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sábado, 23 de febrero de 2013

Ideas para un ensayo próximo


Algo sucede con este presente nuestro que llamamos globalizado. Recientemente hemos presenciado los estragos de una crisis financiera y de crédito que se acarrean desde 2008, efectos de una liberalización del mercado que ha llevado al extremo la lógica neoliberal del capitalismo contemporáneo; en Norteamérica y la Unión Europea las políticas de recortes a los servicios y al sector público han adelgazado la seguridad social de las economías de Bienestar que, rápidamente, abandonan el modelo keynesiano de planificación y redistribución de la riqueza sin cuestionar los elementos propios del modo de producción: la apropiación privada de la plusvalía y el trabajo alienado, basamentos de la explotación según Marx. Paradójicamente, estos recortes de la reificada esfera pública –sometida a la ley de la forma mercancía que invadió espacios antes ajenos a lo económico- han confluido en una nueva deriva securitaria: desde los años ochenta del siglo XX, luego del fallido New Deal, la administración Reagan dio forma, instrumental y financiamiento al “consenso de Washington” que reordena la hegemonía –ahora global- de los dispositivos de seguridad que constituyen la racionalidad gubernamental vigente. Desde entonces los Estados-nacionales del orbe, incluso en nuestras regiones, han aplicado sistemáticamente una política de guerra contra el crimen organizado y se alinean al bloque histórico que ve la necesidad de exportar “democracia” a aquellas regiones en donde las redes espectrales del terrorismo global subsisten real e imaginariamente en países y territorios de Medio Oriente, que padecen todo tipo de poderes despóticos y autocráticos como efecto de más de un siglo de modernidad precaria y subyugada. La guerra y el conflicto se han desterritorializado tanto como los actuales flujos del capital financiero, sin perder nada de la triste explosividad que hizo de la barbarie una condición propia de la modernidad. Hoy la derrama financiera acompaña, como siempre ha hecho, a la otra derrama, aquella de la sangre y formas de vida que son señaladas por el mal radical como el mal absoluto en contra del cual un mundo que se quiere Occidental, cuya complejidad crece día con día, debe oponerse bajo los lineamientos del mercado de armas y una creciente militarización en el ordenamiento local y regional. El capital financiero impone su imperativo categórico en todas las latitudes.
Esto ha hecho la desgracia, también, de América Latina. Basta con pensar en los casos de Colombia, Chile y México, quienes en su apego al liberalismo en su nueva forma han sembrado las nuevas condiciones del terror que es ahora la pesadilla civil en su etapa más reciente. En gran medida estos conflictos se han centrado en la circulación de la droga y su mercado sanguinario. Colombia, cuyo proceso de nacionalización de las masas y de su proyecto político nunca cristalizó cabalmente en una forma gubernamental, lidia ahora con los estragos de los blancos positivos y la paramilitarización sin tregua; de similar forma México enfrenta hoy por hoy una crisis en las estructuras estatales cuya ocasión ha sido algo más grave que el problema de corrupción, la regresión hacia un autoritarismo de conservador talante -que hemos visto con alarma- nos enfrenta a niveles de violencia propios de una guerra civil, sin que haya estallado una por el momento. Los “daños colaterales” de la estrategia nacional de seguridad nos dejan un apabullante saldo que algunos contabilizan en 80, 000 muertes, producto de los conflictos protagonizados por las fuerzas de seguridad pública y un ejército con amplias facultades. El “estado de excepción” de facto parece ser ley en nuestros aciagos tiempos. En Chile la cara visible de la movilización estudiantil se opone a las medidas de privatización y busca hacer del derecho a la educación una realidad allí donde las leyes del mercado coartan toda forma de bien público.

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