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miércoles, 5 de junio de 2013

La mentira, la ciudad [Divertimento]... o, ¿Para qué decir la verdad si puedes mentir?

Una mañana cualquiera salgo de casa.
No sé estar en casa… sólo sé errar. Hay que saber errar. Errante me quiero, es mi modo de (no) estar. A menudo pienso que mi propia versión del Edén es la ciudad; una ciudad cualquiera o, mejor, cualquier ciudad. Nunca una casa. Entre las paredes soy torpe y distraído. Entre las paredes tropiezo, choco con la alacena, me golpeo con los muros, me aburro en los sillones, trapeo con impaciencia y me preparo mal de comer. No sé habitar. No quiero habitar. Las huellas las he desaparecido. Sólo transito entre la sala de estar y la cama. Mi ser no está en casa. A veces no puedo dormir. Quisiera dormir en la ciudad, comer ahí, afuera. Sólo afuera. Los hogares siempre me golpean, he desarrollado una extraña alergia al aletargamiento con el paso de los años. En las calles no. En las calles camino, estoy alerta, cinco sentidos y un cuerpo desplazándose sin cesar, sólo transitar. En las calles estoy vivo. Yo soy de los que transitan. No sé estar en paz. Pensar y meditar es algo que resuelvo sólo con el paso, con el caminar, con el descubrir. Las calles alimentan mi cerebro, las calles son la materia de mi pensar… No puedo pensar en los estudios. Si el estudio no tiene balcón, entonces no es mi lugar. Un balcón es como una entrada de la calle en el pensar. No sé pensar sin la calle, sin la ciudad. No encuentro la paz a no ser que me encuentre caminando, como un sonámbulo, sorprendido e intimidado, activo y parsimonioso en el andar.
A menudo me he sorprendido a mí mismo caminando en medio de alguna calleja transitada, un andador o una plaza, como si no me hubiera dado cuenta de que estaba ahí, como si despertara de un sueño y me encontrara de pronto, inesperadamente, en el mejor de los lugares posibles.
Entonces entro en los sueños de los demás, somos masas soñando. Entiendo a la perfección aquello que los hombres del siglo XIX sentían al contemplar las ciudades y las enormes metrópolis en surgimiento. Los sueños que son de concreto, de hierro o vidrio, los sueños moriscos de San Cosme y los muros desvencijados de Iztapalapa; el atroz conglomerado de calles, aburridos fraccionamientos y palacios municipales de Barranca del Muerto y la estación del metro de los pinos. El atronadero estridente de cualquier paradero de autobuses en Tacubaya y Taxqueña. La desagradable atomización del espacio en el Estado de México; la belleza de Zacatecas (mi ciudad ideal), y recuerdo entonces la enormidad de las calles de Oaxaca, con sus fantasmales barricadas de 2006 y el mejor grafiti político del universo.
Nada me hace sentir más vivo que una buena ciudad, si no es buena no me invites. Y buena quiere decir complicada, llena de esquinas y laberintos, de gente que habla y camina, de cosas inesperadas como una marcha a la que te unes en trance con los demás, de clamores de justicia y de gente accionando lo imposible. Si no accionas lo imposible no me invites.
Una ciudad aburrida es una contradicción en términos.
Es impensable.
Una monstruosidad incurable, una locura sin pasos.
Si no hay personajes de bestiario que nunca figuraron en la imaginería de la Edad Media, no me invites. Prefiero al Don que toca mal el clarinete en Regina a la hora de la comida, siempre a la hora de la comida, a cualquier descripción erudita del Maleus Maleficarum. Si no tienes historias más surrealistas que los nopales del desierto, no me invites. Hazte y hazme un favor.
No puedo reír sin la expectativa de lo inesperado.
Si no tiene historias increíbles tu ciudad, si la gente no me cuenta cosas que jamás creería ni en mi sano juicio, entonces no me invites. A veces me gusta que me mientan, me gusta que las personas mientan si eso hace sus experiencias y relatos ingeniosos. Me gustan las buenas frases y las historias con las que empiezo a creer que me quieren tomar el pelo. Creo que todos tenemos derecho a mentir, que decir la verdad no debe ser una obligación universal; creo que mantener un secreto y decirte “Mira, tengo un secreto increíble, nunca jamás te lo hubieras imaginado; pero nunca te lo diré”, es una obligación hasta ética. Las personas transparentes, las personas que siempre dicen la verdad me aburren. No puedo entenderlas. ¿Por qué alguien querría dejar de guardarse sus secretos; no todos, algunos secretos nada más? Nunca entenderé a los que quieren que les digan la verdad y nada más que la verdad. Esos tribunales parlantes y con patas. A veces me gusta que me mientan.
Yo soy de los que les dicen a sus amantes: “Miénteme; si me quieres, miénteme por favor.” Porque una persona que miente es un mapa inaudito, un planisferio sin ruta, un guía roji sin GPS; una persona que sabe mentir, pero que sabe hacerlo de veras, siempre te dará grandes satisfacciones. Nadie ama tanto, ni más sinceramente, como los que mienten. Yo miento; sí, suelo mentir. Miento siempre, miento incluso para decir la verdad. Mentir es una forma de valorar a los otros, de creerlos tan listos como para esperar que sepan que eres un enigma y que te gustaría también (no, quizás e incluso) ser descifrado. Una persona que miente, pero que de verdad sabe mentir, es la mejor de las ciudades del mundo.
Las ciudades mienten. Por eso andamos las mentiras, las caminamos y trotamos, las respiramos en celo.
En el principio fue la mentira.
Una persona que miente es como cualquier ruta sin trazar de Guanajuato, un camino hermoso por donde hay restos de acueductos y túneles sin fin, una falta de planificación que te depara la sorpresa más placentera en cualquier esquina. Una glorieta sin vuelta, el fin de una chuchilla sin retorno o la avenida que confluye al maremágnum que conocías. Una persona que miente es como cualquier Distrito Federal que crece a la buena de Dios, con la inteligencia diversa de la gente, con los paracaidistas que dicen “¡Ajá! ¡Tú estás desocupada, tú eres mía!”, con la necesidad de los sin-hogar. Ciudad grande, ciudad monstruo. Moloch risueño que hace bromas crueles. Si no eres como el D.F., si en ti no me voy a abismar porque eres de mente plana como una carretera, si sólo la promesa del choque violento está en tus líneas de fuga, entonces no camines conmigo.
Una bella mentira es 10 veces mejor que 100 verdades mal contadas.
Así es una ciudad.
Siempre algo igual y distinto de sí.
Las buenas anécdotas son lo más parecido a una mentira, incluso si lo son. Por ejemplo: Estaba yo una tarde en la calle de Xalapa, bien saben que en la Roma, ya entrada la noche y tomando algún trago coqueto de agáve que no era tequila (se llamaba Pierdealmas y era lo que su nombre indicaba), cuando me subí a un taxi con buena compañía (no piensen mal) y balbucee mi dirección. Llegaba a mi casa y de pronto, sin más, con la luz apagada y los vecinos en juerga, un aparato de esos para medir la velocidad o la gasolina de un automóvil calló de la bolsa izquierda de mi abrigo. Sí, un radiador quizá o algo parecido calló de la bolsa izquierda de mi abrigo e hizo un sonoro ¡PUM! en el suelo. La cosa, quimera o artefacto, tenía agua, como si el auto se hubiera hundido más profundo que el Titanic; y el agua estaba adentro, sólo adentro, retando mi racionalidad diluida en sopor. ¿Qué diablos hacía un radiador de auto lleno de agua en la bolsa de mi abrigo, mi favorito por cierto? Es algo que jamás podré saber. ¿Alguien robó un auto y antes de entregarse lo puso en mi bolsa? ¿Hubo un agujero en el tiempo-espacio y de pronto eso apareció ahí, donde en una probabilidad de 1 en un millón era de un franco 0.0000000000000001 % que pudiera aparecer? ¿Alguien lo perdió en China, en Alemania, en la Agrícola Oriental? No sé, pero es una gran historia ¿no?
Pero no se me entienda mal. Me gusta que me mientan, dije; pero no soy tonto.
Hay cosas en las que sólo espero la verdad. En política, por ejemplo; en historia, también; en un examen de mis estudiantes, por supuesto. Las mentiras son para la vida cotidiana, van bien con la charla en el bar o el café; incluso para otras anécdotas más picantes. Para la sociedad no. De cualquier forma, sí, creo que el derecho a la mentira o a la omisión de datos es uno de esos espacios inexplorados para la libertad.
He dicho toda la verdad.

Ahora, ¿me crees?

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