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martes, 5 de marzo de 2013

políticas de la educación


En Le droit à la philosophie du point de vue cosmopolitique Jacques Derrida, mediante procedimiento típico de la deconstrucción, se preguntaba: ¿Dónde puede caber tal derecho? Se trataba, por cierto, de una figura no contemplada por la estructura jurídica de nuestras sociedades; ni nacional ni internacional, cabe decir. En conferencia ante la Unesco (institución emanada de cierto discurso filosófico moderno, a decir del franco-argelino), Derrida señalaba que el contrato signado entre la cuestión y el lugar ocurría en una experiencia cosmopolita de la filosofía; pero no una consolidada, sino apenas en envío. Dicho envío debería tener una opositora irrupción: agonismo que rechazaba por igual tanto al eurocentrismo como al anti-eurocentrismo de la filosofía y la memoria griega situada en su lengua, ambos síntomas de la cultura misionera y colonial; sólo esto podía asegurar su cosmopolitismo incondicional. Contra el colonialismo y el neocolonialismo, la filosofía –en una lenta labor histórica, en curso y por-venir- se dice en voces plurales que la ex apropian de un conjunto de fuerzas determinado (fuerzas de la lengua, de la censura, de los Estados-naciones, del anti-cosmopolitismo en curso, etc.). “No sólo hay otras maneras de hacer filosofía, sino que la filosofía, en este caso, es la otra manera.”[1] Su radical alteridad hace que la filosofía sólo pueda tener lugar mediante el cuestionamiento radical de las instituciones de enseñanza y su singular historia. Para el pensador el derecho a la filosofía era también el derecho a la democracia.[2] Pese a su invención griega la democracia no tiene una sola historia; figura sin figura, antes que forma de gobierno, la democracia también está por-venir: se trata de un performativo -una promesa-, en cuyo nombre es posible criticar y oponerse a la democracia tal como existe hoy; esa de la herencia liberal y aún neoliberal donde el poder popular se reduce a mero procedimiento gubernamental.
            Lo anterior es destacable por cuanto en nuestros días prevalece la sospecha de que la gubernamentalidad propia del neoliberalismo pretende acabar con el derecho a la filosofía hoy. Pero este derecho, que parece cancelado por la economía y las estrategias militares que conforman su racionalidad securitaria, ha de inaugurar una política del derecho a la filosofía para todos y por todos; no se trata de una política de la ciencia y de la técnica, reducida a la administración gerencial de “políticas públicas” dispendiadas por el Estado, sino de una política del pensamiento que excede a la gubernamentalidad en pos de la democracia por-venir. Es por ello que la oposición a este acontecimiento, la resistencia que ofrecen las instituciones de la Secretaría de Educación Pública a la filosofía en nuestras latitudes, no es sino una resistencia autoinmune de la democracia dirigida en contra de la democracia misma. Violencia endémica, si se quiere, similar a las enfermedades donde el cuerpo atenta contra sí mismo; la autoinmunidad a la democracia cancela las posibilidades de su progreso y por-venir.
            Es por ello que a la pregunta: ¿Por qué tanto miedo a la filosofía –ese saber sin poder, según pensaba Deleuze-? La respuesta suela ser equívoca: se la teme por propiciar el pensamiento crítico, dicen unos; pero hay especialistas en filosofía que no muestran un desarrollo de éste último. Oculto detrás del miedo a la filosofía se esconde un síntoma mucho peor: es el miedo a la democracia por-venir, es el miedo a un progreso no gerencialista de lo democrático.
Es el miedo a una alternativa democrática que se resista a la gubernamentalidad neoliberal. De ahí que la autoinmunidad de las democracias existentes se resista a la democratización otra. Por eso se cancela o empobrece el derecho a la filosofía, porque ello implica cancelar o empobrecer el derecho a la democracia por-venir.


[1] «Non seulement il y a d'autres voies pour la philosophie, mais la philosophie, s'il y en a, c´est l´autre voie. » Jacques Derrida, Le droit á la philosophie du point de vue cosmopolitique, Francia, Editions Unesco, 1997, p. 33. La traducción es mía.
[2] Cf. Ibídem, p. 33 y 41.