En Le droit à la philosophie du point de vue cosmopolitique Jacques
Derrida, mediante procedimiento típico de la deconstrucción, se preguntaba: ¿Dónde puede
caber tal derecho? Se trataba, por
cierto, de una figura no contemplada por la estructura jurídica de nuestras
sociedades; ni nacional ni internacional, cabe decir. En conferencia ante la
Unesco (institución emanada de cierto
discurso filosófico moderno, a decir del franco-argelino), Derrida señalaba que
el contrato signado entre la cuestión
y el lugar ocurría en una experiencia
cosmopolita de la filosofía; pero no una consolidada, sino apenas en envío. Dicho envío debería tener una opositora irrupción: agonismo que
rechazaba por igual tanto al eurocentrismo como al anti-eurocentrismo de la
filosofía y la memoria griega situada
en su lengua, ambos síntomas de la cultura misionera y colonial; sólo esto
podía asegurar su cosmopolitismo incondicional. Contra el colonialismo y el
neocolonialismo, la filosofía –en una lenta labor histórica, en curso y por-venir- se dice en voces plurales que
la ex apropian de un conjunto de
fuerzas determinado (fuerzas de la lengua, de la censura, de los
Estados-naciones, del anti-cosmopolitismo en curso, etc.). “No sólo hay otras maneras
de hacer filosofía, sino que la filosofía, en este caso, es la otra manera.”[1]
Su radical alteridad hace que la
filosofía sólo pueda tener lugar mediante el cuestionamiento radical de las
instituciones de enseñanza y su singular historia. Para el pensador el derecho a la filosofía era también el derecho a la democracia.[2]
Pese a su invención griega la democracia no tiene una sola historia; figura sin
figura, antes que forma de gobierno, la democracia
también está por-venir: se trata de
un performativo -una promesa-, en
cuyo nombre es posible criticar y oponerse a la democracia tal como existe hoy;
esa de la herencia liberal y aún neoliberal donde el poder popular se reduce a mero procedimiento
gubernamental.
Lo anterior es destacable por cuanto
en nuestros días prevalece la sospecha de que la gubernamentalidad propia del neoliberalismo pretende acabar con el derecho a la filosofía hoy. Pero este derecho, que parece cancelado por la
economía y las estrategias militares que conforman su racionalidad securitaria, ha de inaugurar una política del derecho a la filosofía para todos y por
todos; no se trata de una política de la ciencia y de la técnica, reducida a la
administración gerencial de “políticas públicas” dispendiadas por el Estado,
sino de una política del pensamiento
que excede a la gubernamentalidad en
pos de la democracia por-venir. Es
por ello que la oposición a este acontecimiento, la resistencia que ofrecen las
instituciones de la Secretaría de Educación Pública a la filosofía en nuestras
latitudes, no es sino una resistencia
autoinmune de la democracia dirigida en contra de la democracia misma. Violencia endémica, si se quiere, similar a las
enfermedades donde el cuerpo atenta contra sí mismo; la autoinmunidad a la democracia cancela las posibilidades de su progreso y por-venir.
Es por ello que a la pregunta: ¿Por
qué tanto miedo a la filosofía –ese saber sin poder, según pensaba Deleuze-? La
respuesta suela ser equívoca: se la teme por propiciar el pensamiento crítico,
dicen unos; pero hay especialistas en filosofía que no muestran un desarrollo
de éste último. Oculto detrás del miedo a la filosofía se esconde un síntoma
mucho peor: es el miedo a la democracia
por-venir, es el miedo a un progreso no gerencialista de lo democrático.
Es el miedo a una alternativa
democrática que se resista a la gubernamentalidad neoliberal. De ahí que la autoinmunidad de las democracias
existentes se resista a la democratización
otra. Por eso se cancela o empobrece el derecho
a la filosofía, porque ello implica cancelar o empobrecer el derecho a la democracia por-venir.
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