glorieta sin vuelta, el fin
de una chuchilla sin retorno o la avenida que confluye al maremágnum que
conocías. Una persona que miente es como cualquier Distrito Federal que crece a
la buena de Dios, con la inteligencia diversa de la gente, con los
paracaidistas que dicen “¡Ajá! ¡Tú estás desocupada, tú eres mía!”, con la
necesidad de los sin-hogar. Ciudad grande, ciudad monstruo. Moloch risueño que
hace bromas crueles. Si no eres como el D.F., si en ti no me voy a abismar
porque eres de mente plana como una carretera, si sólo la promesa del choque
violento está en tus líneas de fuga, entonces no camines conmigo.
Una bella mentira es 10 veces mejor que
100 verdades mal contadas.
Así es una ciudad.
Siempre algo igual y distinto de sí.
Las buenas anécdotas son lo más parecido
a una mentira, incluso si lo son. Por ejemplo: Estaba yo una tarde en la calle de Xalapa, bien saben que en la Roma, ya entrada la noche y tomando
algún trago coqueto de agáve que no era tequila (se llamaba Pierdealmas y era lo que su nombre indicaba), cuando me subí a un taxi con
buena compañía (no piensen mal) y balbucee mi dirección. Llegaba a mi casa y de pronto, sin más,
con la luz apagada y los vecinos en juerga, un aparato de esos para medir la
velocidad o la gasolina de un automóvil calló de la bolsa izquierda de mi
abrigo. Sí, un radiador quizá o algo parecido calló de la bolsa izquierda de mi
abrigo e hizo un sonoro ¡PUM! en el suelo. La cosa, quimera o artefacto, tenía
agua, como si el auto se hubiera hundido más profundo que el Titanic; y el agua
estaba adentro, sólo adentro, retando mi racionalidad diluida en sopor. ¿Qué
diablos hacía un radiador de auto lleno de agua en la bolsa de mi abrigo, mi
favorito por cierto? Es algo que jamás podré saber. ¿Alguien robó un auto y
antes de entregarse lo puso en mi bolsa? ¿Hubo un agujero en el tiempo-espacio
y de pronto eso apareció ahí, donde en una probabilidad de 1 en un millón era de
un franco 0.0000000000000001 % que pudiera aparecer? ¿Alguien lo perdió en
China, en Alemania, en la Agrícola Oriental? No sé, pero es una gran historia
¿no?
Pero no se me entienda mal. Me gusta que
me mientan, dije; pero no soy tonto.
Hay cosas en las que sólo espero la
verdad. En política, por ejemplo; en historia, también; en un examen de mis
estudiantes, por supuesto. Las mentiras son para la vida cotidiana, van bien
con la charla en el bar o el café; incluso para otras anécdotas más picantes.
Para la sociedad no. De cualquier forma, sí, creo que el derecho a la mentira o
a la omisión de datos es uno de esos espacios inexplorados para la libertad.
He dicho toda la verdad.
Ahora, ¿me crees?
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