Los
maestros tienen razón.
Los trabajadores de la educación que
protagonizan el levantamiento social de Chilpancingo han puesto sobre la mesa
un problema de dimensiones nacionales sobre el que pocos han profundizado con
tanta certeza y ahínco como ellos. ¿Cuál es este problema? Su movilización,
rápidamente conectada con luchas populares mucho más amplias y con una
verdadera agenda política y ciudadana, ha mostrado con toda claridad que la reforma
educativa suscrita por los partidos políticos, a solicitud del poder ejecutivo
de la federación, es todo menos una reforma profunda en el sector educativo,
tan indispensable en estos momentos de zozobra generalizada. ¿Sus razones? En
las sendas jornadas de protesta y levantamiento populares, el magisterio –con
esa sensibilidad tan preclara de las bases- ha mostrado que la reforma
educativa no es otra cosa que un ataque “legitimado” constitucionalmente a la
fuerza de trabajo de los maestros disidentes. Se trata de una reforma laboral
oprobiosa, disfrazada de problema educativo.
Las voces de los docentes de
Chilpancingo y normalistas de toda la República lo han dicho claramente: la
reforma es un ataque teledirigido contra la disidencia sindical del SNTE; sus
armas provienen de la modificación estatutaria de los artículos 3 y 73 de la
Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, donde se asienta que la educación
debe ser de calidad –criterio típicamente empresarial para valuar sus productos
en el mercado- y la evaluación deberá ser obligatoria –con la consecuencia de
que habrá efectos jurídicos a la larga sobre los trabajadores de la educación-;
sus instrumentos de legitimación gubernamental hacen uso de un falso consenso
democrático en los principales puntos de aplicación de la reforma, y de igual
manera presumen de gozar de un respaldo social generado a través del diálogo
entre legisladores y miembros de la sociedad civil donde se construyeron
acuerdos en torno a los puntos medulares del documento. Si descontamos la
participación de Mexicanos Primero (órgano con intereses privados, no lo
olvidemos), ¿cuántas veces se consultó a la ciudadanía acerca de los puntos que
constituyen la polémica reforma?, ¿cuántas veces la CNTE, y cualesquiera
actores que forman parte de la educación nacional, fue consultada para llevar a
cabo un diálogo profundo acerca de las dimensiones de una reforma educativa
idónea, acerca de los problemas regionales con los que lidian diariamente todos
los maestros del interior de la República, de la falta de infraestructura
adecuada para dar clases y de la inadecuación de programas de estudio a la
realidad local y nacional? Es evidente que esta reforma, como todas las demás,
fue realizada como un acto gubernamental unilateral, que no cuenta con el
respaldo social ni con la aprobación de la ciudadanía. El grave hecho de la
desinformación al respecto es indicativo de esta falta de consensos cabales en
problemáticas estructurales del país; pues a la fecha hay pocos ciudadanos
–además de aquellos ocupados directamente en los problemas educativos- que
cuenten con una información adecuada para elaborar un juicio mínimo con
respecto a las modificaciones sustanciales de la Constitución. ¿O es que no
importa la opinión civil cuando de reformar la acta fundacional del Estado que
nos gobierna se trata?
Incluso si dejáramos de lado ese
gravísimo problema, nos enfrentaríamos a otro de igual magnitud. De los cinco
puntos que conforman la reforma educativa contenida en el Pacto por México,
“base para transformar a México” según reza la publicidad gubernamental, la
cuestión propiamente educativa apenas se toca. Se habla de implementar un
Sistema Nacional de Evaluación Educativa, que estaría a cargo del Instituto
Nacional para la Evaluación de la Educación, cuyos criterios todavía
desconocemos; se habla también de establecer el Servicio Profesional Docente,
al parecer introduciendo una nueva regulación para evitar el nepotismo propio
de la cúpula del SNTE –lo cual es positivo- pero que deja intocado el problema
de la evaluación que ya ha detonado movilizaciones masivas de justo repudio a
su figura de “evaluación universal”; aparece también un Sistema de Información
y Gestión Educativa para realizar un censo en el personal que labora en el
sector educativo –problema evidenciado por la administración panista
inmediatamente anterior-, así como de la propuesta de la Autonomía de la
Gestión donde, se dice, los padres de familia junto a las autoridades escolares
tendrán libertad para decidir sobre gastos e inversión, adquisición de
inmobiliario y gestión de recursos –propuesta que, bajo el disfraz de un
fomento a la participación ciudadana, podría devenir en un esfuerzo de
privatización pronunciada en este rubro-; y se habla, finalmente, de
implementar, de manera paulatina y de acuerdo a la suficiencia presupuestaria
de cada caso, Escuelas de Tiempo Completo, con jornadas de entre seis y ocho
horas de clases.
Hasta aquí los puntos base de la reforma
educativa. De inmediato salta a la vista la centralidad que tiene la cuestión
de la evaluación, problema sensible dentro del magisterio disidente; pues los
anteriores esfuerzos panistas giraron alrededor de la “evaluación universal”,
cuyo examen quería ser elaborado por el SNTE –una de las partes en disputa-
haciendo inviable la aplicación de criterios propiamente educativos y
suplantándolos por criterios políticos en contra de los maestros que buscan la
democratización del sindicato, y las posteriores salidas al problema no se
solucionaron ni siquiera con la propuesta de que la SEP diseñara la prueba para
evaluar. El problema giraba en torno al instrumento de evaluación, no acerca de
la evaluación en sí misma. Un instrumento “universal” es inaplicable si de
evaluar al maestro de la Sierra en iguales términos que a uno del Distrito
Federal se trata; la prueba no sería equitativa, y pondría inmediatamente en
desventaja a unos maestros por encima de otros; se trataría, en realidad, de un
instrumento de exclusión y depuración de la disidencia sindical. Sobre este
antecedente, llama la atención el hecho de que dos puntos medulares de la
reforma se centren en la cuestión evaluativa; pues ante todo, los criterios
para diseñar ese instrumento no quedan claros, ¿será otra prueba universal?,
¿la prueba ENLACE tendrá efectos jurídicos sobre el magisterio?, ¿de dónde
provienen las pautas para la evaluación?, ¿de organismos nacionales o de
organismos internacionales como la OCDE? Al respecto, total silencio. Esto abre
la puerta para que el magisterio, con sobradas razones y experiencias, se oponga
radicalmente a la reforma educativa; pues, ¿qué garantiza la equidad de
condiciones en un proceso que, además, los ha excluido de su elaboración?
En realidad, detrás de la cuestión
evaluativa, detrás de la cuestión de la autonomía administrativa, la reforma
opera un ataque a los derechos del magisterio y sus fuentes de trabajo y sienta
un precedente de privatización anunciada. No lo dudemos: se quiere que el
maestro, igual que cualquier otro trabajador subcontratado, se convierta en un
“capital humano” con capacidad de acumular y administrar sus propias
habilidades y competencias para ponerlas al servicio de una empresa que da
servicio privado a sus clientes; con lo cual, la responsabilidad social del
Estado se acaba ante la cómoda “responsabilidad individual”, carente de
prestaciones, carente de seguridad social, carente de derechos en suma; se
trata, ni más ni menos, que de la implementación del principio de la libre
empresa que acapara, llenándolos con funciones económicas, espacios que antes
se encontraban libres del principio de competencia económico-empresarial.
Después de todo, como decía Margaret Thatcher, “no existe la sociedad, sólo
individuos”.
Por otra parte, esta reforma, que no es
educativa, deja de lado los problemas fundamentales acerca de los planes y
programas de estudio, de la currícula y la necesidad urgente de adaptar los
modelos educativos a las exigencias de la sociedad mexicana. La última reforma
educativa, la RIEMS y RIEB de la administración calderonista, significó un
severo ataque a las humanidades e incluso a las ciencias –que implicó una
rápida y justa actuación por parte de la comunidad filosófica del país-, al
implementar un modelo neoliberal de educación basada en las competencias y
habilidades que adiestran al estudiante para cumplir funciones e insertarse en
un mercado laboral sumamente inequitativo. En el fondo, digámoslo con claridad,
despreciar a las ciencias y las humanidades significa simple y sencillamente
despreciar a la democracia. Por lo demás, incluso el Plan Bolognia –sobre el
que se asienta nuestro actual modelo de competencias- ha hecho agua en Europa,
y contra su neoliberal implementación ya se han levantado los españoles de la
Puerta del Sol. La indignación nos carcome a todos, pero también nos da ánimos
para resistir al embate del tren que se descarrila sobre nosotros. Los maestros
que luchan contra la reforma educativa son la fuerza de trabajo que se niega a
ser “capital humano”, son un reducto de dignidad en medio de la pauperización
de derechos civiles y políticos que se cierne sobre todos nosotros.
Como pocas veces, la resistencia social
a la reforma educativa ha tocado directamente a las preocupaciones civiles en
Chilpancingo; pues la gente organizada sabe, intuye acertadamente, que este no
es un problema de gremios, no es un problema de una parte de la sociedad, sino
que es un problema de todos los que no tienen parte en este modelo
gubernamental que avanza con la maquinaria neoliberal del despotismo del libre
mercado. Creo que hay allí una razón por la cual las policías comunitarias de
Guerrero y otros sectores populares se han unido a la manifestación justa del
magisterio: saben que es un problema social, no podemos perder la educación
pública y gratuita; no hacernos cargo sería entregarnos total y plenamente a
políticas que merman la vida pública, de por sí lastimada por el propio Estado
y sus estrategias negligentes de seguridad, a la que todos los mexicanos nos
debemos. Desde 2006, las luchas del magisterio han probado, en ese intenso
laboratorio social que es Oaxaca, que pueden conectarse rápidamente con otras
movilizaciones y con el descontento popular ante las medidas que afectan y
destruyen sus lazos comunitarios. Chilpancingo no es la excepción. En este
sentido, cualquier solución que, de parte de las autoridades, no se encuentre a
la altura de la claridad política del magisterio y la sociedad es inaceptable.
En este respecto, no hay que dejarnos engañar por las desviaciones que se hacen
de esta problemática alarmante: la movilización magisterial no es sólo por un
ajuste salarial, ni es sólo una lucha corporativa, es, de hecho, una lucha
social que atañe a todos sin falta. No debe ser gratuito que la UNAM y otros
bastiones de la educación pública nacional se encuentren en la mira
actualmente; el conflicto educativo en México es añejo y no se ha avanzado en
su solución. La respuesta policiaca del gobierno federal sería la renuncia
tajante a la dignidad política de México. Si la sociedad hace oír su voz, es
necesario escucharla; las personas organizadas tienen un saber de sus
dificultades cotidianas, de los focos de poder con los que tienen que lidiar
día a día. Es preciso escuchar todo ese saber
sometido, incluso cuando no dice las cosas que a los poderes les gustaría
escuchar. ¡Con mayor razón debemos escucharlos nosotros, como sociedad y
ciudadanía! La verdad que ponen ante todos es esta: la reforma educativa no es
educativa; a lo sumo es una reforma laboral y administrativa que acentúa el
carácter gerencialista de la educación pública, la cual avanza alarmantemente
hacia el modelo neoliberal que es desastroso para la vida pública del país.
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