Donovan Hernández Castellanos
¡Las multitudes son contagiosas! ¡Ante todo,
hay que protegerse de ellas! ¡El 99% es peligroso y tiene una rabia capaz de
destruir el orden imperante! ¡No te dejes infectar! Ese parece ser el mensaje
implícito en el reciente film conocido en México como Guerra Mundial Z, basado en el best-seller del mismo título. Como
se sabe, el cine, al ser un arte colectivo, no sólo incluye a las demás
expresiones estéticas de nuestro mundo, sino que también contribuye, en no
menor medida, a mostrarnos los fantasmas
que se encuentran trabajando colectivamente en el registro social; a menudo
estos fantasmas, esa relación que
Lacan llamó fantasmática con la
realidad, hace que algunas relaciones sociales se muestren inteligibles ante el
espectador que observa cómo algunos imaginarios colectivos se realizan espectralmente sobre la pantalla.
¿Cuál es la verdad que pone
en marcha? Los zombies han sido un
recurso habitual, a veces crítico, dentro de la sociedad de masas. Desde su
surgimiento, estos cadáveres que transitan canívalmente las calles han mostrado
las pesadillas de masas ante los problemas sociales más variados: desde el
consumismo de los años setenta hasta la memoria intramitable con Le Revenant en la miniserie francesa, e incluso
las aporías de la racionalidad securitaria con The Walking Dead; la muerte y las masas acéfalas han sido figuras
consentidas por el gusto masivo dentro de los espectáculos de entretenimiento
globales. Guerra Mundial Z no es
original en este sentido; prolonga y a menudo reproduce viejas fórmulas dentro
de este género añejo, pero al mismo tiempo pone en marcha una imaginación nueva
que es acorde con la percepción mediática de las protestas de masas que ahora
tienen lugar a nivel global, con una fuerza y efectos al parecer todavía
impredecibles. Se diría que el film es una suerte de respuesta neoconservadora
a 2011 y sus secuelas, con los movimientos de multitudes que protagonizan la
vanguardia de las acciones emancipatorias de la actualidad.
I
De
ser muy reductivo, diría que el imaginario expuesto en el film no es otro que
el del neoconservadurismo republicano de la derecha norteamericana. Y sin duda,
es así. El film responde a una visión compartida por ciertos sectores de la
sociedad de Estados Unidos, reitera valores difundidos socialmente gracias a
sus poderosos aparatos mediáticos y de telecomunicación, pero sobre todo
muestra de qué manera esos sectores han tramitado la serie de procesos multitudinarios
que han surgido a raíz de la gran crisis financiera de 2008 y los confronta en
piezas como ésta. No es la primera vez que esto sucede. Piezas como The Dark Night Rises y otras similares,
han mostrado de qué manera la imaginación neoconservadora ha tramitado el
fantasma desestabilizador de las movilizaciones sociales del Occupy WallStreet
al conjurar el extremo anárquico de una supuesta sociedad sin orden ni
gobernabilidad; un mundo en el que la frontera –no sólo territorial-
republicana de la Ley y el Orden ha sido desplazada por la desmesura
demográfica de hordas que han abandonado los cómodos placeres permitidos,
tolerados y alentados por una visión cuasi evangélico-mesiánica, y ha sido
desbordada por el goce que irrumpe
ante el peligro de la forclusión del Nombre del Padre (instancia de la ley
simbólica) y que amenazan con un ataque psicótico de la muchedumbre, de las multitudes
que amenazan toda estabilidad autocontenida, unidimensional. En este sentido,
la película traza una rápida imagen estereotipada de la alteridad insurrecta al
american way of life.
En
efecto, el film exhibe una interfaz de imaginarios al mismo tiempo sanitarios, científicos,
geopolíticos, antimigratorios, xenófobos, de un paternalismo autoritario y republicano,
pero sobre todo ostenta una preocupación muy real del biopoder que ha diseñado una serie de dispositivos que obedecen a
una racionalidad securitaria global.
El
guión es bastante eficaz para transmitir y configurar todo ello. Un hombre de
familia, que en su pasado trabajaba en organismos de seguridad norteamericanos
y transitó como enlace en la ONU, observa las noticias locales donde se informa
que el gobierno de su país dictó “ley marcial” y las garantías individuales son
suspendidas por el “estado de excepción”, al que la población queda sujeta; se
recomienda alejarse de zonas transitadas con densidad demográfica. El rumor de
un nuevo virus mutante se propaga imparablemente junto a los flujos de
información. Las tareas cotidianas se imponen; la familia sale. Atorados en el
tráfico, notan un inusual movimiento policiaco y un ambiente anómico flota en
todos los ánimos. Entonces todo acontece. Hay estallidos y explosiones en medio
de Filadelfia, la gente corre en una anarquía que denota la situación anómala;
entonces, un camión de basura corre desbocado y, al volcar todos los demás
automóviles semiestacionados, abre un hueco por el que la familia escapa en su
vehículo particular. Pero tras un choque en carambola se ven obligados a salir
del auto y a mezclarse en los flujos demenciales de una multitud fuera de
control. Es entonces que notan que, entre los que corren despavoridos, se
encuentran multitudes que brincan sobrehumanamente sobre los demás,
mordiéndolos con violencia y trastornando los cuerpos de los inocentes que se
levantan y comienzan a atacar a los demás civiles en regla. Es imposible
detectar al enemigo, pues se encuentra en todas partes; son todas esas multitudes
sin ley, son todos esos cuerpos anárquicos que devastan todo a su paso. La
multitud es el enemigo y la muerta encarnación de la anarquía, que debe ser
erradicada. La familia del protagonista (interpretado por Brad Pitt), por
supuesto, logra escapar en un remolque con equipamento hogareño (el hogar es un
valor fundamental dentro del neoconservadurismo sureño); al llegar a un centro
comercial en las afueras de Filadelfia, los civiles sin estructura atracan y
toman todo lo que está a su alcance dentro de un supermercado en una viva
imagen de la desintegración de la sociedad civil que valoriza las mercancías en
el pánico securitario y sólo busca desorganizadamente su propia sobrevivencia
individual ante la amenaza amorfa que diluye toda individualidad radicalmente;
incluso un policía, ante cuya aparición la gente suspende espantada su hurto
caótico, comienza a llevarse todo lo que puede. No hay ley. Al alojarse en un
edificio derruido de los márgenes habitados por los latinos, la familia es
alojada por una modesta familia mexicana que se rehúsa a salir y arriesgarse a
sobrevivir en la tierra sin orden de los zombies. Al negarse a obedecer las
indicaciones bondadosas del ex –espía, al rehusar la orden patriarcal y
militarizada del efectivismo norteamericano, la familia habrá de perecer
también ante la multitud rabiosa de los muertos vivientes. Con excepción de un
pequeño, un niño mexicano perfectamente asimilado que decidió salvarse al
seguir el hegemon militar; el mensaje
es claro: sólo los “latinos” aculturados en la hegemonía de Estados Unidos
pueden ser “aliados” confiables, a los cuales Brad Pitt les puede confiar incluso
su familia, pues son obedientes y serviciales; esto muestra una imagen ideal en
la que los “latinos” siguen siendo menores de edad, que deben ser resguardados
por la madurez militar de los Estados Unidos, la única capaz de salvarlos del
desborde de la multitud rabiosa y hambrienta que carcome toda civilización a la
vista. Al desobedecer a su padre, el pequeño no sólo salva la vida y la
integridad de su individualismo sino que obedece y reitera la capacidad de
establecer una regulación fuerte que proviene del Norte. Y esto significa algo
en un país que enfrenta el problema de la reforma migratoria bajo la
administración de Obama.
Problema
de biopoder, ante todo. Y de geopolítica, cabría agregar. El protagonista, que
sólo accede a formar parte de peligrosas misiones de incursión en hoyos de
humanidad inconfesables luego de que la seguridad de su familia queda
garantizada por el “estado de excepción” en esas tierras de nadie que son las
aguas internacionales, es un defensor de los ideales de familia, propiedad,
patria y seguridad a toda costa en un orden global amenazado por las multitudes
iracundas de los muertos que se rehúsan a descansar en la tierra. Sin embargo,
hay una suerte de resignada protesta dentro de esta hegemonía que es
representada por las quejas de la esposa, quien le recuerda al protagonista la
manera en que las misiones violentas lo habían afectado en el pasado; pero no
hay tiempo que perder, no se puede desgastar al soldado en cosas sentimentales,
al menos no si la seguridad de todo el proyecto civilizatorio se encuentra bajo
un peligro radical.
II
Hay
algo, con todo, notable en el film. ¿Cómo se imagina el siglo XXI al mal
radical? En los años ochenta era muy fácil de responder. La ideología del “mundo
libre”, del New Deal y de las
sociedades de libre mercado se representaban al mal absoluto como un peligro humano: el malo es el antagonista en
el socialismo; el mal debía ser el socialismo como contrapoder al capitalismo
desarrollado. Los rusos y sus aliados eran el mal. No había duda. Pero tras la
caída del Bloque Soviético, ¿dónde está el mal? La geopolítica del enemigo se
ha desquiciado, ha perdido toda brújula. El mal no está en el Este
intercontinental, se ha diluido pero sigue siendo mortífero. Una imaginación paranoide ligada a las dos
superpotencias no sólo antagonizaba toda representación del Otro, sino que
inscribía rápidamente al mal dentro de límites y zonas bien específicas, que
estaban siempre allí para reacentuar el carácter identitario de la política. Pero,
luego del “triunfo” del capitalismo, del “fin de la historia”, ¿qué hacer con
el mal? Aquél que no sabe dónde está el mal con certeza absoluta, puede ser
contagiado por él sin saberlo. Nuestro mundo hipermoderno, tecnológico y
desarrollado ha, incluso, eliminado lo real con fervor. Ante cada cataclismo,
ante cada catástrofe natural como una epidemia, un sunami, un terremoto o la
actividad de un volcán, la reacción más común de cualquier persona de a pie
consiste en recriminar la ineficacia del gobierno; como si más allá de la
actividad humana, no pudiera ser creíble que hubiera fuerzas que desbordan
cualquier capacidad de control. Si hay una inundación, la culpa es de los
gobernantes. No hay más.
En
este sentido, el film plasma con toda su fuerza este razonamiento biopolítico,
esta preocupación global por la administración gubernamental de las poblaciones,
al presentarla como una crisis mundial
sanitaria. El mal radical del
siglo XXI no es ni el terrorista ni el socialista, es una enfermedad tan otra, tan radicalmente Otra que su ubicación no entra
dentro de los designios y normatividades de la razón del biopoder. Pues
aquello que infecta a tirios y troyanos (a la India, Corea del Norte, los
pueblos árabes y a toda América Latina, desbordando las fronteras obsoletas
hasta llegar al propio centro de los Estados Unidos) no se sabe si es un virus
o una bacteria. Problema de salud demográfica entonces, pero problema de
explosión demográfica también: quienes atacan son las hordas excesivas, con un goce sangriento por destruir los valores
del norteamericano promedio.
Ya
otras películas de ciencia ficción, como Guerra
entre dos mundos, han puesto a trabajar la idea de que el mal no se
encuentra en el exterior ni fuera de las fronteras donde la soberanía es
efectiva, sino que se encuentra adentro,
en el interior de la Tierra. Incluso
las máquinas terribles del exterminio humano se encontraban en lo más profundo
del planeta y surgirían del subsuelo como una catástrofe. En cambio Guerra Mundial Z hace que lo biológico –o
contrabiológico- se confunda rápidamente con lo político. El Otro no es
inhumano, es lo muerto que renuncia a ocupar su lugar en el cementerio de la
historia; pero también ocurre que cuando no puedo ubicar dónde está el otro, cuando no puedo saber qué me
distingue de quien tengo enfrente, yo mismo puedo ser el otro en un imaginario aterrorizado que hace del sujeto una función
del miedo. Si no hay pacto social capaz de establecer fronteras y apaciguar mis
ansiedades con un poder intermediario entre las partes equilibradas que refuerza
la “ficción de la igualdad”, entonces sólo queda el caos que los comunes introducen entre los individuos
amenazados. Se ha hecho hincapié en la manera en que los zombies atacan multitudinariamente, incluso tumultuariamente, pero
pocas veces se percibe que también actúan de manera solidaria (en el film se llega a decir: “procura no matar a
ninguno, porque eso los hace enfurecer”; se diría que no menos que a los
disidentes que sólo han visto caer víctimas de su lado en las dictaduras del
Cono Sur, o como sucede en las favelas
brasileñas, en las revueltas egipcias y palestinas, en las agrupaciones
campesinas en México, etc.). El problema es que uno mismo se puede ver infectado de esa solidaridad comunal, uno
corre el riesgo de convertirse en esa plaga que el aterrado blanco maduro y
experto en pericias militares y contrainsurgentes trata de exterminar a toda
costa. Uno corre el peligro abrumador, en medio de una crisis biopolítica y del
colapso mundial, de convertirse en el 99%; eso y no otra cosa es el miedo claro
y distinto de la clase media y de la burguesía norteamericana. ¡A los zombies
sólo les faltaba llevar una camiseta de Occupy WallStreet!
Para decirlo de una buena
vez: el zombie es el disidente, la oposición multitudinaria y acéfala, incapaz
de establecer coordinaciones lineales en sus acciones, descentralizada y sin
vértebra, casi anarcoide, pero que ataca de manera fluida y mortal mediante
enjambres rizomáticos. El zombie son todos los desposeídos, los hambrientos, la
explosión demográfica incontenible capaz de desbordar toda frontera securitaria
y rígida, todo sistema de control y seguridad, los que no caen ante las balas y
resisten sólo con sus cuerpos el embate de las fuerzas organizadas, reagrupándose
y dislocándose, actuando como multitud.
No hay sistema actual capaz de replegar a la multitud. Por eso la película es conservadora y muestra un talante
xenófobo. Ante el fuerte despliegue de las fuerzas demográficas de una sociedad
que cuenta con hordas de jóvenes universitarios sin empleo, de trabajadores
pauperizados, de favelas
incontenibles, de la muy real crisis alimentaria fomentada por los monopolios
transatlánticos que tienen el poder sobre la distribución desigual de los
recursos naturales, sólo puede haber una respuesta: más dispositivos de
seguridad. El film muestra una muy real crisis del biopoder contemporáneo, así como una muy real reestructuración del
capitalismo coaligado globalmente. Al respecto, las escenas que muestran los
flujos rizomáticos de los muertos vivientes, esos remanentes de la historia que
somos la mayoría, son de un despliegue tecnológico y estético sin par.
Pero, al mismo tiempo que
esto ocurre, el film insiste en que la racionalidad científica es incapaz de
hacer frente a esta crisis sanitaria que es esa disidencia biopolítica
manifestada multitudinariamente. Volviendo al tema de la naturaleza, un
científico experto en enfermedades epidémicas que afectan a grandes densidades
poblacionales insurrectas, defiende que la naturaleza es “una asesina serial”;
lo cual ciertamente expresa una opinión elevada a sistema en la conformación
moderna del saber científico, que ha trazado una relación de dominación sobre
su otro, la naturaleza. Dominar a la naturaleza, incluso al animal que hay en
el hombre, y hacerla servir a la humanidad, ha sido desde la modernidad
temprana el designio de la ciencia. Adorno y Horkheimer han insistido en ello
en Dialéctica de la Ilustración.
Aquí, el científico no hace más que reafirmar ese proyecto moderno-ilustrado
patriarcal. Sin embargo, al salir de expedición en busca de una cura en una
base militar, el científico muere al desobedecer las indicaciones militares y
entrar en pánico. La película es implacable: la racionalidad científica ya no
es capaz de interpretar correctamente los problemas mundiales, es el turno del
pragmatismo autoritario de las fuerzas de seguridad internacionales hacerse
cargo de someter aquello que la ciencia sólo ha tratado de explicar y
comprender. El orden del mundo no es un asunto de ciencia, sino de efectivismo
militar. Sólo la racionalidad securitaria global puede hacerse cargo del mundo
en tiempos de crisis de multitudes, demográfica, alimentaria y sanitaria. El
pensamiento único cambió de profesión; el espíritu del mundo lleva uniforme y
placas de la ONU.
III
Quizá lo más notable del
film es su diagnóstico acerca de los dispositivos de seguridad del biopoder
global. A los ojos del director, guionistas y equipo de filmación la seguridad
nacional encasquillada en el espacio territorial del Estado tradicional son
absolutamente incapaces de ponerle un freno a los que intentan jalar el freno
de emergencia de esa catástrofe que llamamos progreso. Esto se hace visible y
se eleva al nivel de “evidencia” en la relevante escena situada en Israel.
Cuando el protagonista sigue una pista que lo lleva a aquél “oásis de
democracia en medio del desierto” (no sin conjurar el terror atómico en una
explosión que desestabiliza su nave), se encuentra con un espía del Mossad que
interceptó un cable en donde generales hindús hablaban de una lucha extraña
contra muertos que revivían (la pesadilla de masas que implican las economías
emergentes ante la hegemonía norteamericana). Justificado con una lectura
hollywoodense de tradiciones talmúdicas, el hombre dice que si nueve personas
están de acuerdo en un mismo diagnóstico es tarea del décimo hombre dudar de
todo y reiniciar una investigación exhaustiva y piadosa. Es así que el hombre
del Mossad asume que si el general de la India afirma que combate con zombies,
lo que quiere decir es que se tratan verdaderamente de muertos vivientes. Luego
del periplo del espionaje y de mostrar las alianzas globales y securitarias de
ambos socios, el espía israelí lleva al protagonista a una impresionante
frontera física que Israel construyó para recluirse del exterior y defender la
seguridad interna del “amenazado país”. Esto es así porque, según el espía
ficticio, los judíos de los años veinte creían imposible la construcción de
campos de exterminio, más tarde creían imposible que los árabes entraran en guerra
con ellos (ni una mención a la catástrofe palestina) y luego de tanta confianza
injustificada en la buena fe del mundo había que pasar a la ofensiva y crear un
fuerte Jérico para Jerusalén. Estos muros, este férreo control militar en la
región obedece al criterios de seguridad de Estado. Sin embargo, en las
fronteras reciben a gente del exterior (benignos con los árabes, después de
todo) pues “cada hombre que salvamos, es un enemigo menos con el que combatir”.
Más claro, ni el agua.
Pese a ello, los zombies
logran entrar en el securitario Israel mediante un impactante ataque enjambre
sin coordinación central pero con una efectividad estratégica asombrosa.
Haciendo una pila de cuerpos, las multitudes del exterior entran y devoran la
ciudad por completo. Dejando indemnes, por cierto, sólo a los débiles y a
quienes padecen una enfermedad terminal. Cosa que le dará al protagonista la
clave para solucionar el problema. Lo interesante es que la película exhibe que
el viejo orden estatal y su seguridad interna ha periclitado, es caduco y no
alcanza a solucionar los problemas del 1% mundial. La crisis que amenaza con
destruir el orden capitalista requiere de una seguridad desterritorializada,
capaz de volver a regular con fuerza sin la necesidad de panópticos
decimonónicos. La seguridad debe de ser tan fluida y descentralizada, tan
global, como la amenaza multitudinaria al orden existente. No es baladí, por
ello, que según el film la crisis sanitaria comenzara en los aeropuertos, esas
verdaderas zonas estratégicas de interés global para todos los países. Los
aeropuertos se han convertido en un problema de seguridad mundial, en una clave
para la estabilidad de las seguridades regionales incluso.
Con todas las autoridades
sociales fuera de juego (clínicas desoladas, centros de investigación llenos de
multitudes, etc.), sólo la autoridad militar descubre que los zombies no atacan
a quienes padecen una enfermedad severa. Hay que enfermar para salvarse. En una
crisis esto no es cualquier cosa. Sólo profundizando los síntomas con estoica
valentía, es posible sobrepasar la crisis del capitalismo para reestructurarlo
y que la maquinaria se reestablezca por la vía de la fuerza ejemplar. Las
últimas líneas de la película son quizá las más significativas y alarmantes;
pues “todos aquellos que puedan luchar, deberán luchar; pues esta guerra está
por comenzar”. Lo que implica hacer frente a todas las multitudes mediante la
fuerza militar descentralizada. Por supuesto, esto es una película y se trata
de fantasmas que son proyectados por
algunas personas; pero los fantasmas
tienen un asiento en la realidad.