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lunes, 24 de junio de 2013

¿”PRIMAVERA ÁRABE”? PARA UN ANÁLISIS DE LOS EPICENTROS DE LA REBELIÓN MUNDIAL


1.    La elocuencia de Bouazizi

Donovan Adrián Hernández Castellanos

I
La mayoría de los relatos comienzan con una hagiografía: el 17 de diciembre de 2010, en una pequeña comarca llamada Sidi Bouzaid -austera provincia de Túnez-, un joven de nombre Mohamed Bouazizi se autoinmola trágicamente, encendiéndose fuego frente al gobernorado de la ciudad después de rociarse gasolina sobre el cuerpo.
¿Sus motivos? El joven licenciado en informática, universitario desempleado, mantenía a su pobre familia vendiendo, como miles, frutas y verduras en un puesto callejero de la plaza cercana a la institución estatal. La policía, como de costumbre, pasó a solicitar las cuotas respectivas al soborno de a diario; ese azote de las fuerzas de trabajo prescindibles para la “libertad del mercado”. Pero Bouazizi no tenía para cubrir la cuota altísima que le abriría la puerta al “ilegalismo tolerado”. Los polizontes le arrebataron sus humildes mercancías, así, como si tal cosa; al reclamar, Bouazizi sólo recibiría un bofetón propinado por una policía en plena cara, en prenda de una humillante respuesta. Humillado y ofendido, el joven fue al protectorado a quejarse y levantar acta del abuso policíaco que los ambulantes sufrían cotidianamente. Las oficinas callaron, el gobernorado lo corrió. Presa de una humillación y un encono labrado con años de sufrimiento ante las desigualdades estructurales de la sociedad tunecina –pero, ¿no podría ser cualquier sociedad de cualquier parte del mundo?-, Bouazizi encendió su cuerpo para mostrar su ardiente rabia y su desolación sin esperanza ante un mundo que se daba el lujo de prescindir de él.

II
Lo demás es historia: los ambulantes cercanos llegaron en el acto, regresando al día siguiente con más fuerza; convocados por activistas, familiares de Bouazizi y ambulantes que ostentaban su justa rabia azotaron las puertas del gobernorado (el equivalente nacional sería un MP), y entonces la policía los confrontó. Al ver la posibilidad de la dispersión que aseguraría la impunidad, varios manifestantes comenzaron a grabar con sus celulares las imágenes de la represión para difundirlas luego en las redes sociales; pero, sobre todo, otros tantos fueron a solicitar el apoyo de la principal zona del comercio informal en Sidi Bouzaid, recibiendo una respuesta por demás inesperada. Los vendedores, perlados del sudor en sus dignas frentes, asistieron a reforzar las protestas, que, como el fuego de Bouazizi, alimentaron las ardientes jornadas que pronto comenzaron a estallar en todo Túnez. Las regiones mineras, tan movilizadas siempre, sobre todo en 2008, desbordaron a sus cómodas dirigencias sindicales, enriquecidas bajo la sombra del dictador Zidine Albidine Ben Alí, y sentaron las condiciones de una movilización revolucionaria que, para sorpresa de tirios y troyanos, estalló antes que en ningún otro sitio en Túnez. Precisamente esta región, geopolíticamente irrelevante, que había sido desde hacía tiempo la zona vacacional de los europeos acomodados, una suerte de nación-balneario para Occidente; esa región, que gozaba de la fama –injustificable, hoy lo sabemos- de ser un país con un islamismo “moderado” y de ideas progresistas, un oasis de “modernidad” económica en medio de la “barbarie desértica” –a decir del FMI-; ese Túnez, repito, de la dictadura sempiterna del general Ben Alí, aliado de Francia en la zona y protegido injustificablemente, pues bien, esa región sería la primera protagonista de las grandes revueltas árabes, que tomaron por sorpresa el año de 2011. “Ben Alí, dégage!”, sería la primera consigna que detonaría un proceso de emancipación largamente cimentado.

III
No fue la primera, ni, por desgracia, la última vez que un joven profesionista desempleado incendiaría su cuerpo a lo Bonzo como último recurso de denuncia. No fue este acto la causa de las movilizaciones que estremecieron al mundo; pero sí que fue un detonador. Habría que preguntarnos, con rigor analítico y más allá del entusiasmo y la autoproyección, por las razones que otorgaron a este acto una fuerza tan singular. A mi juicio, sólo es posible comprender la significatividad de este episodio –pues, a querer o no, hoy forma parte de las narrativas con las que nos contamos la apertura del ciclo libertario en Medio Oriente- a partir de los marcos narrativos, diferenciales y regionales, que otorgan inteligibilidad, dignidad y sentido a las vidas humanas en cualquier sociedad. Mi pregunta, en la línea crítica abierta por Judith Butler en Vidas precarias y Marcos de guerra, es por la ontología histórica que hace que ciertas vidas adquieran el nivel de “vivibles” y “humanas” en determinadas situaciones coyunturales e históricas. Dicho de otra forma: ¿Qué le da realidad, capacidad de realización a una vida y qué hace que una vida cuente como “vida digna” o, como en este caso, como “vida política”? Quisiera contribuir, pues, a hacer una “ontología del presente”, como diría Michel Foucault. A menudo estos marcos narrativos movilizan normativas que son realizadas en nuestras prácticas sociales, de tal forma que la “humanidad” se construye en relaciones de poder, formas del discurso y prácticas de subjetivación mediante las cuales incorporamos, reiteramos o damos asilo en nuestros cuerpos a normas de género, etnia, etc. cuya genealogía precisa debe ser trazada. Un argumento que da fuerza a estas razones, insistiría en mostrar que por sí solos los actos de autoinmolación no necesariamente dan paso a una movilización amplia, nacional y regional. Túnez, así como todas las demás regiones, observaron cómo después de 2011 varios jóvenes han replicado la acción de Bouazizi sin despertar una movilización que ni remotamente replica la fuerza de la Revolución del Jazmín, como se conoce esta etapa de la política árabe. De tal modo que no es el simple acto solo y aislado, sin compañía de un marco que le dé sentido y coherencia política, lo que detona la acción. Hemos visto como en otras latitudes se han intentado aplicar mecánicamente tanto formatos de protesta como plataformas de movilización sin que de hecho ocurra un proceso civil tan amplio ni con esa contundencia. Lo que deseo mostrar es que, de hecho, el “marco político” en el que el acto incendiario de Mohamed Bouazizi fue inscrito pre-existía lógicamente al pasaje al acto de la autoinmolación y que esto define a nivel regional una modalidad de ejercicio político sobredeterminado, que debemos analizar con rigor.
La política incendiaria (metafórica y físicamente hablando) de Bouazizi fue una “puesta en escena”, diríamos una “puesta en acto” dada su publicidad, radical y austera, muda y a pesar de ello sumamente elocuente, que fue eficaz, en esas circunstancias y no en otras, para despertar un proceso de solidaridad social (en oposición a estatal o de “políticas públicas”) y más tarde de acción revolucionaria. ¿Por qué?
Bouazizi puso en acto una “política del cuerpo” radicalmente performativa que fue eficaz para detonar un proceso de solidarización entre los sectores subalternos que, sin duda, tenían ya buenos y poderosos motivos (que percibían de facto los actos oficiosos de las fuerza públicas como radicalmente intolerables) para librar un enfrentamiento con las fuerzas del gobernorado provincial y, sorpresivamente, con el régimen entero de Ben Alí. Lo singular del caso radica en que la autoinmolación de este joven estaba inscrita en un marco normativo y narrativo sumamente saturado tanto por el clasismo habitual en los centros de estabilidad y/o relativa prosperidad económica (que siempre beneficia a las burguesías locales, dada la lógica capitalista de las relaciones en Túnez) como por la actuación disuasiva/persuasiva de los medios análogos que han instalado una política del “respeto a las autoridades, instituciones y canales de transformación social establecidos”. El acto de Bouazizi no sólo desbordaba o desobedecía ambos marcos hegemónicos, de los aparatos ideológicos de Estado (Althusser), sino que se rehusaba activamente a ser comprendido por ellos –por ser una política radicalmente física, estremecedoramente corporal- a la vez que se encontraba sobredeterminado por la adscripción de Bouazizi a tres sectores subalternos y a uno que forma parte de las clases medias de la población, dando paso así a cuatro narrativas que a la postre resultaron sumamente potentes y cohesivas: a) Bouazizi era un joven desempleado, a pesar de su especialización en un mundo en el que cada vez son más importantes los flujos de información y, por ende, los ingenieros electrónicos; b) era un vendedor ambulante, es decir, formaba parte de un sector subalterno sumamente vulnerable, que era desposeído violentamente de su sostén informal y estaba harto de la impunidad constitutiva del régimen, lo que lo alinea con la subalternidad generalizada en los centros del Capitalismo Mundial Integrado; c) era un universitario caído en desgracia en medio de una sociedad de clases que no garantiza la movilidad social de las “fuerzas de trabajo excedentes” en el marco del neoliberalismo, la privatización de empresas estatales y la aplicación de políticas fondo monetaristas que atentan contra la soberanía nacional sin más. Finalmente, d) Bouazizi se encontraba claramente desesperado, lo cual fue un referencial discursivo que, junto a todo lo anterior, permitió que la lectura de su acto fuera registrada socialmente como una desmesura radical y vanguardista (en ausencia de un partido, en el sentido marxista del término), a la vez que incorporaba en acto todas las contradicciones del capitalismo mencionadas.
Lo que es relevante, analítica y retóricamente hablando, es que la política radical de Bouazizi no “reflejaba” aquellas contradicciones -como piensan las teorías de la ideología basadas en la conciencia de los sujetos constituyentes, ya cuestionadas por el postestructuralismo francés- sino que, de forma mucho más materialista y no-mediada, incorporaba realizativamente aquellas acciones con una fuerza performativa sin parangón. El cuerpo en llamas de Bouazizi constituía una suerte de metonimia que condensaba pragmáticamente cuatro de las principales contradicciones del capitalismo tunecino, a la vez que se rebelaba, así fuera desde la impotencia de su significativo cuerpo rebelde, a todas las normativas que consolidaban las narrativas dominantes con las cuales los subalternos habían sido desmovilizados sistemáticamente. Y al operar de esta forma –retórica, pragmática y sobredeterminada-, Bouazizi o, mejor, el “acontecimiento-Bouazizi” logró romper con los filtros y las barreras dominantes para poner en marcha un ciclo de formación de subjetivaciones radicalmente revolucionarias.
La elocuencia de Bouazizi -más allá de su persona, irrepetible e irreparable- consistió en la fuerza performativa que detonó un proceso crítico en la sociedad tunecina, difundido de boca en boca, por Al-Jazeera (televisora con domicilio en Quatar) que difundía los videos improvisados del acto incendiario del joven, y finalmente entre las Social Networks locales, regionales y globales; y, a su vez, este proceso crítico fue algo más que la crítica de las ideas dominantes, fue algo mucho más radical: la crítica se convirtió en un ejercicio de “insubordinación voluntaria” –según habría dicho Foucault en sus conferencias Sobre la Ilustración-, en un ejercicio político y un desempeño de rebeldía radical en el cual los subalternos y grandes sectores de la sociedad tunecina se de-sujetaron del “régimen de verdad” que consolidaba el lugar puntal de Túnez en Medio Oriente, sus alianzas neocoloniales y finalmente el régimen de Ben Alí, contra el cual se dirigieron las protestas que clamaron por la caída del régimen (“Al-Shaab Yuriq Isdah al-Niham”; “El pueblo quiere que caiga el régimen”). Las protestas de Medio Oriente se focalizaron rápidamente en los regímenes despóticos, de viejas estructuras autoritarias y desvencijadas, que habían secuestrado el poder de los civiles conservándolo para las élites militares de la región desde sus liberaciones históricas del colonialismo europeo. Para muchos, las demandas centradas en la caída del régimen constituyen la versión abreviada de los intereses de los pueblos árabes; a mi juicio, implican muchas cosas más. Entre otras la declaración popular, masiva, que asentaba no queremos ser gobernados por estos, no de esa manera y por esos métodos; lo cual abría el paso a una política radical contra la gubernamentalidad regional y, muy probablemente, global.

IV
            Lo propio de los actos de autoinmolación, que instituyen el martirologio como una narrativa subalterna de la rebeldía, consiste en la personalización de las acciones políticas y sociales al mismo tiempo que rechaza, de forma extrema, el dispositivo de la “representación”. Su política no es simbólica, es real; no metaforiza la protesta, la realiza mediante un pasaje al acto que hace irrumpir lo Real en las normativas políticas de la acción civil. Por eso abre un hueco en la significación que es mucho más inquietante que cualquier otra manifestación tradicional. Esa condición radical y extremista detona, paradójicamente, la proliferación del significante, que trata de saturar por medio de diversas interpretaciones, explicaciones y narraciones, el espacio vacío de la confrontación que el acto desvela en su cruda desnudez. Se diría que el cuerpo incendiario de Bouazizi llevó a cabo un pasaje al acto de la lucha de clases en Túnez. Al mismo tiempo, este argumento explica por qué las narrativas generadas en los medios globales y difundidas tempranamente entre los participantes de la revolución del jazmín, tanto en las provincias como en la región metropolitana, han centrado, mediante una poderosa prosopopeya, la atención en el desgraciado joven; convirtiéndolo en una bandera y una razón (que incluye muchas otras, según hemos visto) para rebelarse contra la insoportable opresión a la que se encontraban sometidos.
Pero, donde acontece lo político en su “grado cero” ha de advenir la política que es capaz de resignificar, atenuar o simplemente de canalizar la ira del pasaje al acto para generar formas de vida radicalmente políticas que modifiquen las reglas de la acción civil. Ese fue el verdadero éxito de la Revolución del jazmín: introducir una mediación, un contrapoder, que abarca conglomerados dispersos de la sociedad y los subalternos para poner en marcha un proceso de transformación radical de las circunstancias de vida de las poblaciones magrebís. Sin ello, las sendas jornadas no hubieran pasado de una simple revuelta sin futuro, una violencia abstracta incapaz e impotente para generar transformaciones reales en la sociedad. No olvidemos que la lengua árabe emplea la misma palabra para referirse al “testigo” y al “mártir”. Como explica Yasser Abdallah refiriéndose a las jornadas de Egipto, quien es shahid “está presente en un incidente”, lo ha presenciado, y al mismo tiempo esa presencia es requerida para poder poseer el suceso, esa “propiedad hace las cosas apropiadas y da autoridad”. Esta metafísica presentista opera de la siguiente forma: “La presencia se hace con la shahada, lo que significa testimonio y martirio. El mártir consigue su presencia por el suplemento de la presencia; la ausencia. La metafísica de la presencia difiere aquí, se hace más metafísica una vez que alguien ha sido asesinado durante los enfrentamientos. Necesita purificarse para considerarlo un mártir: un mártir da autoridad a su facción política, les da una presencia que tiene su propia metafísica. Los Hermanos Musulmanes por ejemplo, usaron su propia Shahada y a los mártires para darles autoridad y presencia.” (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=168796) Pero la palabra también distingue al testigo del mártir. Éste tipo de shahada, que significa testimonio, requiere de la acreditación de la presencia en el suceso a través de alguna herramienta, como las “redes sociales” a las que Abdallah prefiere llamar “networked individualism” para singularizar la estetización de la experiencia que operan e introducen en los actores, alienándolos de sus acciones y estableciendo una mediación entre el actor y el acto por vía de la imagen. De tal modo que la gente era al mismo tiempo hacedora y espectadora. Además, hay una tercera figura del testigo: el espectador (en árabe musashid) que intenta tener más presencia en el incidente que el testigo y el mártir, a quienes cuestiona desde la relación social que llamamos, tras las huellas de Guy Debord, espectáculo. “Este proceso de cuestionamiento reconstruye la autoridad, permanentemente y constantemente, pasó y pasa en Egipto: acusan a los que tomaron Tahrir de tener relaciones sexuales durante los 18 días. Los ocupantes, por su parte, defendieron al sistema existente que usaba el sexo como un asunto general más que como uno personal, defendiéndose de las acusaciones de vandalismo y violencia. Defendieron al sistema existente monopolizando el poder y legitimando su propia violencia mientras que criminalizaban la defensa de la gente. Ayer el famoso artista Bassem Youssef fue acusado de desprecio contra el islam, defiende al sistema existente que interfiere en la consciencia personal, defendiéndose de las acusaciones.” (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=168796)
            Creo que Bouazizi se inserta en estos tres registros trabajados por la palabra shahid y que esto constituye un marco sumamente específico, regional y político, gracias al cual su acción pudo ser percibida como un detonador dentro de un proceso revolucionario mucho más amplio en Túnez.

V

Para concluir con esta sección analítica del ensayo, quisiera extraer algunas conclusiones preliminares que serán válidas para el resto. La primera es que el marco de radicalización era previamente operativo a la política incendiaria de Bouazizi, vale decir, que los sectores subalternos ya habían rebasado ese límite que establece que los abusos cotidianos de poder, reiterados estructuralmente, eran simplemente insoportables; de tal forma que mal haríamos en comprender el acto de autoinmolación del joven desempleado como la causa de la radicalización, como demuestran los otros casos en los que jóvenes con sus mismas condiciones se han inmolado a sí mismos posteriormente a la revolución de los jazmines sin que ello implicara o conllevara una movilización con la misma fuerza. Sin duda es trágico que Bouazizi asumiera que su situación sólo podía resolverse de esa forma, pero es todavía más trágico el que se haga de esta acción límite un método que no es de fiar. Por otra parte, no hay todavía un método infalible ni a prueba de balas para saber cuándo nuestras sociedades han rebasado ese umbral que hace de los abusos cotidianos algo intolerable, incapaz de ser vivido sin más. Por el momento el mejor criterio sigue siendo empírico: sabemos que la situación es insoportable cuando, de hecho, grandes masas se han movilizado para declararlo y mostrar que el acto de habla “¡Ya Basta!” es performativo, se cumple si y sólo si se ejecuta. Finalmente, casos extremos como el de Bouazizi abren una serie de cuestionamientos radicales acerca de los dispositivos y marcos narrativos mediante los cuales incorporamos las normas dominantes de nuestra sociedad, así como problemas verdaderamente urgentes acerca de la posibilidad de la acción política, el papel del testigo dentro de la escena sobredeterminada, la diferencia de marcos y formas de acción a nivel regional y, finalmente –pero no menos importante-, acerca de la política en tiempos globales.

miércoles, 5 de junio de 2013

La mentira, la ciudad [Divertimento]... o, ¿Para qué decir la verdad si puedes mentir?

Una mañana cualquiera salgo de casa.
No sé estar en casa… sólo sé errar. Hay que saber errar. Errante me quiero, es mi modo de (no) estar. A menudo pienso que mi propia versión del Edén es la ciudad; una ciudad cualquiera o, mejor, cualquier ciudad. Nunca una casa. Entre las paredes soy torpe y distraído. Entre las paredes tropiezo, choco con la alacena, me golpeo con los muros, me aburro en los sillones, trapeo con impaciencia y me preparo mal de comer. No sé habitar. No quiero habitar. Las huellas las he desaparecido. Sólo transito entre la sala de estar y la cama. Mi ser no está en casa. A veces no puedo dormir. Quisiera dormir en la ciudad, comer ahí, afuera. Sólo afuera. Los hogares siempre me golpean, he desarrollado una extraña alergia al aletargamiento con el paso de los años. En las calles no. En las calles camino, estoy alerta, cinco sentidos y un cuerpo desplazándose sin cesar, sólo transitar. En las calles estoy vivo. Yo soy de los que transitan. No sé estar en paz. Pensar y meditar es algo que resuelvo sólo con el paso, con el caminar, con el descubrir. Las calles alimentan mi cerebro, las calles son la materia de mi pensar… No puedo pensar en los estudios. Si el estudio no tiene balcón, entonces no es mi lugar. Un balcón es como una entrada de la calle en el pensar. No sé pensar sin la calle, sin la ciudad. No encuentro la paz a no ser que me encuentre caminando, como un sonámbulo, sorprendido e intimidado, activo y parsimonioso en el andar.
A menudo me he sorprendido a mí mismo caminando en medio de alguna calleja transitada, un andador o una plaza, como si no me hubiera dado cuenta de que estaba ahí, como si despertara de un sueño y me encontrara de pronto, inesperadamente, en el mejor de los lugares posibles.
Entonces entro en los sueños de los demás, somos masas soñando. Entiendo a la perfección aquello que los hombres del siglo XIX sentían al contemplar las ciudades y las enormes metrópolis en surgimiento. Los sueños que son de concreto, de hierro o vidrio, los sueños moriscos de San Cosme y los muros desvencijados de Iztapalapa; el atroz conglomerado de calles, aburridos fraccionamientos y palacios municipales de Barranca del Muerto y la estación del metro de los pinos. El atronadero estridente de cualquier paradero de autobuses en Tacubaya y Taxqueña. La desagradable atomización del espacio en el Estado de México; la belleza de Zacatecas (mi ciudad ideal), y recuerdo entonces la enormidad de las calles de Oaxaca, con sus fantasmales barricadas de 2006 y el mejor grafiti político del universo.
Nada me hace sentir más vivo que una buena ciudad, si no es buena no me invites. Y buena quiere decir complicada, llena de esquinas y laberintos, de gente que habla y camina, de cosas inesperadas como una marcha a la que te unes en trance con los demás, de clamores de justicia y de gente accionando lo imposible. Si no accionas lo imposible no me invites.
Una ciudad aburrida es una contradicción en términos.
Es impensable.
Una monstruosidad incurable, una locura sin pasos.
Si no hay personajes de bestiario que nunca figuraron en la imaginería de la Edad Media, no me invites. Prefiero al Don que toca mal el clarinete en Regina a la hora de la comida, siempre a la hora de la comida, a cualquier descripción erudita del Maleus Maleficarum. Si no tienes historias más surrealistas que los nopales del desierto, no me invites. Hazte y hazme un favor.
No puedo reír sin la expectativa de lo inesperado.
Si no tiene historias increíbles tu ciudad, si la gente no me cuenta cosas que jamás creería ni en mi sano juicio, entonces no me invites. A veces me gusta que me mientan, me gusta que las personas mientan si eso hace sus experiencias y relatos ingeniosos. Me gustan las buenas frases y las historias con las que empiezo a creer que me quieren tomar el pelo. Creo que todos tenemos derecho a mentir, que decir la verdad no debe ser una obligación universal; creo que mantener un secreto y decirte “Mira, tengo un secreto increíble, nunca jamás te lo hubieras imaginado; pero nunca te lo diré”, es una obligación hasta ética. Las personas transparentes, las personas que siempre dicen la verdad me aburren. No puedo entenderlas. ¿Por qué alguien querría dejar de guardarse sus secretos; no todos, algunos secretos nada más? Nunca entenderé a los que quieren que les digan la verdad y nada más que la verdad. Esos tribunales parlantes y con patas. A veces me gusta que me mientan.
Yo soy de los que les dicen a sus amantes: “Miénteme; si me quieres, miénteme por favor.” Porque una persona que miente es un mapa inaudito, un planisferio sin ruta, un guía roji sin GPS; una persona que sabe mentir, pero que sabe hacerlo de veras, siempre te dará grandes satisfacciones. Nadie ama tanto, ni más sinceramente, como los que mienten. Yo miento; sí, suelo mentir. Miento siempre, miento incluso para decir la verdad. Mentir es una forma de valorar a los otros, de creerlos tan listos como para esperar que sepan que eres un enigma y que te gustaría también (no, quizás e incluso) ser descifrado. Una persona que miente, pero que de verdad sabe mentir, es la mejor de las ciudades del mundo.
Las ciudades mienten. Por eso andamos las mentiras, las caminamos y trotamos, las respiramos en celo.
En el principio fue la mentira.
Una persona que miente es como cualquier ruta sin trazar de Guanajuato, un camino hermoso por donde hay restos de acueductos y túneles sin fin, una falta de planificación que te depara la sorpresa más placentera en cualquier esquina. Una glorieta sin vuelta, el fin de una chuchilla sin retorno o la avenida que confluye al maremágnum que conocías. Una persona que miente es como cualquier Distrito Federal que crece a la buena de Dios, con la inteligencia diversa de la gente, con los paracaidistas que dicen “¡Ajá! ¡Tú estás desocupada, tú eres mía!”, con la necesidad de los sin-hogar. Ciudad grande, ciudad monstruo. Moloch risueño que hace bromas crueles. Si no eres como el D.F., si en ti no me voy a abismar porque eres de mente plana como una carretera, si sólo la promesa del choque violento está en tus líneas de fuga, entonces no camines conmigo.
Una bella mentira es 10 veces mejor que 100 verdades mal contadas.
Así es una ciudad.
Siempre algo igual y distinto de sí.
Las buenas anécdotas son lo más parecido a una mentira, incluso si lo son. Por ejemplo: Estaba yo una tarde en la calle de Xalapa, bien saben que en la Roma, ya entrada la noche y tomando algún trago coqueto de agáve que no era tequila (se llamaba Pierdealmas y era lo que su nombre indicaba), cuando me subí a un taxi con buena compañía (no piensen mal) y balbucee mi dirección. Llegaba a mi casa y de pronto, sin más, con la luz apagada y los vecinos en juerga, un aparato de esos para medir la velocidad o la gasolina de un automóvil calló de la bolsa izquierda de mi abrigo. Sí, un radiador quizá o algo parecido calló de la bolsa izquierda de mi abrigo e hizo un sonoro ¡PUM! en el suelo. La cosa, quimera o artefacto, tenía agua, como si el auto se hubiera hundido más profundo que el Titanic; y el agua estaba adentro, sólo adentro, retando mi racionalidad diluida en sopor. ¿Qué diablos hacía un radiador de auto lleno de agua en la bolsa de mi abrigo, mi favorito por cierto? Es algo que jamás podré saber. ¿Alguien robó un auto y antes de entregarse lo puso en mi bolsa? ¿Hubo un agujero en el tiempo-espacio y de pronto eso apareció ahí, donde en una probabilidad de 1 en un millón era de un franco 0.0000000000000001 % que pudiera aparecer? ¿Alguien lo perdió en China, en Alemania, en la Agrícola Oriental? No sé, pero es una gran historia ¿no?
Pero no se me entienda mal. Me gusta que me mientan, dije; pero no soy tonto.
Hay cosas en las que sólo espero la verdad. En política, por ejemplo; en historia, también; en un examen de mis estudiantes, por supuesto. Las mentiras son para la vida cotidiana, van bien con la charla en el bar o el café; incluso para otras anécdotas más picantes. Para la sociedad no. De cualquier forma, sí, creo que el derecho a la mentira o a la omisión de datos es uno de esos espacios inexplorados para la libertad.
He dicho toda la verdad.

Ahora, ¿me crees?